Sociedad

El esperpéntico Punto de Encuentro Familiar Barcelona Ciudad 3

CARTA ABIERTA

· Francisco Gil Picart, padre de un maravilloso niño autista

Jueves 17 de marzo de 2022

Que España es un país donde abunda la mediocridad y la chapuza no es ningún secreto, pero cuando esta chapuza y esta mediocridad vienen aderezadas de maldad es de obligado cumplimiento denunciarlas. Y más si afectan a un niño pequeño. Cuando un hombre, y padre, cae en la telaraña de la Ley de Violencia de Género, se ve envuelto al instante en una continua vulneración de sus derechos elementales. La patria potestad, aunque se ostente, queda como un mero ornamento, y un sinfín de atropellos e injusticias desangran el día a día. Pero no, el objeto de este artículo no es hablar de esta ley tan vergonzosa como impropia de una nación que se da golpes en el pecho alardeando ser garante de los derechos de sus ciudadanos. Este artículo pretende arrojar luz sobre uno de los muchos efectos colaterales de esta ley: los puntos de encuentro familiar.



Y lo haré basándome únicamente en la experiencia de mi hijo y mía; aunque nuestro caso es extensible a miles de papás que me consta viven presos de la ansiedad y la congoja de tener que ver a sus pequeños bajo la dictadura de quienes regentan estos centros.

Esta es nuestra historia.

El pasado mes de mayo comienza el calvario. Una denuncia por violencia de género se admite a trámite y lo primero que se hace es arrancar a un hijo de su padre y a un padre de su hijo. Todo ello gracias a una ley que primero dispara y luego, si acaso, pregunta. Pero si en todos los casos que esto se produce es grave, en el nuestro constituye una auténtica aberración.

Mi hijo, que tiene tres años y nueve meses, es autista.

La cotidianidad en la que ambos vivíamos era muy particular, muy nuestra. Mi hijo fue un niño tremendamente deseado, al que dediqué casi todo mi tiempo desde que nació; pero a partir de que fue diagnosticado con TEA ese “casi” desapareció por completo. Si hasta ese momento era su sombra, a partir de entonces me convertí en su ángel tutelar. Dejé mi trabajo y todo lo demás para dedicarme únicamente a cuidar al niño. Me necesitaba. Si la vida había sido tan injusta con él trayendo el autismo a su vida, puso a este padre en la balanza para compensar tamaña iniquidad. Dormía con mi hijo, lo llevaba y recogía de la guardería, dábamos dos largos paseos diarios, cuidaba su alimentación hasta el más mínimo detalle y tenía establecida una rutina diaria rígida pero flexible a la vez. Mi hijo era muy feliz y evolucionaba muy positivamente de su anomalía.

Hasta que llegó el fatídico día.

Nada de lo anterior importó. Ni que su padre fuera su principal figura de referencia, ni que su hogar y su entorno fueran lo más adecuado para él, ni que sus rutinas perfectamente previsibles y estructuradas conformaran la base de su extraordinaria mejoría. Nada. El bienestar de mi hijo se obvió en beneficio de la locura de otra persona y de los mezquinos intereses de los palmeros feministas que fomentan estas oprobiosas situaciones. Nos separaron sin remisión. En España, a diferencia de cualquier otro país europeo, esto puede suceder. Y sucede.

De una forma miserable y torticera, la Administración se encargó a través de cualquier subterfugio legal de dilatar el reencuentro con mi hijo. Luché (y sigo haciéndolo cada día) contra un sistema diseñado para humillar a un hombre y destrozar a un padre, toqué puertas que se cerraban en mis narices, piqué muros cada vez más gruesos, escalé montañas a cual más alta y me enfrenté a obstáculos que se tornaban insalvables.

Tardé siete meses y siete días en volver a ver a mi pequeño. Doscientos diecisiete días de ansiedad, de nervios, de miedos, de rabia, de impotencia… doscientos diecisiete días de infierno en la Tierra. Y que continúan a día de hoy.

La entrevista previa en el punto de encuentro, requisito indispensable para iniciar el proceso de visitas, fue un derroche de explicaciones sobre cómo era mi hijo y por qué era tan especial. Decenas de vivencias y multitud de aclaraciones enmarcaron un monólogo constante por mi parte, donde no pude reprimir las lágrimas.

Ya dije desde el primer momento que aquel lugar no reunía las condiciones mínimas para que mi hijo se reencontrara con su padre. Una triste habitación en un piso viejo de una ciudad inmensa, no eran el lugar idóneo para un niño autista criado en mitad de la naturaleza, alejado de ruidos, humo, coches y multitudes. No obstante, mi chiquitín es maravilloso y posee una resiliencia increíble. Pero ello no es excusa para hacerle pasar por semejante despropósito.

Anhelando que llegara ese instante tan deseado, mi capacidad para el asombro aún estaba lejos de agotarse. El día antes de nuestro primer encuentro, me dicen los responsables del centro que este no podrá producirse porque su madre alega una causa médica de fuerza mayor. Deberé aguardar tres semanas más. La causa de “fuerza mayor” resulta ser una operación de cirugía estética, concretamente una mastopexia con agrandamiento de mamas.

