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Epigenética: estrés, trabajo y medio ambiente, lo que transmitimos a nuestros hijos
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Epigenética: estrés, trabajo y medio ambiente, lo que transmitimos a nuestros hijos

· Por José Luis Barceló, Editor-Director de ElMundoFinanciero.com

sábado 03 de noviembre de 2018, 09:21h
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De acuerdo con las inamovibles teorías darwinistas, se ha venido manteniendo a lo largo de los últimos dos siglos una tendencia creciente a creer que lo que transmitimos por los genes es fijo e inmutable, denigrando la teoría de Lamarck, que comienza a recuperar protagonismo. Sin embargo, de un tiempo a esta parte ha comenzado a estar presente en la Ciencia una rama de la genética, que se conoce como “epigenética”, que ha ido ganando fuerza en la interpretación de cómo transmitimos nuestro mensaje como padres a nuestra descendencia. En cierto modo, se demuestra que, al menos en parte, la teoría de Jean-Bastiste Pierre Antoine de Monet Chevalier de Lamarck (1744-1829) era correcta. No es un modelo desfasado sino que vuelve. Lamarck fue un gran científico que se adelantó medio siglo a sus contemporáneos, acuñó el termino biología y fundó la paleontología de los invertebrados. También ideó las primeras teorías acerca de la evolución mucho antes que Charles Darwin. La idea de Lamarck era que el origen de todas las formas de vida se iba produciendo como producto de un proceso mecánico fruto de las propiedades físicas y químicas de la materia con las que están formados los organismos y su entorno. Tenemos que comprender que en tiempos de Lamarck no se conocía aún el ADN. Por tanto, según su teoría, el entorno cambia las formas de vida, que luchan constantemente por adaptarse a las nuevas exigencias de su hábitat y de un medio en cambio constante. Estos esfuerzos modifican sus cuerpos físicamente y estos cambios físicos son heredados por la descendencia. Es decir, que la evolución que proponía la teoría de Lamarck era un proceso que se sostiene en un concepto llamado “herencia de las características adquiridas": los padres transmiten a sus hijos los rasgos que adquieren a partir de cómo reaccionan a su entorno.

Y es aquí donde nace la moderna epigenética, que confirma algunas de las observaciones de Lamarck y corrige la rigidez de la genética, que parecía que era la que determinaba casi todo hasta ahora. El estudio actual de los mecanismos que regulan la expresión de los genes no requiere una modificación de la secuencia del ADN, pero establece una relación entre las influencias genéticas y ambientales que se transmite de generación en generación. La evolución de los organismos no se dbería tanto a las reglas darwinianas de la espontaneidad arbitraria de las mutaciones, apoyadas por la simplicidad mendeliana de la genética al uso, sino algo mucho más complejo y flexible. Si la mutación espontánea podría parecer caprichos y fruto del caos de un universo sin plan, la epigenética resucita la creencia positiva de que los organismos tenemos un obetivo vital, un destino, el de crecer y mejorarnos de acuerdo con un plan superior que no conocemos.

La mayor parte de los científicos involucrados en la genética están cada vez más desconcertados al asumir que lo que transmitimos por los genes no es inmutable. Hoy en día ya se acepta que la evolución de las especies se deba menos a las mutaciones aleatorias que fundamentan la teoría darwiniana, que a las adaptaciones puntuales afectadas por el estrés, el hambre o la presión del medio ambiente.

Algunos científicos consideran incluso que la metamorfosis de los insectos podría haberse originado por la mezcla genética de, al menos dos especies diferentes.

Las marcas epigenéticas no son genes propiamente dichos, pero la genética moderna nos enseña que no solo los genes influyen en la genética de los organismos y de los individuos.

Recientemente, tras la finalización del proyecto Genoma Humano 2003, los científicos se han dado cuenta de que hay mucho mas en las bases moleculares del funcionamiento celular, el desarrollo, el envejecimiento y muchas enfermedades. Se han llegado incluso a discernir mecanismos epigenéticos en una gran variedad de procesos fisiológicos y patológicos que incluyen, por ejemplo, varios tipos de cáncer, patologías cardiovasculares, neurológicas, reproductivas o inmunes.

Uno de los procesos físicos que pueden interferir en los caracteres que transmitimos a nuestra descendencia tiene que ver con la metilación del ADN. Se ha descubierto en organismos superiores que a la base citosina se le añade un grupo metilo el cual permite la conformación cerrada de la cromatina. Un alto grado de metilación se asocia hoy con el silenciamiento de algunos genes, como llaves o interruptores que se activan de forma caprichosa según nuestro estado o relación el entorno o diversos estímulos exteriores.

En los mamíferos se ha comprobado que la metionina, la colina, el ácido fólico y las piridoxinas, que son sustancias procedentes fundamentalmente de la dieta, tienen como función la adición de grupos metilos. Por otra parte, también se ha demostrado una completa modificación de las histonas que incluyen la acetilación, la metilación y la fosforilación.

