Ahora bien, como administrado y justiciable considero un deber moral denunciar lo que ocurre, en tanto la actitud de Dña. Begoña Gómez roza el esperpento y no puede tomarse sino como una brutal mofa a la ciudadanía española, por varios motivos:
En primer lugar, y preguntada si conoce los presuntos delitos que se le imputan, se vale de cierta amnesia selectiva por decir que los ignora, pero que en cualquier caso es inocente.
En segundo lugar, y por fortuna, el juez que instruye ha impuesto la cordura por negarse a la petición de que sus comparecencias no sean grabadas en soporte visual. Decisión coherente donde las haya por ser el procedimiento que marca la ley, y no hallándose esta persona en ninguno de los supuestos excepcionales previstos. Recordemos que la investigada puede ser persona notoria, pero en ningún caso detenta cargo público y si se hubiese accedido a suprimir el vídeo no ejercería sus derechos de manera legal, sino arbitrariamente ilegal.
En tercer lugar, descorazonan los retrasos y dilaciones en su toma de declaración so pretexto de que no se le facilita copia de todo lo actuado hasta el momento, escenario increíble por cuanto las investigaciones comenzaron el pasado mes de abril y ya casi vamos por el Ecuador de julio, amén de que el incidente saltó a la palestra justo el día que tenía que declarar ante Su Señoría.
En cuarto lugar, es una ignominia que desde el poder ejecutivo se cargue contra el judicial por ser la imputada quien es, cuando todos deberíamos recordar que una de las bases de la democracia se residencia en la separación de poderes. A la vista está que somos iguales ante la ley, pero hay algunos (o alguna) más iguales que otros, transfigurada pues la justicia a tuerta, y degradada de diosa a reina en el país de los oportunistas “ciegos”.
Dicho esto, y por solidaridad con mis conciudadanos, animo a que no se nos silencie ni aborregue al tratar de sumarnos por fuerza al gregario de los canónigos de la prevaricación de la que han hecho bandera con tan corruptas posturas, que dinamitan las libertades de nuestros fueros hasta asemejarnos a las peores dictaduras.
A modo de corolario, cítese al inefable D. Francisco de Quevedo, que ya siglos atrás predijo lo que iba a pasar: