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CATALUÑA Y ESPAÑA

No basta con aplicar la Ley (II)

Por Enrique Calvet, eurodiputado

domingo 02 de agosto de 2015, 13:07h
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Enrique Calvet, eurodiputado
Enrique Calvet, eurodiputado
En mi opinión expuesta en el primer artículo, el punto de partida por solucionar, recordemos, es que hay que recobrar de manera estable una serie importantísima de valores y principios éticos y democráticos de convivencia para mayor prosperidad, libertad y dignidad de los ciudadanos españoles. Notemos de entrada que el problema es español, no regional, es de valores sociales, no (sólo) de práctica política y atañe a derechos civiles y a ciudadanos, no a territorios. (Aquí convendría recordar a Lincoln) ¿Por qué es así? Porque democráticamente, la muy inmensa mayoría de ciudadanos españoles aprobaron una Constitución, frágil, torpe, prostituible, más destructible que mejorable y lo que Uds. quieran, pero que dejaba claro un aspecto esencial: el tipo de sociedad en que decidíamos convivir en libertad. Y ese tipo de sociedad, por encima de otros aspectos, ese “espíritu de convivencia”, tan bien recogido en el preámbulo (si no estoy equivocado, del Profesor Tierno Galván) y en el título preliminar es lo fundamental: España se configura como un conjunto de ciudadanos, de personas, libres, iguales con los mismos derechos y obligaciones, y solidarios individualmente. Y ese valor está, o debe estar, muy río arriba de cualquier otra consideración, como por ejemplo la configuración cambiante administrativo/territorial.


Sin embargo eso es, exactamente, lo que se ha perdido y dejado perder. No es baladí, porque es, exactamente, la esencia de convivencia que esta vieja Nación había decidido darse democráticamente. Eso se perdió, por ejemplo, el primer día que se habló de “integración de Cataluña en España”. ¿Pero cómo se va a integrar en España si es España, es decir, un conjunto de ciudadanos españoles? Y siguió hasta llamar independentistas a los sediciosos. (Evidentemente los catalanes subpirenáicos no tienen nada de que independizarse, como no lo tienen los bilbilitanos, por un decir). Siendo eso la raíz del problema, ¿cómo se arregla? Sólo conozco, modestamente, una solución radical: la Educación*, con restablecimiento urgente de las libertades civiles de todos, sobre todo de los marginados en sus libertades.

Solamente la Educación, en el sentido más amplio y generoso, no la formación ni el aprendizaje, sino la Educación en valores ciudadanos y democráticos (“Education civique” me decían en mi escuela, que creo que es la misma que la de algún prócer secesionista/oportunista) puede devolver España a la senda de la razón, de la ética y del proyecto común de individuos, herederos en su conjunto de una larga Historia común. Que es lo que quisimos la mayoría en 1978 y en libertad.

Dicho lo cual, que nadie crea que ello es una posición neutra y desideologizada. Podíamos haber elegido una teocracia, una confederación, una organización medieval con derechos en territorios, una organización tribal u otra cosa. Elegimos, y es voluntad democrática, una unión de ciudadanos por encima de todo. Por eso el "derecho a decidir” es un inmenso fraude democrático, porque es, sencilla y llanamente, la privación a la mayoría de los españoles del derecho a decidir y de su democracia libre. Por eso también es otro fraude moral e intelectual comparar la situación de Gran Bretaña con la de España. Como su nombre indica, el Reino Unido de Gran Bretaña es la unión de cuatro territorios unidos. En el caso de Escocia fue un reino que se unió por un tratado internacional, la “Union Act”. Un tratado Internacional se puede revisar y denunciar, una unión de ciudadanos sólo se puede fragmentar por secesión. Normalmente secesión caciquil.

Por supuesto, la recuperación omnicomprensiva de los valores éticos de convivencia y de los verdaderos derechos civiles a través de la Educación, necesita de muchas medidas a corto y medio plazo, nada fáciles tras la degeneración impune que hemos vivido. Eso ya sí es práctica política de Gobierno y será de lo que les hable en mi próxima entrega. No es momento de rehuir el bulto a la hora de proponer ideas y soluciones.

• Nunca me cansaré de recomendar el libro “Peasants into frenchmen” de Eugen Joseph Weber
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