Análisis y Opinión

El amor al prójimo y los derechos humanos

· Los dos mil últimos años de la humanidad han estado marcados por el cristianismo, el cual llegó al poder siendo declarado religión oficial del Imperio Romano, en el año 380, cuatro siglos después de Cristo, dando origen a lo que hoy calificamos de Era Cristiana

Enrique Sánchez Motos | Domingo 11 de enero de 2026

El cristianismo, en su expansión por el mundo, tuvo muchos errores por graves enfrentamientos internos, que fueron mucho más lejos que meras discusiones interpretativas pacíficas. Ya antes de llegar a ser religión oficial tuvo muchas divisiones en la parte Oriental del Mediterráneo. Se iniciaron en los años 60 con un grupo que creía que el retorno de Jesús era inminente, idea que luego, en torno al año 160; fue retomada por los montanistas. Un poco antes, en el 140, los marcionistas esgrimieron que el Dios del Antiguo Testamento y el del Nuevo eran antagónicos. Poco después, los docetistas, en el año 190, cuestionaron la existencia real de Jesús como persona física, aunque no su doctrina. Después aparecieron los arrianos que creían que Jesus no era Dios sino el Hijo de Dios, lo que dio lugar a una división que duró unos 300 años hasta que, en el Concilio de Toledo, en el 589, los visigodos españoles renunciaron a esa creencia.



También en el Occidente del Mediterráneo hubo divisiones entre el cristianismo. Así, en el 250, los novacianos, muy rigurosos, rechazaron que se perdonara a quienes durante las persecuciones habían renegado de la fe. En el año 350, los donatistas, dijeron lo mismo y además exigieron que solo los ministros eclesiásticos de vida intachable pudieran administrar los sacramentos. En el 400, los pelagianos opinaron que el hombre puede alcanzar la salvación por sí mismo mediante el uso de la razón y el libre albedrío, y que nacía sin mancha original y tendiendo naturalmente al bien. Por esa misma época, los priscilianos se escindieron por instar a la Iglesia a abandonar la opulencia y las riquezas y a volver a unirse con los pobres. Asimismo, propugnaban que se concediera una gran libertad e importancia a la mujer como participante activa en el templo.

En 1054 se dio una gran ruptura, el cisma entre el cristianismo Oriental (la iglesia ortodoxa) y el Occidental (la iglesia católica) por una cuestión teológica, la doctrina del “filioque”, sobre el Espíritu Santo que, según los ortodoxos procedía del Padre mientras que los católicos decían que procedía del Padre y del Hijo.

Posteriormente, en 1517, tuvo lugar otra gran división entre católicos y protestantes y, hoy, dentro de estos hay unas 300 denominaciones menores.

En muchos casos, las escisiones religiosas vinieron facilitadas, o impulsadas, por luchas de poder temporal, dentro de las propias Iglesias Cristianas y también por las rivalidades entre los emperadores y reyes de los distintos territorios, que constituían los imperios y las naciones cristianas de Europa y Oriente.

A pesar de todo ello la doctrina cristiana se extendió por América, África y Asia. De forma más o menos explícita, impregna la cultura de gran parte de la humanidad, tanto en la vertiente religiosa como en la civil. La Declaración Universal de Derechos Humanos (DUHU) de 1948, estuvo inspirada, en gran medida, por pensadores cristianos tales como la estadounidense Eleanor Roosevelt, que presidió la Comisión; el francés René Cassin, jurista de origen judío que perdió a gran parte de su familia en el Holocausto, y que es considerado el "arquitecto principal" del borrador; el libanés, Charles Malik, filósofo y diplomático ortodoxo; el francés Jacques Maritain, filósofo católico que aportó muchas ideas desde la UNESCO.

No obstante, la DUHU, no cita a Dios, pues se prefirió una Declaración que fuera más allá de la confesionalidad para conseguir la universalidad. Se centró en un principio general, “Ama al prójimo como a ti mismo”, que, con formulaciones similares, se encuentra en las grandes religiones del mundo: “Lo que es odioso para ti, no lo hagas a tu prójimo" (Judaísmo); "No lastimes a otros con lo que te causa dolor a ti mismo" (Budismo); "Ninguno de vosotros es un creyente hasta que desee para su hermano lo que desea para sí mismo" (Islam); “Lo que no desees para ti, no se lo hagas a los demás" (Confucianismo); “No hagas a otros lo que, si te lo hicieran a ti, te causaría dolor" (Hinduismo)”

Basándose en el principio de reciprocidad, la Asamblea General de Naciones Unidas hizo, en 1948, una declaración de derechos de los seres humanos. En su primer artículo señala que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. A este siguen otros 29 artículos que detallan de forma sencilla los diferentes derechos. Se inician con derechos relativos a defenderse ante el Estado que incluyen la igualdad ante la ley, a no ser detenido arbitrariamente, el derecho a un tribunal independiente, a la presunción de inocencia. Sigue después, sobre todo a partir del artículo 13, la afirmación de derechos personales, tales como el derecho a circular libremente por el país; a tener una nacionalidad; a casarse y formar una familia; a la propiedad; a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; a la libertad de opinión y de expresión; a la libertad de reunión y de asociación pacíficas; a participar en el gobierno de su país; a la libre elección de su trabajo; al descanso; a un nivel de vida adecuado; a la educación y a otros.

La DUHU no es un documento legalmente vinculante por sí mismo, pero sus principios han sido incorporados en tratados vinculantes, que los 193 Estados que constituyen las Naciones Unidas, han ratificado en al menos una de sus formas (por ejemplo, mediante el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de 1966).

Lamentablemente un gran número de esos 193 Estados firmantes incumplen el respeto a los derechos más básicos como por ejemplo los de libertad de pensamiento, de religión, de opinión, de reunión y de participación en el gobierno de su país, sin que exista ninguna institución mundial que tenga capacidad para dictaminar sobre los casos de incumplimiento y mucho menos de exigir que se respeten.

Esta penosa realidad hace que el Derecho Internacional quede muy limitado y que se concentre en temas externos, por ejemplo, comerciales o de transporte, y que deje arrinconada la promoción y defensa de los derechos humanos. Basta por ejemplo el hecho de que, en 2026, la Comisión de Derecho Internacional de la ONU dará prioridad a temas medioambientales como el aumento del nivel del mar, mientras que deja de lado el espinoso tema de los Derechos Humanos.

La situación es absurda. ¿Sería aceptable que en España o en cualquier país de la Unión Europea se diera prioridad al medio ambiente y se cerraran los ojos ante gravísimas violaciones de los derechos humanos que se detallan en la DUHU? Por ello resulta prioritario que las Naciones Unidas dediquen sus recursos a analizar la situación mundial de los derechos humanos, a educar en su aplicación y a reclamar su cumplimiento.

Es urgente que la sociedad humana dé prioridad a ese principio común de amar al prójimo como a uno mismo, que las grandes religiones comparten, y que ese sea el fundamento del Derecho Internacional. Si no se actúa en esa dirección se seguirá dando alas a un creciente nivel de conflicto mundial y de pérdida de esperanza. Hay que dejar de lado la hipocresía. Es totalmente contradictorio que se nos llene la boca hablando de derechos humanos y al mismo tiempo guardemos un silencio cómplice ante su flagrante incumplimiento. La casa de la Gran Familia Mundial se debe asentar sobre la roca firme del respeto de los derechos humanos, como manifestación del Amor al Prójimo. Unir fuerzas en torno a ese objetivo debería ser el eje estratégico de este Tercer Milenio que estamos comenzando.