Lo que hoy sufrimos —dependencia energética, fragilidad industrial, obediencia exterior— no es casualidad, sino consecuencia directa de renuncias políticas muy concretas. Hubo un tiempo en que España entendía que sin energía propia no hay nación libre, y que sin capacidad estratégica un país acaba siendo un mero territorio administrado por otros. Ese tiempo tuvo nombre propio: Proyecto Islero.
Y tuvo también un punto de inflexión simbólico: Palomares.
Hoy, mientras se cierran centrales nucleares eficientes para contentar dogmas ideológicos y se condena al país a vivir del viento o del sol, conviene recordar que España pudo elegir otro camino. Y que lo abandonó no por incapacidad, sino por presión exterior y por falta de coraje político en los que vinieron después.
España quiso ser soberana: Palomares, el Proyecto Islero y la renuncia a nuestro poder estratégico
España estuvo cerca de ser una nación plenamente soberana en lo energético, lo estratégico y lo militar. No es una exageración ni una ensoñación nostálgica. Es un hecho histórico deliberadamente ocultado por quienes jamás han creído en España como potencia.
El Proyecto Islero fue la prueba de que este país entendió algo esencial:
una nación que no controla su energía ni su defensa está condenada a obedecer.
Palomares: cuando España puso la cara por otros
En enero de 1966, el mundo asistió a un episodio que muchos prefieren olvidar: la caída de cuatro bombas nucleares estadounidenses en Palomares, tras el accidente de un bombardero B-52. Dos de ellas se rompieron al impactar, dispersando plutonio sobre campos y playas españolas.
Estados Unidos intentó minimizar el accidente. España asumió el coste político, sanitario y moral.
Para tranquilizar a la opinión pública —y proteger el equilibrio diplomático— el entonces ministro Manuel Fraga se bañó en la playa junto al embajador estadounidense. Aquella imagen, tantas veces caricaturizada, fue en realidad un acto de contención de daños geopolíticos.
Pero Palomares fue mucho más que un accidente. Fue una advertencia.
El Proyecto Islero: no depender, no suplicar, no arrodillarse
Mientras los focos apuntaban al plutonio enterrado, en despachos discretos se trabajaba en un proyecto de enorme trascendencia histórica: el Proyecto Islero.
España no buscaba la agresión. Buscaba disuasión, respeto y soberanía.
El proyecto tenía dos pilares claros:
Capacidad nuclear estratégica, para no ser chantajeables.
Desarrollo de la energía nuclear civil, garantizando independencia energética real.
El gran valedor de Islero fue el almirante Luis Carrero Blanco, un hombre que comprendió antes que nadie que el problema de España no era ideológico, sino estratégico.
Carrero sabía que el día después de Francisco Franco sería crítico. Y que sin herramientas de poder real, España sería empujada a la irrelevancia.
La presión exterior y la renuncia
España tenía técnicos, conocimiento y determinación. Lo que no tenía era libertad absoluta para desafiar a sus aliados.
Estados Unidos dejó claro que no consentiría una España con capacidad nuclear propia, ni siquiera bajo control nacional. El mensaje fue inequívoco: bases militares a cambio de renuncias estratégicas.
Franco, en un ejercicio de realismo político, optó por paralizar Islero para evitar un choque frontal. No fue cobardía; fue cálculo.
El problema vino después: nadie retomó el proyecto.
Carrero Blanco, que defendía mantener abierta esa posibilidad, se convirtió en un personaje incómodo. Demasiado incómodo para un contexto internacional que prefería una España obediente, previsible y limitada.
La política ficción empieza donde acaba la documentación, pero hay certezas incómodas:
una España soberana nunca fue del agrado de ciertos poderes.
De Islero al dogma verde: la nueva dependencia
España fue durante décadas energéticamente independiente. Hoy es prisionera de consignas.
El país que apostó por la nuclear cierra centrales rentables para entregarse a un modelo energético inestable, ideologizado y dependiente. Un país serio no puede vivir al ritmo del viento ni supeditar su industria al sol.
Eso no es ecologismo. Es suicidio estratégico.
Mientras otras potencias refuerzan su parque nuclear, España acepta convertirse en un país de servicios, turismo y sumisión energética. Exactamente lo contrario de lo que representaba Islero.
Lo que Islero simbolizó y lo que España perdió
El Proyecto Islero no fue una extravagancia militar. Fue una apuesta por la dignidad nacional. Una España con capacidad estratégica propia habría sido tratada de otra manera. No habría aceptado chantajes climáticos, ni imposiciones energéticas, ni tutelas extranjeras.
Islero representó:
Decidir sin pedir permiso.
Tener energía propia.
Ser respetados.
Renunciar a él fue el primer gran paso hacia la dependencia que hoy sufrimos.
Y mientras nos hablan de transiciones, agendas y resiliencias, conviene recordar una verdad elemental:
Las naciones que renuncian a su soberanía energética y estratégica dejan de ser naciones.
España pudo ser otra cosa.
Durante un tiempo, lo fue.