Sociedad

Mi querido amigo, Arrigo Arce

NECROLÓGICA

· Por J. Nicolás Ferrado, director de Artelibro Editorial

Martes 27 de enero de 2026

En nuestra vida hay personas que nos marcan de manera indefectible. Personas que aparecen en un momento concreto y, sin hacer ruido, se quedan para siempre. Una de ellas fue, sin duda, Arrigo Arce. Lo conocí al poco tiempo de llegar a Madrid, cuando aún todo era nuevo para mí y la ciudad se presentaba como un territorio por descubrir. Desde el primer momento, Arrigo me tendió la mano con una generosidad que no se olvida. Me ofreció su inigualable ayuda, su comprensión y algo todavía más valioso: su confianza.



Arrigo era de esas personas que siempre estaban dispuestas a ayudarte, a echarte una mano sin pedir nada a cambio. La solidaridad formaba parte natural de su carácter, como si no pudiera concebir la vida de otra manera. Tenía una bondad serena, sin aspavientos, que se manifestaba en los pequeños gestos cotidianos, en las palabras oportunas, en la paciencia con la que escuchaba a los demás. Con él, uno sentía que jamás estaba solo.

Compartimos momentos inolvidables en nuestro querido Barrio de Las Letras, ese lugar donde las historias parecen surgir en cada esquina. Allí paseamos, conversamos y vivimos instantes que guardo con especial cariño. Muchos de ellos tuvieron como escenario el Neyla, un espacio que fue mucho más que un bar: fue punto de encuentro, refugio y testigo silencioso de largas charlas, risas compartidas y complicidades que solo nacen entre amigos de verdad.

Siempre me reflejé en Arrigo, quizá porque él también había sido inmigrante. En su historia veía la mía, en sus esfuerzos reconocía los míos y en su manera de abrirse camino encontraba un ejemplo. Arrigo sabía lo que significaba empezar de nuevo en un país que no es el tuyo, aprender a moverte entre trámites, dudas y esperanzas. Por eso su ayuda no era solo práctica; era profundamente humana.

En lo personal, hay dos recuerdos que jamás voy a olvidar. El primero, el día en que me ayudó a hacer la fila para poder obtener la nacionalidad española. Aquella espera, larga y agotadora, se hizo más llevadera gracias a su compañía y a su apoyo. No fue un simple trámite administrativo: fue un paso decisivo en mi vida, y Arrigo estuvo allí, como tantas otras veces.

El segundo recuerdo tiene que ver con mi faceta profesional. Arrigo escribió un artículo para el primer libro de mi editorial, un gesto que siempre agradeceré. No solo aportó su talento y su criterio, sino también su respaldo en un momento clave, cuando todo estaba por construirse. Su implicación fue una muestra más de su generosidad y de su compromiso con los proyectos de quienes apreciaba.

Con el paso del tiempo, su cabeza brillante y perfecta dejó de funcionar como antes. Fue un proceso duro, injusto, difícil de aceptar. Pero nunca estuvo solo. María José, su compañera, lo cuidó con una dedicación admirable, con amor, paciencia y una entrega que merece todo el reconocimiento. Gracias a ella, Arrigo estuvo acompañado y protegido hasta el final de sus días.

Hoy solo puedo despedirme con gratitud y con emoción. Gracias, Arrigo, por tu amistad, por tu ejemplo y por tu humanidad. Que la tierra te sea leve, mi querido amigo. Tu recuerdo seguirá vivo en quienes tuvimos la suerte de compartir camino contigo.