Trump no actúa para agradar a las masas con promesas populistas. No busca perpetuarse en el poder a base de contentar a su base electoral. Su enfoque ha sido directo y pragmático: heredó un país con un nivel de endeudamiento que supera el 117% del PIB y con un déficit fiscal del 6%, cifras que en el mundo empresarial serían señal de una empresa en crisis.
De hecho, cuando las cosas se pusieron realmente feas en Europa con la crisis del euro, y fue necesario rescatar a países como Grecia, la respuesta no fue poner más políticos al mando, sino tecnócratas y economistas con experiencia en gestión: perfiles alejados del politiqueo tradicional que entendían la urgencia de aplicar reformas estructurales profundas. Eso mismo ha hecho Trump en EE.UU., trasladando su lógica empresarial a la primera potencia del mundo.
Su respuesta fue clara y concisa: un plan 3-3-3.
Todo ello bajo un horizonte de estabilización financiera
Como ya lo hiciera Margaret Thatcher en su día, Trump entiende que las decisiones difíciles y en ocasiones impopulares son necesarias para reformar estructuras ineficientes. Su Gabinete de Eficiencia Gubernamental actúa como un equipo de reestructuración empresarial: tijera en mano, eliminando duplicidades, gastos superfluos y aplicando la lógica privada al aparato público.
A su vez, ha incrementado los ingresos del Estado mediante una política arancelaria estratégica. Y más allá de la polémica, ha entendido cómo la inestabilidad geopolítica puede ser usada como herramienta: al generar incertidumbre, aumenta la demanda de bonos del Tesoro estadounidense, lo que hace caer su rentabilidad (TIR) y abarata el coste de financiación de una deuda de más de 36 billones de dólares.
Para cumplir con su objetivo de crecimiento económico al 3%, Trump ha implementado una batería de medidas clásicamente promercado:
Con estas acciones busca cambiar el paradigma del consumo: que el ciudadano prefiera lo nacional frente a las importaciones, impulsando la industria local y fortaleciendo el tejido productivo estadounidense.
Estados Unidos ya es el mayor productor de petróleo del mundo, superando el 20% de la producción global. Bajo el mandato de Trump, se han sentado las bases para aumentar en 3 millones de barriles diarios esta producción, reforzando la independencia energética y posicionando a EE.UU. como líder indiscutible frente a potencias como Rusia y Arabia Saudí.
Además, potenciar la industria nacional dependiente de hidrocarburos no sólo genera empleo, sino que refuerza la competitividad global de EE.UU. en sectores clave como transporte, manufactura y petroquímica.
No se puede entender la estrategia de Trump sin ver el contexto internacional en el que actúa. Desde hace años, Estados Unidos libra una auténtica guerra fría económica y monetaria con China, que junto a Rusia y otros aliados estratégicos, busca romper la hegemonía del dólar y establecer un nuevo orden financiero internacional.
China ha sido el principal comprador de oro en los últimos años, acumulando reservas silenciosamente. Ese oro no es solo un activo de reserva: se está usando como divisa alternativa al dólar para comprar petróleo barato a Rusia, eludiendo sanciones y fortaleciendo un bloque económico paralelo.
Este intento de desdolarización es un desafío directo a la supremacía global de EE.UU., y Trump ha sido uno de los pocos líderes que ha comprendido la profundidad de esta amenaza. Su política de “America First” no es solo económica o comercial, también es una reacción defensiva frente a un mundo que busca reemplazar el rol dominante de EE.UU. en el comercio, la energía y el sistema monetario global.
Conclusión
Trump ha demostrado que gestionar un país como se gestiona una empresa —con objetivos claros, medidas firmes y decisiones a largo plazo— puede ser una fórmula disruptiva pero efectiva. Su visión de Make America Great Again no es sólo un eslogan: es una hoja de ruta económica que, guste o no, está basada en fundamentos de eficiencia, crecimiento y soberanía energética.
Más allá de sus formas, de sus comentarios controvertidos o de su estilo personal, que sin duda puede no ser el más diplomático, hay un empresario que entiende el valor de los recursos, conoce la lógica del poder y ha asumido el reto de dirigir la mayor potencia del mundo como lo haría con una gran corporación: con determinación, estrategia y objetivos medibles.