Análisis y Opinión

Zapatero y la batalla por el relato

· “¿Quién acabó con ETA fue el partido socialista?”

Luca Pollipoli | Sábado 17 de junio de 2023
Carlos Herrera formuló esta sencilla y acertada pregunta a José Luís Rodríguez Zapatero el pasado lunes. La desconcertante respuesta ha provocado múltiples reacciones políticas y variopintos comentarios sobre un delicado argumento que debería tratarse con esmero y pulcritud. El ex mandatario, como si de un miura se tratara, embistió el capote del popular locutor elevando la voz y arqueando hasta lo inverosímil las cejas que le singularizan. Con tono campanudo y mirando al vacío reivindicó la paternidad del fin armamentístico de la organización terrorista y el descabezamiento de sus comandos, tanto legales como liberados. Un do de pecho que ni en las mejores actuaciones de Javier Camarena o Juan Diego Flórez.

Pero Zapatero no estaba deleitando al público de la Scala, y su actuación quedó desvirtuada por la inconsistencia del contenido de sus palabras y un análisis más que erróneo. El ex secretario general del PSOE incurrió en una pataleta infantil bajo la mirada estupefacta de Herrera y sus colaboradores. El mediatizado talante dejó sitio a los tonos bruscos y ásperos de quién sobreactúa consciente de haberse quedado entre la espada y la pared.

Desconocemos si Alfredo Pérez Rubalcaba desde las alturas ha tenido constancia de lo ocurrido. En caso afirmativo es muy probable que frunciera el ceño ante el ruin intento de patrimonializar un resultado que estuvo a punto de difuminarse por la insensatez del mismo Zapatero.

El cántabro aterrizó en abril de 2006 en el Ministerio del Interior sustituyendo a Antonio Alonso, persona de máxima confianza del entonces mandatario nacional. Según altos mandos policiales el navegado político se encontró con un “caos organizativo” y “una estrategia antiterrorista totalmente desacertada”. Bajo el hechizo de Jesús Eguiguren, Zapatero había avalado conversaciones entre el presidente de los socialistas vascos y mediáticos representantes de la izquierda abertzale como Arnaldo Otegi o Pernando Barrena.

El mismo Eguiguren precisó al autor que “inicialmente (…) era conocedora de las reuniones sólo una parte pequeña de Batasuna y del PSE”. Una discreción “más que necesaria” para “afianzar a los interlocutores y crear el ambiente propicio”. Según el guipuzcoano “cualquier exposición mediática hubiese jugado en nuestra contra”, razón por la que “me enfadé mucho cuándo se aprobó la resolución en el Congreso” el 17 de mayo de 2005 que legitimaba el diálogo con la organización terrorista. El mencionado Rubalcaba no tuvo otra opción que “seguir adelante a pesar de los recelos” por una estrategia que “no tenía ni pies ni cabeza”.

En diciembre de 2006 un comando detonó un artefacto explosivo en el aeropuerto de Barajas ocasionando la muerte de tres latinoamericanos. Una atentado que cogió desprevenidos “tanto al Gobierno como a la misma Batasuna” y que marcó un antes y un después. Desde el paseo de Recoletos ordenaron “finiquitar cualquier vía dialogada” y presionaron a Moncloa para que retiraran toda credencial a Eguiguren, el estratega que viajaba “a Suiza y a Noruega sin ningún papel o esquema negociador (…). Todo estaba en mi cabeza, de tal manera se evitaba cualquier posible filtración”.

Rubalcaba optó sagazmente por impulsar la estrategia carcelaria con la denominada Vía Nanclares. Una operación coordinada desde el Ministerio de la Presidencia y que protagonizaba una reducida task force conformada por los máximos expertos en lucha antiterrorista de Instituciones Penitenciarias y los servicios de información. Mercedes Gallizo, en aquel tiempo responsable de asuntos penitenciarios, “no estaba al tanto de la maniobra”.

Bajo el primer mandato de Zapatero se otorgó “un balón de oxígeno… ETA en 2003 estaba en coma inducido, y la decisión de legitimarla como interlocutor sólo logró envalentonarla”, precisa un responsable de Instituciones Penitenciarias. Florencio Domínguez, sin lugar a duda uno de los mejores conocedores de los entresijos de la organización terrorista, explica en su libro “La agonía de ETA” (La Esfera de los Libros, 2012) cómo las ensoñaciones de Eguiguren y el cortoplacismo de Zapatero aplazaron la defunción militar de la banda.

De tal manera que todo lo reivindicado por el vallisoletano ante Carlos Herrera carece de exactitud y fundamento. Habría que recordar al ex mandatario que se logró terminar con la organización terrorista desde cinco vertientes: la lucha policial, la labor judicial, el compromiso político, el arrinconamiento social y la cooperación internacional. El resultado es consecuencia del esfuerzo y sufrimiento de todos los gobiernos desde la Transición hasta la actualidad.

Lamentablemente, gracias a la desacertada estrategia monclovita el brazo político de la organización armada ha logrado afianzarse en las instituciones. Cómo indicado en un artículo previo, hubiese sido más apropiado exigir un firme compromiso democrático a quienes estuvieron subyugados a las órdenes de ETA. Pero al hilo de lo acontecido hagamos tesoro de los errores para no volver a incurrir en los mismos.

Cualquier tentativa de patrimonialización interesada dificulta contrarrestar la propaganda de aquellos que optan por difuminar las responsabilidades y colocar en el mismo pedestal a víctimas y verdugos. La batalla por el relato necesita unidad y respeto mutuo, y no soflamas reivindicativos que únicamente reabren la endemoniada caja de Pandora.