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Entre Kavafis y Pangloss, o los debates ausentes

· Enrique Calvet Chambon es eurodiputado del Grupo de los Demócratas y Liberales por Europa

sábado 25 de junio de 2016, 09:30h
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Entre Kavafis y Pangloss, o los debates ausentes
El buen funcionamiento de una democracia, admitámoslo, ha de ser responsabilidad de todos y un estado de alerta activo. Pero, inevitablemente, el peso de las Instituciones y de los políticos en activo es mayor que el de un ciudadano individual legítimamente dedicado a otros menesteres. Incluso la obligación de políticos mediocres o, lo más abundante, de politicastros y apparatchik de Partidos es importante en el perfeccionamiento del sistema democrático. Por ejemplo, algunos podrían tomar la decisión de abandonar la política para bien de todos… Pero a lo que vamos, si algo tiene de cierto el aforismo que afirma que una democracia funciona bien si la “polis”, los afectados, pueden elegir libremente entre ofertas legales libremente expresadas pero nunca desde el desconocimiento, hay que cuidar muy mucho que el conocimiento general sea lo más intenso y veraz posible.




El ciudadano demócrata tendrá la obligación de interesarse e informarse antes de votar, aunque tenga para ello que remontar la pereza o el desprecio que le generen los políticos mediocres o ridiculotes tan frecuentes en nuestra afligida patria de hoy. También tendría que leer más de 140 caracteres seguidos, lo que para muchos es una heroicidad. Pero esas obligaciones son pequeñas si las comparamos con las de quienes tienen que procurarle la información y el conocimiento. En cuanto al conocimiento radical, el verdaderamente hondo, la responsabilidad recae mucho en las instituciones educativas todas y en los instrumentos y medios de información, y es tarea estructural. Las evidencias están ahí pero no es momento en este artículo de plantear análisis que lleven a profunda depresión, como si recordamos, por ejemplo, que dos de nuestros políticos del “gran debate” son, ni más ni menos que profesores universitarios (y todos son universitarios, créanme).

Nuestra intención es centrarnos, más bien, en la aportación al conocimiento general y coyuntural (puesto que estamos ante unas elecciones cruciales por el momento que vivimos) que procuran nuestros elegibles de referencia, por ejemplo en los momentos de “debate”. Pues nos hemos quedado “in albis”, para decirlo bien y pronto. Tal vez sea por nuestra posición actual que nos facilita el análisis desde una atalaya de amplia perspectiva, que no distante, todo lo contrario, ya sea en Bruselas o en Estrasburgo, pero volcados en el momento actual de España (¡de toda España! que es nuestra circunscripción), pero, hasta ahora, lo que percibimos no son los debates que aumenten nuestro conocimiento, sino la ausencia de debates. Citemos dos ejemplos de lo que no aporta mucho, por decirlo suavemente. ¿Uds. se creen, de verdad, que es respetuoso con la inteligencia media de los españoles, centrar horas y horas de debate, “prime time”, sobre la cercanía de los Partidos al infame régimen venezolano? ¿De ello van a depender las soluciones a los abisales problemas de nuestra patria? Otro más, porque es de traca: ¿A quién no sonroja el delirante debate sobre la socialdemocracia? A niveles intelectuales da grima, a niveles prácticos es inútil.

Pero, para comprender mejor la debilidad de nuestro sistema es más propio, y desolador, citar algunos de los debates cruelmente ausentes, necesarios sin embargo para votar con conocimiento. Nos resulta obligado empezar por el debate europeo. Después del 23 de junio, y cualquiera que sea el resultado del referéndum británico, Europa entrará en ebullición, replanteando su futuro, su dinámica, su oferta histórica. De ello dependerá la prosperidad, solidaridad y libertad de los españoles del futuro cercano mucho más que del acierto en la reforma del mercado laboral (condicionada, además por Europa) o de la improbable bajada de impuestos. ¿Han oído algo sobre la posición y actividad que mantendrá España, de su estrategia para mantenerse en el núcleo duro, o no, en caso muy probable de que se creen Europas a distintas velocidades? ¿Han oído algo sobre si se piensa trabajar para que España vuelva a ser considerada y escuchada en Europa y en el concierto internacional? Nosotros tampoco. Hemos oído a Hollande, Merkel, Sarkozy, Rienzi,…. pero en nuestra querida Nación, ni siquiera se molestan en explicarnos lo mucho que nos estamos jugando.

