Desde el punto de vista de la eficacia nuestra clase política, desde la Transición, se puede dividir en dos etapas:
1ª. Se inicia con el Gobierno presidido por Adolfo Suárez y se extiende hasta José María Aznar, incluido este, en la que, a pesar de los fallos de cada uno, el balance entre los problemas solucionados y los creados fue francamente positivo.
2ª. La etapa que va desde José Luis Rodríguez Zapatero hasta Pedro Sánchez, donde, para desgracia de los españoles, ocurre todo lo contrario.
El régimen político que surge en 1978, aun dando lugar al período de mayor libertad y bienestar de la historia de España, nace con varias disfunciones congénitas. La primera y más importante, pues afecta a la propia existencia del Estado, la constituye el cierre en falso de la estructura territorial. La segunda, el enorme desequilibrio entre el individuo y el Estado, máxime, cuando el poder está en las exclusivas manos de unos partidos políticos sin democracia interna y aislados de la sociedad. De tal manera, que ya únicamente defienden sus intereses de partido, desdeñando los de los ciudadanos.
Por motivos de espacio nos vamos a centrar en el problema territorial, ya habrá tiempo de volver sobre la partitocracia del Estado español, que se ha revelado como un atentico Leviatán capaz de tragarse a los individuos, sus haciendas y su libertad.
Cuando se diseñó el régimen del 78, los políticos, como siempre, no atendieron a motivaciones racionales, sino que buscaron equilibrios según el peso político de las partes. En su afán por contentar al nacionalismo vasco y catalán diseñaron un modelo autonómico que, al margen otras deficiencias, fundamentalmente, acabar con la unidad del mercado y un sobrecoste económico inasumible, no sirvió para el objetivo principal. Muy al contrario, el nacionalismo; premiado con una sobrerrepresentación injustificada y, sobre todo, actuando con una deslealtad propia del fanatismo; ha aprovechado la incapacidad del constitucionalismo para defender los asuntos de Estado, consiguiendo un trato económico privilegiado e incrementando sus competencias hasta un punto en el que sólo la independencia puede justificar ya su existencia.
Y en esas estamos, el nacionalismo sobrevenido en independentismo sabe que los resultados del 23-J pone en sus manos la mejor oportunidad de su historia para intentar conseguir sus objetivos, máxime, cuando el presidente en funciones Pedro Sánchez, como ya ha demostrado, está dispuesto a cualquier cosa con tal de mantenerse en el poder.
Las declaraciones de Félix Bolaños, además de su inanidad, demuestran hasta qué punto el “sanchismo” ha asumido los postulados del independentismo y el comunismo. Sabedores de que Zapatero acertó, si es únicamente poder lo que buscas, cuando invirtió el camino iniciado por Felipe González en Suresnes como única posibilidad de alcanzar la Moncloa.
Dice Bolaños que: .
Además de forzar la utilización de “alienado”, me imagino, para que sepamos que es un “marxista culto”, no dice una sola verdad.
El constitucionalismo, como hemos dicho, ha hecho un gran esfuerzo y gala de una paciencia digna de Cicerón, su frase: cobra más sentido que nunca ante la actitud del separatismo. Además, salvo que el ministro de la Presidencia en funciones sea un ferviente “sorayista”, no lo creo tan ingenuo como para creer que Otegui, Oriol Junqueras, Puigdemont o cualquier otro enemigo de España y la democracia prefiera pactar con el PSOE antes que con el Partido Popular, ellos lo harán con el que más pague y, en este caso, saben que ese es Pedro Sánchez. Si se trata de andar con malas compañías, Feijóo sólo tiene que, al igual que éste, aceptar sus condiciones, pero, en este caso, como dice el refrán: más vale estar sólo que mal acompañado.
El nuevo argumento, ideado en la “factoría Bolaños” y difundido por sus terminales mediáticas tras el 23-J, reza así: Las cesiones de Sánchez, indultos, derogación del delito de sedición, reducción del de malversación, etc., han servido para debilitar el separatismo, como demuestran los resultados del 23-J sobre todo en Cataluña>>.
Nada más lejos de la realidad, no hay que confundir la táctica con la estrategia. Lo único que ha debilitado al nacionalismo-separatismo ha sido la, débil, aplicación del artículo 155 de la Constitución en Cataluña y la responsable actuación de los Tribunales de Justicia.
Ante esta respuesta del Estado español los líderes separatistas, al igual que Taras Bulba, se han refugiado en sus cuarteles de invierno preparándose para “Ho tornarem a fer”. En Cataluña el acoso a todo aquel que además de catalán se siente español no cesa y el adoctrinamiento en los colegios es más intenso si cabe. Por otra parte, la negociación con el “sanchismo” para debilitar la respuesta, por parte del Estado, en caso de una nueva DUI, ha culminado con éxito.
Por su parte, el electorado independentista catalán que, en parte ha votado al PSC, lo ha hecho por varios motivos. En primer lugar, por el desánimo que producen las expectativas frustradas y sobre todo las consecuencias de un enfrentamiento abierto con el Estado, la independencia no era tan fácil como les dijeron sus líderes. En segundo lugar, el PSC sostiene unos postulados, sino equivalentes, si enormemente comprensivos con el independentismo, de hecho, muchos de sus líderes son abiertamente separatistas y en lo único que difieren es en la estrategia, no en los fines. Y finalmente, aunque se suele decir que los votantes prefieren antes el original que la copia, en este caso votar la copia, es decir, “el sanchismo”, es más útil para sus intereses que arriesgarse a un Gobierno PP-VOX, sobre todo cuando este último partido amenaza con reavivar las tensiones en Cataluña.
En definitiva, tanto los líderes del separatismo como sus seguidores simplemente se están reorganizando después de perder la batalla de octubre del 2017, por cierto, gracias al apoyo de Pedro “Sánchamberlain” el “apaciguador”, con mucho éxito.
Si éste vuelve a gobernar apoyado en el “Frankenstein-plus” es sólo cuestión de tiempo que los separatistas catalanes, esta vez acompañados por los vascos, vuelvan, al igual que Taras Bulba, al grito de “Saporoski”, para a lomos del caballo negro, llamado populismo, acabar con la democracia y con España.