A veces lo importante en el efecto acaecido no es tanto el hecho mismo como la sensación que nos genera tal hecho, y así lo importante cuando nos entregamos a la reflexión es que la emoción que nos produce nuestra rutina, pues nadie escapa de tener que vivir con una, no nos haga sentir como al escarabajo pelotero lo hace vibrar la suya después de día tras día empujar la pelotilla de nauseabundo olor.
Y en aras de la consecución de una convivencia ideal, de la que más de uno saca extraordinarios beneficios cuando son otros muchos los que pagan la cuenta, hay establecida una obsesión por el control social, para el que se nos exige que haya por nuestra parte la aceptación y colaboración gustosa en el mantenimiento de un dinámica estructura aparentemente armoniosa con base en el cumplimiento de unas reglas, creadas también además para luego detectar, con el fin de corregir y en su caso sancionar, las desviaciones que se puedan producir.
Y cada vez me inclino más por considerar que la única natural regla del juego vital es el azar, lo que implica que todo puede pasar en cualquier momento con independencia de nuestras mejores o peores decisiones, esas que para bien o para mal conforman nuestra historia.
Y así cada uno de nosotros somos caprichosamente adjudicatarios de un universo propio y personal que no se puede etiquetar de “Cosmos”, por carecer de una magnitud constante y regular que nos sirva como seguro asidero de salvación, y por ello cabe siempre que nos sorprenda cualquier novedad que posibilite que en un momento dado nos invada por completo el caos y el desorden.
Una vez sorprendidos por ese desorden e invadidos por la confusión queda un último recurso de supervivencia que consiste en desagregar, localizar y focalizar para encontrar un sentido filosófico a la paradoja que habita en ese pequeño concreto anárquico paisaje integrado a su vez en una gran existencia general que a modo de controvertidos deseos rece: para la mayor, el de que dure todo lo posible; y para la menor, el de que todo termine cuanto antes.
Y así, para unos los del extremo bueno, a los que les vale como está todo, no hay necesidad de resolver la ecuación de efectos y orgullo, y para otros los del extremo malo, para los que nos les sirve ni siquiera las técnicas que permiten despejar la incógnita, nada en su pensamiento es permanente y estable, viven en ese lugar intermedio de conocimientos imprecisos y mutables. Y por ello en estos últimos se instala de forma constante la sensación de haber en todo tenido ya bastante.
Y no hay truco ni trato, porque el trato consiste en dar con el truco para chupar la yema sin fragmentar la cáscara del huevo. Aunque nada se mueva de su sitio, tras un vistazo para poder memorizarlo, nadie consigue bajar la montaña corriendo todo el rato con los ojos siempre cerrados sin padecer antes o después del consabido monumental trompazo. Para la inmensa mayoría en su realidad el orden es la excepción y la excepción es lo contrario a la norma, dada la generalidad que a esta se le exige para ser considerada como tal; y si la norma es el desorden cabe la inversión para encontrarnos que es el efecto quien explica la causa.
Y para más de uno, sobre todo para los que vinieron al mundo con, en lugar de un pan, una trampa bajo el brazo, al acercarse el final cuando su movilidad ya solo les permite poco más que pensar, solo les queda para afrontarlo con dignidad llenar esa necesidad de orgullo, que todos precisamos, con el recuerdo de las muchas dificultades a las que se hizo frente; todo ello con independencia de los efectos causados por el conjunto de las decisiones que la inesperada aparición de tales obstáculos hizo que en cada momento estas se tomaran.
Tampoco creo que lo aquí expuesto tenga una significativa trascendencia, ni siquiera alguna importancia, pues reflexionar consiste básicamente en perseguir el constante profundizar en el contenido de la mente usando para ello como única herramienta la propia mente, y es bien sabido que en tal caso, concreta y curiosamente en su ejecución cerebral, sin solución de continuidad opera la paradoja de Zenón, aquella en la que el veloz Aquiles nunca consigue alcanzar a la lenta tortuga con base, incluso con las diferentes velocidades de ambos, en el simultáneo permanente movimiento de las posiciones de ambos elementos, y obviamente por ello la certeza en el acierto del objetivo del entendimiento en toda su extensión de nuestra verdadera realidad nunca se alcanza.