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CINCUENTENARIO DE SU FALLECIMIENTO

Azorín y España
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Azorín y España

· Por Luis Sánchez de Movellán de la Riva, Doctor en Derecho. Profesor y escritor

Parece que todo se ha dicho –y se ha escrito- sobre la Generación del 98. En consecuencia, sobre el frecuentemente discutido Azorín,del cual, por cierto, se cumplen en estos días los cincuenta años de su fallecimiento. Pero la verdad, realmente, es muy otra. Por una razón, entre muchas, simple y sencilla: siempre queda un aspecto, un ángulo, un punto de vista que, aunque tocado, es susceptible de nuevos enfoques; y no sólo en el manoseado campo del 98, sino en cualquier parcela del quehacer humano.

Cuando Azorín habla de España, no siempre lo hace doloridamente, con afán de acerbo criticismo. No todo en él es regeneración político-social. Hay mucho más, a lo ancho y a lo hondo, en su problemática y su preocupación. Aunque siempre, eso sí, es España lo que late como como idea y sentimiento-eje. Un clásico olvidado, una pincelada de paisaje, un jirón de historia, un hombre inmóvil o no en el tiempo: latidos que brotan del corazón de España, de la esencia española que es Castilla.

Nos preocupa hondamente, serenamente –si serenidad y preocupación pueden hermanarse- el tema de España reflejado en las pupilas intemporales de Azorín. Cómo a través de ellas penetra hasta el fondo de su cerebro, doloridamente, porque según él mismo, “la inteligencia es dolor”. Y es que “una ligera opresión nos angustia cuando pensamos en el reposo, en la inmovilidad, en el abandono, en la negligencia de España”. ”Silencio sepulcral de la existencia española”, decía Larra. Inteligencia dolorosa y sentimiento amable como ingredientes fundamentales de la visión azoriniana de España.

Se ha dicho de Azorín que “ve a España en todo su polifacetismo: sus distintas gentes, y, aunque admire mucho a Gracián (que fue satírico), se inclina especialmente por Amós de Escalante, que “tiene para todos los españoles –castellanos, gallegos, andaluces, catalanes, aragoneses- un vivo amor y una cordialísima simpatía”.

La más pura España está en todas las pequeñas cosas que nos rodean cada minuto. Y en amarlas momento a momento que también es lo difícil y auténtico. Porque una heroicidad instantánea es capaz de realizarla cualquiera, pero ser héroe en lo pequeño, anodino y oculto, segundo a segundo, cuesta enormes esfuerzos de voluntad. Azorín lo observa todo porque lo ama. Un amor observador que concerta, sintetiza, aúna y funde todo en un deseo escondido, pero fuerte y decidido, palmario en el hondón del alma, de estilización con llama vertical hacia la altura, hacia un mundo nuevo de las ideas.

Quizá la visión de España que Azorín tiene sea un tanto ilusionista, de tiempos pasados, o intemporal, para ser más exactos. De ahí su verdad. Azorín es un incorregible creador de ilusiones, infatigable viajero de nuestro pasado, de donde coge toda suerte de hechos, detalles, vivencias…para revivirlas dentro de sí mismo y plasmarlas en sus propias obras. El amor y la ilusión van a constituir dos de los más firmes pilares sustentadores del ideal azoriniano, mirando a España siempre, con la vista fija en Castilla: “Hemos puesto en nuestro ensueño un poco de efusión y de amor. No pueden ser comprendidas las épocas pasadas sin ese poco de sincera simpatía”.

El ideal de Azorín se reduce nada más y nada menos que a esto: elevar a España, centrada en Castilla, del nivel ínfimo en que se encuentra, transformar al hombre español, integral y de cualquier estrato, con la fuerza poderosa de toda nuestra historia, de nuestra intrahistoria que diría Unamuno, hasta que alcance la plenitud digna que su nacionalidad le confiere, la estupenda dimensión humana que los Cervantes, los Calderones, los Quevedos, le dejaron en herencia. Quizá sea Una hora de España el libro más revelador con que nos obsequió Azorín. Es un libro de reivindicación de nuestra historia, que centra en el Siglo de Oro como España la centra en Castilla.

El patriotismo viene a constituir el amor sincero, auténtico, potenciado, a la idea-realidad nada utópica que hemos dado en llamar Patria, es decir, España; o lo que es lo mismo, esa famosa – nunca entendida y las más de las veces desvirtuada- unidad de tierras y hombres con un destino a cumplir.

Nuestro pueblo es pobre. Nuestra Patria no es feliz. Por ello, se necesita un patriotismo –que no patriotería- más fuerte, más acendrado, para hacer que nuestras tierras y nuestras gentes constituyan una unidad fuerte y definida en su actuación vital. En consecuencia, leemos en una página del libro Madrid: “Lo que los escritores del 1898 querían era, no un patriotismo bullanguero y aparatoso, sino serio, digno, sólido, perdurable. A este patriotismo se llega por el conocimiento minucioso de España. Hay que conocer, amándola, la historia patria. Y hay que conocer, sintiendo por ella cariño, la tierra española ¿Y quién será el que nos niegue que en nuestros libros hay un trasunto bellísimo –bellísimo en Baroja y Unamuno- de nuestra amada España?