El orden secuencial de las cuatro bases nitrogenadas del ADN, que son la adenina, la guanina, la timina y la citosina, en las regiones del genoma denominadas “codificantes” determina la naturaleza química de las proteína que son codificadas por éstos genes y, por tanto, su función.

La trascendencia de los nuevos descubrimientos en la química del ADN corrigen, por tanto, lo que entendíamos hasta ahora de la herencia y, por ejemplo, para explicar el hecho de por qué los niños heredan el sufrimiento de sus padres.

Efectivamente, cada vez mas investigadores muestran que el hambre o el estrés, así como otros hábitos de vida, forzosos o adquiridos, modifican el funcionamiento de los genes de los descendientes.

Un reciente estudio ha observado éste efecto en los hijos de los prisioneros de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos. El estudio ha sido llevado a cabo por científicos de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), dirigidos por la investigadora Dora Costa y han concluido que los traumas sufridos por los padres pueden acortar la esperanza de vida de sus hijos.

Los investigadores han estudiado los historiales de vida de miles de hijos de prisioneros de la Guerra de Secesión, ocurrida entre 1861 y 1865. Los autores se centraron en solados unionistas que fueron prisioneros de guerra de los confederados entre los años 1863 y 1864. Escogieron estos porque padecieron unas condiciones de vida extremadamente duras, parecidas a las de los campos de concentración.

La malnutrición, las amputaciones y el hacinamiento eran la norma. Las muertes por diarrea y escorbuto eran muy frecuentes. El trabajo de los estudiosos comparó la esperanza de vida de los hijos de unionistas que sobrevivieron a la guerra pero que no fueron prisioneros, con los que sí que fueron presos. Además, compararon la dureza de varios campos de prisioneros y observaron que los efectos de la mortalidad de los hijos eran mayores cuanto más duras fueran las condiciones que vivieron sus padres.

Después de descontar el peso e actores socioeconómicos, se concluyó que los hijos de los prisioneros de los peores campos eran 1,11 veces más proclives a morir después de los 45 años.

Los investigadores pensaron inicialmente que el factor clave de la longevidad de los hijos pudiera ser debida al estatus socioeconómico de los padres. Pero observaron a observar que el efecto solo aparecía en los hijos varones, lo que estaba en profunda consonancia con una causa epigenética asociada al cromosoma Y de los prisioneros y solamente en los hijos nacidos después de la guerra. Todo apuntaba a una causa epigenética relacionada con el periodo de inanición y sufrimiento que pasaron aquellos hombres y que se transmití solo por los varones. Se aportan en el estudio otros datos trascendentales como que la mayoría de los hijos de los prisioneros murieron de cáncer o de hemorragias cerebrales, dos causas que en las investigaciones con ratones ya se han vinculado a menudo con a herencia epigenética de la inanición.

Randy L. Jirtle, investigador de epigenética de la Universidad del Estado de Carolina del Norte, no involucrado en la investigación, ha afirmado en “The Atlantic” que “la causa de ésta reducción de la esperanza de vida puede estar en el estrés de la guerra y en la malnutrición que vivieron los prisioneros”. “El estrés de los sistemas -prosigue-, leva a la maquinaria celular a activar o no activar los marcadores epigenéticos”.

Hay otros estudios diversos que apuntan en la misma dirección, incluso han revelado que los hábitos deportivos de los padres también acaban influyendo en los hijos varones por medio de la epigenética. Se ha demostrado en humanos que los hijos concebidos durante la gran hambruna que sacudió Holanda en 1944, plena II Guerra Mundial, padecieron enfermedades cardiovasculares y obesidad con mayor probabilidad a causa de éstos efectos.

Y en otro estudio se ha concluido que los hijos de los supervivientes del Holocausto mostraron una transformación química en una región del ADN asociada con el estrés. Otro tipo de investigaciones concluyen que las agresiones racistas provocan cambios en los hijos de las víctimas.

En todos estos estudios se ha concluido que las vivencias de una persona, incluyendo el clima o la alimentación, no solo modifican el funcionamiento de su propio ADN, sino también el de sus hijos, apreciándose efectos como la esquizofrenia, el desorden bipolar o el asma.

Así que tenemos que estar muy atentos al estrés con que conducimos nuestra vida diaria, nuestra alimentación y hacer algo de deporte, aunque sea ligero. Nuestros hábitos de vida se propagarán en todo caso a nuestra descendencia, y no podremos evitarlo.

Ahora más que nunca, debemos seguir esas pautas de lo que se llama “vida saludable” a la que nos enfrentamos tan a menudo a través de los medios de comunicación y hacer también más caso a nuestra mente cuando nos reclame algo de meditación, reposo y tranquilidad.

Tomémonos la vida en serio pero no muramos en el intento, igual no vale la pena.

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