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EL DISCURSO DEL REY

Discurso real navideño 2020, un mosaico sustantivo
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Discurso real navideño 2020, un mosaico sustantivo

· Por José Luis Heras Celemín

By José Luis Heras Celemín
lunes 28 de diciembre de 2020, 09:54h
Circunstancias inusuales debidas a la pandemia. Sin familia, enfermedad y secuelas. 2020 duro y difícil con virus. Economía, empresas, desempleo. Desanimo. Situación grave. Afrontar el futuro. Confianza, porque en las últimas décadas ya hemos superado dificultades. Vacunas y esperanza. Responsabilidad. Gracias a los sanitarios. Evitar que la crisis económica derive en crisis social. Jóvenes y proyectos. España no puede permitirse una generación perdida. Recuperar economía. Apoyo a empresas y autónomos para crear trabajo. Retos no insalvables. Esfuerzo colectivo. Coraje y nervio. Sociedad fuerte y Estado sólido, con pilares. Miembros de la UE frente al mundo. Convivencia democrática, la Constitución, que debemos respetar, es el fundamento de nuestra historia, el resultado de la unión de todos en la pluralidad. Junto a los principios democráticos, valores éticos y morales que nos obligan a todos. España es un país democrático con historia, que saldrá adelante con todos. Compromiso con todos. 2021 mejor que 2020.

Son las teselas que dibujan el mosaico de la realidad que el Rey esbozó en su discurso de Navidad 2020. Un mosaico sustantivo, que apunta y encaja lo que hay. Distinto al mosaico adjetivo, que, como el referido a Moisés y su ley mosaíca, se ocupa de códigos y normas de un pueblo, en su caso el antiguo de Israel, que para España hoy es improcedente. Sin más complicaciones, el Jefe del Estado abordó la situación sin concesiones ni aspavientos.

Se apuntaba, desde la izquierda, la oportunidad (para alguno necesidad) de que en su discurso el Rey entrara en cuestiones que, parece, solo interesan al 0,3% de la población: un mosaico adjetivo que repase conductas o sustituya códigos y normas. En este momento, con lo que hay y nos espera, una parte de la izquierda nacional pretende replantear el Titulo II de la Constitución que se ocupa de La Corona, buscar las cosquillas al anciano rey Juan Carlos I, y traer a colación la parte de una historia pasada, que es nuestra historia, para reescribir, deformándolas, las páginas dolorosas del pasado que habíamos superado. Sin respeto a la verdad, vivos, muertos y a la historia, se busca un incordio general. A ojos vistas, se pretende hostigar al Rey, usando la situación de su padre, y tantear la posibilidad de una república que, dicen las encuestas, quieren unos pocos, algunos enchufados que pululan a la sombra del poder, y los encabronados que vocean.

Más que ruido. Con la prensa recogiendo las reacciones de los partidos y políticos nacionales con los maniqueísmos, banderías y declaraciones que hoy son noticia. Sin entrar en ellas, recojamos algunas apuntando titulares: “El PSOE calla ante el duro ataque de sus socios al Rey” (La Razón). “Afrenta de Podemos y silencio del PSOE pese al ejemplo ético del Rey” (El Mundo). “El centro-derecha apoya sin fisuras al rey frente a los socios de Sánchez” (ABC). “El PSOE pide a Felipe VI que siga renovando la Monarquía” (El País). Son las crónicas del momento, usadas para intereses que no son comunes, y en las que destacan algunas de las teselas del principio: Convivencia democrática. Constitución. Fundamento de nuestra historia. Unión en la pluralidad. Principios democráticos, valores éticos y morales que nos obligan a todos.

A la vez, un pandemonio bullanguero para apartar la atención de lo que importa. En esta situación, con la izquierda radical en el Gobierno, descubierta en Unidas-Podemos, no confesa pero activa en el PSOE y en sintonía con los medios que le son afines (editoriales y algún artículo de estos días son para enmascarar), había que esperar las maniobras que, a costa de la Corona, podía usar y usó el Gobierno. El Rey podría haber entrado al trapo, hacer frente a la trampa denunciándola, o presentar la realidad. Es de suponer que desde la Jefatura del Estado se analizarían todas las opciones posibles: Desconfianza del Rey con el Gobierno, que refrenda sus actos como marca la Constitución. Análisis de órdenes e instrucciones gubernamentales, trasmitidas directamente o con interpuestos (las noticias sobre las componendas de la vicepresidente primera producen estupor). O la controvertida abdicación de Felipe VI, que habría puesto en peligro a La Corona, comprometido el futuro de la Monarquía parlamentaria, alterado la dinámica nacional que disfrutamos, y abierto el proceso previsto para el relevo en la Jefatura del Estado.

Entre todas las opciones, el Rey construyó el mosaico sustantivo de la situación nacional y, quedo, dio la vuelta a la tortilla para convertir a los socios republicanos del Gobierno de coalición (y algo más), en un amasijo variopinto de egos, apetencias y miserias en el que, ¡sálvese quién pueda y como pueda!, por arte de birlibirloque, los radicales de Podemos con Iglesias a la cabeza, por contraste (entre la realidad nacional con Felipe VI en la Jefatura del Estado y el futuro que amenaza tras ellos) se convirtieron en los valedores de una figura real que, con ellos al lado, es incontrovertible. A la vez, la facción radical del PSOE, con Sánchez y su séquito, tuvo que resguardarse en los cómodos y retribuidos cuarteles de invierno con sueldos generosos, puestas giratorias y las prebendas anexas al poder.

Antes del discurso del Rey, el más difícil de su reinado se llegó a decir, había curiosidad, esperanza y miedo. Ante las cámaras de televisión, Felipe VI leyó una redacción mal compuesta, medianamente estructurada, y con errores que en televisión son inaceptables. Empático y próximo a la audiencia, fue el Discurso real navideño 2020, un mosaico sustantivo.

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