Azorín estaba convencido de que el patriotismo debía entenderse así y así lo puso en práctica, en la medida que estaba a su alcance: escribiendo incansablemente sobre España, con amorosidad de padre que ama lo que aún no le gusta demasiado, que ama porque le duele; con el gozo inefable del descubrimiento, del iluminar pequeños rincones, del lento entretejer un cañamazo muy desvestido todavía. Su peregrinar literario será la mejor muestra de lo que preconiza: amor y sentir simpatía mediante el conocimiento.

El conocimiento profundo que Azorín tiene de España es un conocimiento veraz, sereno, amable. Sin gesticulaciones alabatorias, ni diatribas degradantes. España, la esencia de España, es alta y firme, hermosa y triste, austera y digna de ser amada, por auténtica y por nuestra. Su patriotismo será, en consecuencia, decididamente voluntarioso; toda vez que “en parte alguna de Europa tiene las cosas tan definida y fuerte personalidad como en el desierto de España”. La dureza del clima, la reciedumbre de la tierra, han hecho las cosas de España aguerridas, graves y fuertes; ha hecho a sus hombres austeros, reconcentrados y rocosos. En definitiva, poseedores todas, cosas y hombres, de una personalidad acusadísima, resaltada en aristas muchas veces hirientes. Una personalidad pujante –grande hasta en el dolor y la tristeza- que exige también un poderoso patriotismo.

Historia y tierra españolas. He ahí el binomio que hace resaltar Azorín. En el libro Madrid, encontramos este simple pero significativo aserto: “De nuestro amor a España responden nuestros libros…No creo que tenga un solo libro, en los cuarenta volúmenes, ajeno a España”. A esa España “escueta, desnuda y limpia, más cerca de lo eterno en su escaso o nulo mudar a través de los tiempos”, según apunta Pedro Salinas. O como señala Laín Entralgo, la España del “tradicionalismo primitivo o medieval”. En todo caso, sigue Laín, “sentiría deslizarse sus preferencias hacia una España ya inequívocamente española y ajena a la vez a nuestra gran aventura histórica”.

“Los escritores del 98 –escribe Azorín en Madrid- han visto el color donde antes no se había visto y han visto el violento claroscuro de España” Nada más cierto. Pero no se han limitado a ver. También han reflejado, han interpretado, han reelaborado ese paisaje, ese color no visto hasta ellos. Y del crisol han surgido las tonalidades en todo su brillo, raramente en su opaca y triste realidad. El lápiz azoriniano, lento o apresurado, pocas veces pinta un contraste violento, ni siquiera duro de aristas. Siempre está presente la “pincelada azul” para suavizar formas, para redondear picos, para reblandecer durezas.

Su paisaje quizá no posea la lujuriante vitalidad del paisaje unamuniano; quizá ceda en contrastes ante el de Baroja. Pero a todos supera en esplendor, en armonía, en nitidez de perfiles, en personalidad augusta y soberana. El paisaje azoriniano es un personaje más en su dilatada galería. El suyo sí que es, con toda seguridad, en toda su extensión, “el paisaje por el paisaje, el paisaje en sí, como único protagonista de la novela, el cuento o el poema”.

Tema fecundo el del hombre en Azorín. Porque si el maestro ama a España con dolorido amor, ¿cómo no amará a sus gentes, a sus hombres que, en definitiva, constituyen la esencia, el meollo más hondo y sustancial de la Patria? Azorín crea un hermoso paisaje, unos pueblos hermosos. Azorín descubre la naturaleza de nuestras tierras, de desiertos, de caminos escondidos, ignorados y silenciosos. Azorín crea todo un mundo nuevo, real y poético, ya existente. Y todo a golpes de sangre, de cordialidad, de amor.

El hombre es su preocupación más honda y sincera. Hasta tal punto que, cuando se pone serio de verdad, cuando efectivamente sus acentos son más duros, más acerados, es en el momento que habla o escribe acerca del hombre, de todos y cada uno de los hombres, esté o no de acuerdo con ellos: “La juventud española es frívola y superficial, no toma en serio el arte, ni el derecho, ni las grandes cuestiones de la vida. Su ideal es la política, no entendida en el sentido de {arte de gobernar} sino en el de [arte de engañar] Halla sus placeres en el café, abusa del tabaco y del alcohol, lleva al dedillo las estadísticas de las casas de partido. No tiene fe en la marcha progresiva de la Humanidad, no comprende el sacrificio por el prójimo presente…o futuro”.

El hombre es la esencia ontológica del pueblo español, inmóviles en el tiempo, que es eternidad para ellos. Pero después del hombre, ¿qué podemos esperar, adonde volver los ojos? Inútil. Todo comienza y ha de terminar en el propio hombre, pulso metafísico de la Patria. Esencia vital e histórica de la propia España.

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