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“Dos tronos, dos reinas”: cuando la historia y el teatro se llevan bien

· Por J. Nicolás Ferrando, director de Artelibro Editorial

Sábado 17 de enero de 2026

Acudir al Teatro Serrano, en pleno corazón del Barrio de Salamanca, supone entrar en un espacio donde la ciudad dialoga con su propia memoria. El edificio, de estilo neobarroco, fue en origen una iglesia jesuita reconvertida en escenario teatral, y aún conserva visibles elementos litúrgicos que cargan de significado cada representación. No es un lugar neutro: hasta su entorno llegó el coche del almirante Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno, tras el atentado perpetrado por ETA, un hecho que marcó de manera indeleble la historia reciente de España. Todo ello convierte este enclave urbano en un escenario simbólico donde pasado, política y representación se entrecruzan de forma inevitable.



En ese marco cargado de resonancias históricas se representa Dos tronos, dos reinas, una obra que imagina un encuentro ficticio entre Isabel I de Inglaterra y María Estuardo, dos figuras imprescindibles para comprender la historia británica y europea del siglo XVI. Dos mujeres poderosas, enfrentadas no solo por cuestiones dinásticas y religiosas, sino también por modelos de Estado, concepciones del poder y formas opuestas de entender la legitimidad política.

La firma de Pepe Cibrián en una obra es siempre garantía de buen teatro, y en esta ocasión vuelve a demostrarlo. El texto destaca por su notable respeto a la historia, sin caer en el academicismo, y por unos diálogos ágiles, ingeniosos y afilados, con una ironía constante y una dosis de humor que se agradece. Cibrián consigue convertir un conflicto histórico de enorme complejidad en un duelo verbal vibrante, comprensible y profundamente humano.

La obra contrapone con claridad las estrategias de ambas reinas. Mientras María Estuardo lo fía todo a la herencia, a la legitimidad dinástica y a su alianza con potencias católicas, confiando incluso en una Armada Invencible que nunca llegó a tocar las costas inglesas, Isabel Tudor reivindica su pacto —supuestamente virginal— con el pueblo. Un acuerdo simbólico que la presenta como reina sin consorte, entregada por completo a su nación. Sin embargo, la ironía histórica sobrevuela el escenario: ese pacto no puede evitar que el único hijo de María Estuardo termine gobernando Inglaterra tras la muerte de Isabel.

La puesta en escena es sobria y eficaz. Tres tronos presiden el escenario y condensan visualmente el conflicto político de la obra: el trono inglés, el escocés y el francés. Tres coronas, tres ámbitos de poder que condicionan el destino de las protagonistas y recuerdan al espectador que el enfrentamiento entre Isabel y María no es solo personal, sino profundamente europeo. El vestuario y la iluminación acompañan con acierto, transportando al público al siglo de William Shakespeare, una época marcada por intrigas palaciegas, conspiraciones, alianzas inestables y traiciones silenciosas.

El duelo actoral entre Nacho Guerreros y Nicolás Pérez Costa es uno de los grandes aciertos de la función. Interpretar personajes del otro género exige precisión, contención y una enorme inteligencia escénica para evitar la caricatura. Ambos actores lo logran con solvencia, construyendo dos reinas complejas, poderosas y frágiles a la vez, capaces de sostener la tensión dramática de principio a fin.

Dos tronos, dos reinas es, en definitiva, un magnífico ejemplo de cómo el teatro histórico puede ser riguroso sin ser árido y entretenido sin ser superficial. Una obra que demuestra que, cuando la historia y el teatro se llevan bien, el espectador no solo disfruta de un gran espectáculo, sino que sale del teatro con una mirada más crítica y enriquecida sobre el pasado y sus resonancias en el presente.