Para ello el Papa ha entrado en profundidad en temas políticos esenciales, lejos de ocuparse de anécdotas sectarias o de problemas técnico/politiqueros coyunturales. Es decir, no perdamos de vista que el obispo de Roma ha pronunciado un discurso Político, con P mayúscula, y no un discurso religioso. Evidentemente lo ha hecho desde su alto rango de Jefe de Estado y desde sus convicciones personales que reflejan y con altura las de millones de personas que lo tienen por su líder ético y espiritual.
Algunas posiciones puedo compartir, y otras menos, pero todas son respetables, fruto de una fuerte profundidad intelectual y dignas de ser debatidas. Las que me llamaron la atención fueron las dedicadas al bien común y lo que debe representar para un político. Me volvió a recordar lo olvidada, desvirtuada y finalmente desaparecida (¿masacrada?) que está en el Reino de España la noción de bien común, de la que huyen como de la peste nuestra generación de politicastros.
Porque huyen de su obligación más fundamental que es atenderlo, reforzarlo… y protegerlo de sus enemigos externos e internos, parafraseando un juramento a la Constitución americana. Uniendo la mediocridad ética y competencial de la mayoría de nuestros políticos (idea 1) con la desaparición impune de la obligación de trabajar para el bien común (idea 2) me atraviesa la mente una plausible evidencia: el gravísimo problema actual de España, en términos históricos, es que ha devenido en una sociedad imposible de ser estructurada como un conjunto de ciudadanos unidos, libres, iguales (ontológicamente) y solidarios.
Y sin embargo ese era el espíritu y la intención de la Constitución del 78, una Constitución que, en verdad y de facto, ya no se aplica en sus temas esenciales y existenciales, víctima de retorcimientos arteros y, a veces, ridículos. Y ese debería haber sido ser nuestro bien común.