Hija de Francisco Cabarrús, influyente banquero y fundador del Banco de San Carlos (antecesor del Banco de España), y de María Antonia Galabert, Teresa fue bautizada en la iglesia de San Pedro Apóstol de Carabanchel Alto. Pronto se trasladó a París con su familia para completar su formación y abrirse paso en los círculos sociales de la alta aristocracia. Con apenas catorce años, contrajo matrimonio con Jean Jacques Devin de Fontenay, consejero del Parlamento parisino.
Dueña de un ingenio precoz y de una belleza reconocida —piel clara, ojos oscuros, simpatía desbordante—, Teresa fundó su propio salón literario, donde coincidían personalidades como Lafayette o Mirabeau. Pero la historia la empujó más allá de la etiqueta: tras divorciarse, huyó de París y se refugió en Burdeos, donde se ganó el apelativo de “Nuestra Señora del Buen Socorro” por proteger a los perseguidos del régimen revolucionario. Allí conoció a Jean Lambert Tallien, con quien inició una relación sentimental y política.
Su arresto en 1794 fue uno de los detonantes del golpe del 9 Termidor, que acabó con Robespierre y el Terror. Liberada, Teresa se convirtió en símbolo de la nueva libertad. Los salones reaparecieron, y con ellos un estilo grecolatino que ella impulsó. Fue retratada por el pintor François Gérard como una moderna musa republicana.
Tras su boda con Tallien, volvió a convertirse en epicentro de la vida social. Josefina de Beauharnais, futura esposa de Napoleón, fue una de sus amigas íntimas. Pero las alianzas cambiaban con rapidez: mientras Tallien perdía poder y partía hacia Egipto, Teresa se unía primero a Paul Barras y después al banquero Gabriel Ouvrard, con quien tuvo varios hijos.
Su independencia y notoriedad incomodaron a Napoleón, quien prohibió a Josefina frecuentarla. Teresa respondió con teatralidad: apareció en la ópera vestida como Diana cazadora, rompiendo moldes en una sociedad cada vez más conservadora.
En 1805 contrajo matrimonio con el conde de Caraman, príncipe de Chimay. A partir de entonces, Teresa Cabarrús se retiró de la vida pública. En su castillo belga encontró una paz tardía, dedicándose a la educación de sus hijos, a la beneficencia y a la música. Falleció el 15 de enero de 1835 en Chimay, donde aún reposan sus restos.
Su historia, reivindicada en los últimos años desde su lugar de nacimiento, es un poderoso símbolo de la proyección internacional de Carabanchel. Como se señala en mi libro Carabanchel. 75 años en Madrid (Artelibro, 2023), que firmé junto a José María Sánchez Molledo —quien recuperó su partida de nacimiento después de una exhaustiva investigación eclesiástica—, Teresa Cabarrús representa una de las primeras embajadoras culturales del barrio. Una mujer que supo moverse entre los salones y las barricadas, entre el arte y la política, sin dejar nunca de ser ella misma.
Hoy, en pleno siglo XXI, su figura dialoga con la marca cultural Distrito 11, que aspira a posicionar a Carabanchel como el Montmartre madrileño. Y qué mejor emblema para esa apuesta que Teresa Cabarrús: la carabanchelera que conquistó y encandiló a Francia.