Economía

El sueño de una noche de Otoño

El Palacio de La Moncloa.

· Por Miguel Córdoba, economista

Sábado 29 de noviembre de 2025
En un lugar de la Moncloa de que cuyo nombre no quiero acordarme vivía un individuo sin lanza, adarga, rocín ni galgo corredor, pero de complexión recia, seco de carnes y enjuto de rostro, al que no le gustaba leer libros de caballerías, sino reinterpretar sentencias de tribunales, y se desvelaba por entenderlas y desentrañarles el sentido, llegando a conclusiones poco racionales. Su aspecto demacrado le habían hecho acreedor al nombre de Caballero de la Triste Figura.

Casi todos sus otrora aliados, muchos de ellos mercenarios a sueldo, le habían abandonado y no había tenido más remedio que parapetarse en su palacio esperando que vinieran tiempos mejores. Sólo le quedaba un defensor incondicional, el Caballero de la Ceja, pero se encontraba asediado por el Caballero del Pelo Naranja y no le era posible acudir esta vez en su ayuda; bastante tenía con tratar de defender su patrimonio ultramarino.

Finalmente, y ante el asedio mediático tomó una dolorosa decisión y buscó cobijo fuera de sus lares. Un raquítico bonsái, resto de los que existieron en el pasado cuando otros caballeros de mucha más alcurnia habían vivido en el palacio, era el único testigo del hundimiento de lo que pudo ser y no fue. El Caballero llevaba tiempo buscando culpables y traidores a su gobernanza que, en su deriva, eran casi todos los mortales, salvo él.

Sus principales capitanes, el Caballero del Lupanar y el Caballero de la Mordida, así como el escudero Polifemo, habían sido derrotados en buena lid, y habían sido encerrados en oscuras mazmorras, mientras que sus ejércitos habían sido diseminados, estando su moral muy depauperada.

Unos días después, el valido Oscar apareció en la puerta del palacio al volante de un viejo Peugeot animando al Caballero a que subiera para que empezaran a luchar por la reconquista de sus lares. Le acompañaban Lady Ortiguilla y el valido Félix. Mientras que el Caballero descendía lentamente las escaleras de su otrora palacio, se oían las voces de los criados que intentaban convencer a la esposa del Caballero de que la plata de la cubertería no eran muestras gratis que se pudiera llevar de la Moncloa. Al llegar al vehículo, el valido le preguntó por qué había una especie de aura en la puerta, a lo que el Caballero le respondió que era su ego que había decidido quedarse.

Mientras tanto, el Caballero de la Cigala, su presunto sustituto, avanzaba por la autopista de La Coruña en un Rolls Royce 4AF14 de los años cincuenta, que había sido propiedad de Franco, conducido por el Caballero de la Barba, precedido de mil gaiteros que tocaban “Montañas Nevadas” por exigencias de este último, saludando a los asistentes al desfile, ajenos al hecho de que el Caballero de la Cigala sólo tenía libre la mano derecha, ya que llevaba sendas esposas en la mano izquierda y en los dos pies, amén de un cilicio en el muslo derecho, también exigencia del Caballero de la Barba.

Pero, al llegar a las escaleras del palacio, el Caballero de la Cigala se encontró con los Caballeros de Negro que le impedían el paso, y a pesar de que tanto él como el Caballero de la Barba sacaron sus espadas para luchar, fueron desarbolados y les pusieron a ambos nuevas esposas y les condujeron a los calabozos de palacio donde durante mucho tiempo tuvieron que pagar su rescate para poder recuperar el palacio.

Los súbditos, ahítos de una situación largamente sufrida, decidieron rebelarse contra la dictadura de los Caballeros de Negro, pero fueron ampliamente represaliados y perdieron casi todas las gabelas de las que habían disfrutado durante la gobernanza del Caballero de la Triste Figura. Una parte de ellos, de hecho, seguían añorando los años de vino y rosas en los que recibían todo tipo de bienes sin que tuvieran que luchar por ellos, como gracia especial del Caballero, con el fin de que no cuestionaran su liderazgo.

Y desde arriba, en una galaxia lejana, muy lejana, un ente supraterrenal observaba escéptico las escenas y sólo se decía a sí mismo: “qué espanto, no sé por qué los creé”.

Hay que ver lo que sueña uno por las noches. Yo antes no tenía pesadillas. No sé por qué de un tiempo a esta parte me pasa esto.