Luis Sánchez de Movellán
LA DUDA INCORRECTA
Por Luis Sánchez de Movellán
Luis Sánchez de Movellán | Martes 21 de octubre de 2014
Ante la vertiginosa realidad hodierna, tenemos la sensación de vivir en un período de aceleración sin precedentes. El tema del paso histórico del tiempo y su incidencia en las diversas generaciones es un tema recurrente que trató magistralmente Ortega. Si pusiéramos el ejemplo de una persona que hubiera nacido en 1620 y su fallecimiento acaeciera en 1680, podríamos comprobar como su trayectoria vital había sido bastante pacífica sin cambios relevantes ni sucesos importantes.
La posibilidad de informaciones acerca de acaecimientos de cualquier índole habría sido nula. La realidad del mundo conocido habría sido inmutable para cualquier persona del siglo XVII. Introduzcámonos en un imaginario túnel del tiempo y supongamos una persona nacida en la década de los cincuenta del siglo XX. Desde un punto de vista socio-político, cultural y sociológico, una serie de acontecimientos mollares se han ido sucediendo vertiginosamente: el Concilio Vaticano II, el Mayo del 68, la llegada del hombre a la Luna, el conflicto del Vietnam, la Guerra Fría con sucesos tensionales como la insurrección húngara o la Primavera de Praga, la crisis del petróleo del 73, la muerte de Franco y la Transición española, la caída del Muro de Berlín, los atentados islamistas del 11-S neoyorkino, del 7-J londinense o el doméstico y nunca aclarado del 11-M madrileño ¿Quién da más?
La persona contemporánea posee unos instrumentos de información global que posibilitan el conocimiento inmediato de la noticia en cualquier lugar del mundo y en cualquier minuto de su vida. Lo cotidiano se ve alterado por constantes estímulos de sucesos y novedades que nos desbordan cada segundo, sin que seamos capaces de analizar racionalmente el cúmulo de casos y cosas que nos acosan.
El dominio aparente de la realidad circunstancial, a través de la martilleante información, nos hace receptores de numerosos sucesos que nos caen lejanos y ante los cuales sólo nos queda la impotencia de encogernos de hombros. Frente al hombre de otros tiempos, para quién su realidad era susceptible de control, el hombre contemporáneo se hace eco de una larga sucesión de acontecimientos que le vienen dados y frente a los cuales se encuentra indefenso y desarbolado.
El exceso de información, mayoritariamente negativa y desazonante, produce en el receptor una melancolía, una tristeza, una depresión y una sutil desesperanza que le conducen a una situación de incapacidad permanente y angustia vital. En el mundo actual, aunque la realidad sea buena y esperanzadora, la virtualidad hace que veamos todo como malo. La manipulación de los mass media sobre el ser humano es una creadora de sensaciones de impotencia ante lo que acontece. La prefiguración de la realidad en un mundo secularizado lleva inexorablemente a buscar respuestas en el onirismo de lo mágico: el misterio de lo esóterico, la seducción de la New Age, la atracción de la diosa Gaia configuran los puntos cardinales que parecen guiar nuestro devenir.
La razón ilustrada se va transmutando lentamente en creencia mágica. No hemos salido de la murga de la profecía maya sobre el fin de los tiempos cuando ya hemos empezado otra sarta de memeces acerca de unas u otras profecías con motivo de la renuncia de Benedicto XVI. Los mismos medios de comunicación progres que se reirían o pondrían a parir cualquier manifestación religiosa católica, dedican páginas y más páginas a analizar “científicamente” o debatir “sesudamente” acerca de las engañifas proféticas de Nostradamus o sobre los milenarismos de San Malaquías. Cualquier bululú birlibirloco toca el caramillo y, cual flautista de Hamelín, le siguen miles de atolondrados.
- Luis Sánchez de Movllán es Doctor en Derecho y Director de la Vniversitas CEU Senioribvs