Análisis y Opinión

Mentalidad

· Dicen que en una reunión de tres sesudas y cautas personas tomando tranquilamente cada uno su café (solo, cortado y capuchino), transcurridos en silencio los primeros quince minutos y estando las tazas por su mitad, uno de ellos tomo la palabra en primer lugar y dijo lo único que no cambia es que todo está sujeto al cambio

Julio Bonmati | Domingo 09 de febrero de 2025
La contestación del segundo a la anterior afirmación fue me temo que como así es y estamos de acuerdo por nuestra parte no vamos a dejar nada sin cambiar para asegurar que todo siga igual. A lo que el tercero, aludiendo a alguien muy inteligente, apuntó nada más cierto que aquello de si quieres que las cosas cambien no puedes seguir haciendo lo mismo. Para luego volver los tres a su mismo mutismo inicial y seguir en silente compañía paladeando el resto de su café en paz. La configuración mental de las personas se divide entre dos extremos, el de los que con el tiempo la suya evoluciona fácil y rápidamente y por tanto cambia constantemente, y el de los que no admiten que se produzca variación alguna, se obstinan en su resistencia, y por tanto tienen muy limitada su capacidad de adaptación.

En la curva de adopción del cambio tenemos desde los innovadores que son los primeros en voluntariamente asumir los riesgos de las novedades hasta los rezagados que no se suman al cambio hasta que se ven sin posibilidad de escapatoria obligados a ello. En el punto medio de la curva estarían los adoptantes, que si son tempranos estarían más cerca de los innovadores y si son tardíos estarían más próximos a los rezagados.

Y lo que en los individuos si es muy difícil de cambiar, cuando no imposible, es la mentalidad que posibilita acometer el salto de tener el modo de pensar de los segundos tan reacios a la variación, a poseer el de los primeros fieles amantes de todo lo nuevo.

La mayor o menor propensión a la aceptación del cambio en todo y para todo, no es tan fácilmente identificable con otras características humanas como pueda a primera vista parecer; así en principio se podría pensar, y se tiende muy a menudo a hacerlo cuando no hay real evidencia que lo avale, que es más lógico adjudicar tal inclinación al joven que al viejo, al formado que al no formado, al urbano que al rural, al nacional de un país puntero que al de un país que no lo es, etc.

Y para ilustrar a lo que me refiero contaré una anécdota totalmente verídica acaecida allá por el mes de noviembre del año 1986, muy poco después de la entrada de España en la Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea.

Una sociedad mercantil española, dedicada al sector de la automoción, filial de su matriz una empresa alemana, envió desde nuestro territorio nacional a Múnich para su actualización profesional a un taciturno cincuentón nacido y criado en un pequeño pueblo de la meseta castellana y sin otra formación que el recio oficio que proporciona una amplia y dilatada experiencia.

Su reciclaje se llevó a término en un departamento de alta tecnología donde durante tres meses se dedicó íntegramente a trabajar y aprender, y donde solo estuvo acompañado de serios y concienzudos ingenieros alemanes todos ellos entre los veinticinco y treinta años.

Fue tal, por su perspicacia y capacidad de adaptación, la consideración y simpatía que alcanzó entre sus instructores que como despedida decidieron salir a tomar unas cervezas con Bratwurst la noche de la víspera de su partida, y a tal fin fueron todos ellos, unas quince personas, a una zona llena de garitos teutones típicos.

Nuestro compatriota tras la visita al tercer bar, visto que llegado el momento de pagar se tardaba cierto tiempo para localizar en la factura y realizar el cálculo exacto de lo que a cada cual le tocaba aportar en función de lo que había consumido añadiendo a ello además el trajín de los cambios, y que a mayores la ingesta acumulada de alcohol no facilitaba la tarea, sorprendido para ser alemanes de su falta de eficiencia en estos lares, les comentó que para agilizar el abono total de la cuenta en este tipo de salidas en España lo que hacíamos era desde el principio poner un fondo común aportando todos la misma cantidad e ir pagando de dicho fondo, y cuando este se acababa por la misma vía se reponía sin más.

Les pareció una buenísima idea, le felicitaron por su lúcida aportación e incluso le dijeron que ya se le notaba que era casi alemán, de Baviera para más señas, y así hicieron; pusieron un fondo del que fueron pagando el total de las cuentas de los siguientes lugares que visitaron.

Finalizada la divertida velada saturados de cerveza y salchichas, tras proceder entre alguna lágrima generosamente al reparto de cálidos abrazos y besos, y oírse aquello de la próxima en España, justo antes de dar media vuelta y seguir su camino, atónito el talludo titular de una mentalidad ibérica observó como todos los jóvenes poseedores de una mentalidad germana sin excepción sacaban sus libretas donde habían meticulosamente apuntado lo que cada uno de ellos había exactamente consumido durante la velada y arreglaban de forma sería, pacífica y rigurosa sus cuentas según fuera su posición deudora o acreedora respecto al fondo común con el que habían venido pagando.

Y sonriendo para sus adentros el visitante se alejó pensando que a su manera eran muy majetes estos chavales, y que menos mal que en cuanto a las diferentes estructuras mentales, en beneficio de la nueva Europa, estos “jóvenes, pero sobradamente preparados” en el fondo tampoco nunca cambiarían, y que él, para evitar perjuicios a este mundo viejo, todavía lo haría menos.