El petróleo no arruinó a Venezuela. La política sí. Esta afirmación, incómoda para muchos hoy en día, pero precisa, es el punto de partida para entender por qué un país que en 1950 era el cuarto más rico del mundo en términos de Producto Interior Bruto (PIB) per cápita -y, sin discusión, el más próspero de América Latina- terminó protagonizando una de las peores crisis económicas registradas en tiempos de paz.
Tal y como reza el popular dicho, las comparaciones son odiosas. La comparación con Noruega (otro país petrolero, si bien con un desenlace muy distinto) no es un ejercicio académico: es una acusación empírica el reflejo objetivo de los datos.
Hoy día, el contraste es casi obsceno. Según estimaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), el PIB de Venezuela se contrajo más de 75 % entre 2013 y 2021. El actual ingreso per cápita es una fracción del que tuvo hace medio siglo. Sin embargo, el país conserva las mayores reservas probadas de petróleo del mundo: más de 300.000 millones de barriles. El problema, otra vez, no está bajo tierra.
Noruega representa quizás el caso más exitoso de gestión de recursos naturales de los siglos XX y XXI, y el espejo más claro de lo que otras economías petroleras podrían haber sido. A finales de la década de 1970, cuando se descubrió petróleo en el Mar del Norte, el país escandinavo era una economía relativamente modesta, con un PIB per cápita incluso inferior al de Venezuela en ese mismo período. Pero, lejos de caer en un festín de gasto, Noruega optó por construir una arquitectura económica diseñada explícitamente para no depender del petróleo.
El pilar central de ese modelo es el Government Pension Fund Global, creado en los años noventa. Este fondo soberano invierte la mayor parte de los ingresos petroleros fuera del país y hoy administra activos superiores a 1,8 billones de dólares, una cifra cercana a cuatro veces el PIB noruego.
La regla fiscal es estricta y transparente: el Estado solo puede gastar, en promedio, el 3 % del valor del fondo, correspondiente a su rendimiento real esperado. El capital se preserva intacto para las generaciones futuras.
Gracias a esta disciplina, Noruega logró transformar la renta petrolera en capital financiero global, proteger su economía de la volatilidad energética y diversificar sus fuentes de crecimiento.
Aquí estimados lectores les dejo algunos datos de la actual economía Noruega:
- El petróleo representa menos del 20 % del PIB.
En términos prácticos, cada ciudadano noruego posee un patrimonio financiero superior a 300.000 dólares respaldado por el fondo. La lección central es clara: el petróleo no fue tratado como una caja del poder político, sino como un activo inter-generacional, gestionado con reglas, visión de largo plazo y una profunda conciencia institucional.
Venezuela recorrió un camino opuesto al de Noruega. El país recibió cientos de miles de millones de dólares en ingresos petroleros. En lugar de ahorrar, diversificar o fortalecer instituciones, el chavismo profundizó la economía de la renta y convirtió el petróleo en un instrumento directo de poder político.
Desde 1999, el petróleo dejó de ser un recurso económico y pasó a formar parte del presupuesto estatal sin reglas fiscales, sin anclas macroeconómicas y sin transparencia. El gasto público se expandió de manera procíclica, sin acumular ahorros significativos ni crear un mecanismo de estabilidad.
He aquí, los datos de la economía venezolana en ese periodo (como dije anteriormente las comparaciones son odiosas):
- El gasto público pasó de alrededor del 28 % del PIBen los años noventa a más del 40 % durante el auge chavista.
En resumen, el Estado gastaba sin respaldo productivo y el Banco Central terminó financiando déficits con emisión monetaria, todo un clásico, caso de dominancia fiscal.
La politización de la renta tuvo su epicentro en la compañía PDVSA. A comienzos de la década de 2000, la empresa producía más de 3 millones de barriles diarios. Hoy, incluso con cierta recuperación reciente, apenas ronda el millón de barriles diarios.
La caída no fue geológica, sino institucional:
- Se desvió inversión hacia gasto social y fines políticos.
Mientras Noruega blindó a Equinor (Fundada como Statoil, empresa cuya propiedad mayoritaria es del Estado noruego) con estándares de gobierno corporativo, autonomía técnica y gestión profesional, el chavismo convirtió a PDVSA en un ministerio paralelo sin controles.
El colapso fiscal derivó en una de las hiperinflaciones más severas del mundo contemporáneo. La emisión monetaria sustituyó al financiamiento legítimo, pulverizando salarios, ahorro y precios relativos. El daño fue triple:
- Destruccióndel sistema de precios.
La hiperinflación acumulada superó el millón por ciento en su peor momento. El salario real se pulverizó, el crédito desapareció y el ahorro se volvió imposible.
La consecuencia más dramática, más de 7 millones de venezolanos emigraron, llevando consigo capital humano clave.
Noruega demuestra que el petróleo puede convertirse en capital financiero intergeneracional. Venezuela demuestra que puede convertirse en un pasivo macroeconómico cuando se lo subordina al poder.
En 1950, Venezuela era rica. En el siglo XXI, Noruega decidió no dejar de serlo. La diferencia no fue el precio del crudo ni la geología: fue la política económica.
Mientras el chavismo siga concibiendo la renta petrolera como un instrumento de control y no como un activo que exige disciplina, no habrá recuperación sostenible, solo rebotes temporales.
La lección es brutal, pero clara: sin instituciones, el petróleo no salva; condena.