Está en nuestra naturaleza humana, por una cuestión de supervivencia, la predisposición a la apropiación con intención de hacer nuestro, en el sentido de poseer todo el poder sobre su disponibilidad, el objeto que consideramos que legítimamente nos pertenece. Cuando respecto a la propiedad de un hecho no siempre es así, obsérvese por ejemplo que al contrario que el amor de pareja, la amistad no tiene aniversarios, será por eso quizás que el primero al igual que para celebrar tiene señalada una fecha de comienzo también tiene en muchos casos abrupta fecha fija de finalización, y para la segunda nunca los amigos establecen el día exacto de su génesis y mayormente cuando llega su final más que terminar, suavemente se desvanece.
La acción de tener, poseer y acaparar tiene su fundamento en la conciencia que en exclusiva tenemos de ser unos seres vivos con posibilidad de disfrute y por tanto nos educamos con ansia de tener una garantía de beneficio presente y futuro, como si este último no tuviera nunca un final.
Si para desplazarse a un lugar una persona tiene avión, barco y coche y otra para el mismo desplazamiento solo tiene coche, a priori puede parecer que por tener más posee más libertad para elegir el primero; pero así como para el segundo individuo automáticamente queda todo resuelto, en el caso del primero durante el viaje si elige el avión en el aire no puede parar ni bajarse, si elige el barco en medio del océano puede parar pero más le vale no bajarse y mucho menos alejarse, y solo si elige el coche a mitad de viaje en la carretera puede tranquilamente parar, bajarse y alejarse cuanto quiera. Una vez dentro de según que vehículo no sé yo de los dos, realmente cuál tiene más libertad.
El real pleno dominio, ese que se debería reivindicar de forma absoluta y exclusiva frente a los otros en todo momento y lugar porque no se puede perder, realmente solo se puede enarbolar sobre aquellas cosas que para bien o para mal con carácter privado todos alguna vez en soledad hemos pasado y, en nuestro fuero interno sabemos que los demás jamás, por mucho que nos quieran, lo pueden ni lo podrán entender. Y por eso lo que mejor toca hacer con ello es callar y guardar. Salvo el conocimiento, lo demás si lo muestras lo puedes dejar de tener.
Siempre que sé que voy a perder, mientras no me rindo [Nunca un no puedo] con los últimos estertores previos al final de la lucha, mientras pienso que para ese asunto se termina mi libertad y se acaba mi tener, recuerdo aquella vieja historia del cuartel conquistado, cuando el triunfador capitán al frente del feroz ataque, tras izar la bandera de su ejército ganador, pregunta al sargento si queda algún soldado enemigo vivo, y el suboficial señalando la plaza de armas contesta, solo aquel pobre de allí, ese de pie que cabizbajo fuma con parsimonia, el que está desarmado y con el uniforme destrozado; sacando pecho se acerca el capitán al resignado vencido y orgulloso con voz potente le dice, soldado como puedes ver soy el vencedor y ahora mismo tengo el poder de atravesarte sin pestañear con mi bruñido sable, a lo que el soldado exhalando el humo en horizontal y no exenta la mirada de cierto penúltimo orgullo pero bajando mucho la voz responde, y tú capitán, llegados aquí, puedes ver que yo soy el que también sin pestañear tiene el poder de que me traiga sin cuidado que me atravieses con tu maldito sable.