Cambiemos de tercio. El problema diferencial, prácticamente único en Europa, en el que se encuentra nuestra Nación y circunscripción, es saber si seguirá existiendo dentro de un par de lustros. Después de dos mil años o de 500, no es tema baladí, y sí es un tema que condiciona grandemente la prosperidad y los derechos civiles y democráticos de los españoles del inmediato futuro, y más si se tiene en cuenta que esa realidad no debatida va acompañada de una desaparición suicida de buena parte del Estado de Derecho. ¿Han escuchado algo sobre el artículo 155 de nuestra Constitución maltrecha? ¿Les han explicado en qué consiste “la solución federal”, qué diferencia tiene con el actual Estado fallido de las autonomías, qué riesgos tiene hacer un experimento de ese calibre en España con el único antecedente histórico de Bélgica en el que el federalismo se usa para desunir lo unido y no para “federar”, les han explicado por qué el derecho a decidir, incluso por turnos regionales, puede ser un grave atentado contra la democracia al ser, en realidad, la privación rotatoria de su derecho democrático inalienable a decidir? Aparte de algunos eslóganes de asamblea universitaria, no hemos visto debate a la altura de la importancia inmensa del tema.

Por cierto, ha salido la palabra Autonomías. Si nos aislamos de sus perversos efectos políticos, no conocemos economista neutro, ni en Europa ni en España, que no vea sus enormes perjuicios económicos. Y no sólo por su aumento de las desigualdades, sino por la desaparición del mercado único, los costes de transacción, la ingobernabilidad que ha hecho que en Bruselas nos dijeran que somos un Estado “virtual”, la proliferación de instituciones destructivas, de leyes esclerotizantes, la enorme carestía del modelo que nos creará déficit tras déficit y un largo etc… ¿Han percibido algún debate, algún intercambio de ideas para retomar y corregir el modelo que es gran causante de pobreza relativa, falta de crecimiento y paro? ¿Algún político serio planteando el bien común por encima de intereses caciquiles, territoriales o electoralistas? Nada de nada, como si el problema de estas elecciones no fuera el de conseguir una mejor y más próspera España.

Y no hablemos de la falta de rigor en el análisis de la Educación, cuya tragedia reside tanto en las competencias y fragmentación, en los curricula y libros de texto, y no en la pelea morbosa de los concertados. Y la Ley electoral, y la Ley de Partidos, y el modelo productivo y el modelo energético… Demasiados debates torales ausentes.

Bien es cierto que está en la línea doctrinal de una de las cuatro facciones cuasi estatales que se presentan desde la presencia actual en el Parlamento el utilizar el engaño, el disimulo, la manipulación y la confusión permanente como método de acceso al poder. Pero en los otros tres es una pena democrática que renuncien a tratar, y en profundidad, los temas esenciales de los que depende la ciudadanía española del inmediato futuro. O no son conscientes o no tienen ni idea de cómo abordarlos, o van a lo suyo pasando del bien común. En los tres casos, pobre democracia la que vota con la mente en blanco y las vísceras recalentadas. Al final queda una pugna anímica entre la posición de Kavafis que pensaba que los bárbaros podían ser la solución o la del célebre Doctor Pangloss de Voltaire, en realidad el filósofo G. Leibnitz, que pensaba que había que seguir lo que hay porque todo está ya en lo menos malo dentro del mejor de los mundos posibles. Con ello pierden Voltaire mismo y el bien común, como es habitual. Y eso que, escarbando en opciones poco publicitadas, se presenta, esta vez para el Congreso, mi admirado Voltaire español.










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