Y se queda todo el mundo tan tranquilo. Aquí no pasa nada. Esto es España.

Veintiún días después, y ya con los pechos de la madre en su forma y lugar correspondientes, veo al niño el 15 de diciembre de 2021. Ese encuentro fue memorable, impresionante. Yo, a mis cincuenta y tres años, era incapaz de dejar de llorar cuando volví a besarle y abrazarle. Mi hijo, a pesar de ser tan pequeñito, tardó menos de un minuto en reconocer a su padre, tras más de siete meses sin verle. Lo cual es un hecho extraordinario, pero es que mi hijo es verdaderamente extraordinario.

Desde entonces se han sucedido siete visitas. Todas ellas igual de emotivas, igual de intensas, igual de dramáticas a la hora de la despedida. Soy incapaz de no derramar lágrimas cada vez que llega el momento de separarnos, y el niño es muy consciente de esta circunstancia. Pero no solo emocionalmente nos están haciendo sufrir a ambos, sino que además las condiciones en las que nos vemos obligados a estar durante las dos horas asignadas, son demenciales. Una habitación de apenas seis metros cuadrados no es el sitio ideal para un niño del universo TEA. Cualquier profesional, medianamente competente en estos casos, lo podrá refrendar.

Pero la humildad no es una virtud de los miembros de este equipo, que ni tienen ningún conocimiento sobre la disfunción de mi hijo; y lo que es peor, no han hecho ningún esfuerzo por adquirirlo desde que llegó. Y tiempo han tenido, pues ya sabían desde el 2 de noviembre que a sus instalaciones acudiría un menor con necesidades especiales.

El punto de Encuentro Familiar Barcelona Ciudad 3 es la chapuza en su máxima expresión. Un homenaje al desatino. Ni saben, ni quieren saber, ni tampoco se dignan escuchar, tal es su orgullo. He reiterado en infinidad de ocasiones que debemos de dejar de vernos ahí. También he dicho por activa y por pasiva que la temporalidad entre visitas, quince días, es perjudicial para mi hijo. El pequeño no entiende por qué ve a su padre, en quien tanto confía, solo un ratito y luego pasa un larguísimo rato hasta que lo vuelve a ver. Él, en su cabecita, se hace mil conjeturas, pero sin llegar a entender el motivo por el cual desaparece papi. Ni él ni nadie con un mínimo de sentido común. Cualquier profesional del universo TEA se llevaría las manos a la cabeza ante tanta incompetencia.

Pero eso sí, estos señores del punto de encuentro se atreven a aconsejar en su informe que lo mejor para mi hijo y para mí es continuar en ese antro por tiempo indefinido, obedeciendo los mandatos de quien les paga… La Secretaría de ¿Igualdad? y Feminismo de la Generalitat.

Un informe plagado de tergiversaciones, ocultaciones y mentiras a favor de una de las partes, y que ya ha sido denunciado tanto en el juzgado correspondiente como en la Fiscalía, además de haberse rellenado un formulario de quejas en el propio centro. Pero el problema es que este informe será el único que lea el juez que instruye el caso, quien debe valorar cuál es la evolución en la relación paternofillial.

Y aquí se produce una de esas situaciones rocambolescas, que raya en el más absoluto esperpento. Este centro está subvencionado directamente por la Secretaría de ¿Igualdad? y Feminismo de la Generalitat, institución que, a través de su muy ilustre secretaria, se personó en mi causa demandando al juez que prohibiera ver a mi hijo. Es decir, que los “profesionales” que elaboran los informes que van al juez, son los mismos que están bajo las órdenes de quienes pretenden romper uno de los vínculos más sagrados que existe: el de un padre y su hijo.

Esto solo puede ocurrir en España.

Mi hijo y yo hemos sido condenados a vernos de una forma antinatural, impropia del concepto que emana de la palabra humanidad; y castigados a hacerlo en un tabuco totalmente inadecuado para un niño del espectro autista. Hay que ser muy obtuso, o tener muy mala sangre, o ambas cosas a la vez, para que siendo testigo de lo que sucede entre mi hijo y yo en cada encuentro, se obre de esta infame manera.

Y yo me pregunto, ¿por qué los intereses del Punto de Encuentro Barcelona Ciudad 3, de la Secretaría de ¿Igualdad? y Feminismo, de la madre y de los astronautas de la Estación Espacial Internacional están por encima de los de mi hijo? ¿Dónde están esas magníficas instituciones nacionales que salvaguardan el bienestar de un niño pequeño y autista?

Quizá debamos acudir a un famoso programa de misterio que se emite en televisión para obtener una respuesta. Pero lo que yo sí les grito a todos los padres que se hallan en mi misma situación, es que no se resignen, que no se rindan y que sigan peleando por el bien más preciado de sus vidas: sus hijos. Y que recuerden siempre que el derecho a denunciar a aquellos que impunemente causan un perjuicio a nuestros niños debería ser eterno.