Siempre todo comenzaba con el mismo ritual; con su renquear llegaba despacio y al descuido, sujetando en la mano izquierda, en la que le faltaban las dos últimas falanges del dedo corazón, un cigarrillo de picadura y a cualquiera de los allí reunidos con tono intimidatorio le decía: “Si no sabe cómo hacer hoy su buena acción del día, rásquese el bolsillo e invíteme a una copa.”
A lo que el interpelado, conocedor del código allí imperante, respetando la costumbre, contestaba: “¿Qué tiene eso de bueno?”
Y él replicaba: “Para ti nada, por eso precisamente por tu parte sería a todas luces y de verdad una desinteresada y real buena acción.”
Aparentaba practicar como modo de vida aquello de “consejos vendo que para mí no tengo”; era la viva estampa personificada de la paradoja de Salomón, esa que describe la incapacidad de aplicar la propia sabiduría a la vida propia. En otras palabras, cumplía a la perfección con todos los rasgos característicos de los que son expertos en aconsejar a otros, pero no en gestionarse a sí mismos. Y ninguno de nosotros le imputaba hipocresía alguna en ello.
Sin complejos, él contaba orgulloso que, porque su suerte así lo había querido, había sido alumbrado en la más profunda estancia de una etnia no exenta de su particular gracia, pero que por su fama de aversión al esfuerzo había sido condenada históricamente a ser rechazada de manera equivocada, y aunque no era lo que ponía exactamente en su partida de nacimiento, allí todos le conocíamos por Don Segundo.
Por razones que no vienen al caso, la casualidad quiso que se viera obligado a desvelarme su verdadera identidad, pero por la silente promesa que hice, aunque seguramente ya habrá fallecido, jamás la haré pública.
Sí contaré que nada más dármela a conocer, con sorprendente fuerza, cogiéndome del brazo con su “cuatridígita” mano, me dijo: "Prefiero morir matando al penal”. Con mirarnos fijamente a los ojos nos entendimos a la perfección porque, como nos dijo a la sazón un día, el hombre de corazón y de prendas de carácter no necesita hablar para ser comprendido por otro hombre.
Se contaba que así fue rebautizado [Don Segundo] por los integrantes de aquel curioso zoológico de fauna humana, porque repartía con generosidad consejos de un saber que había obtenido a fuerza de no habérselos sabido aplicar y por tanto de mucho fallar. Algo que nunca escondía.
Cuando terminaba, él establecía siempre su acabar, mirando a los ojos de uno cualquiera de los presentes, como si allí no hubiese nadie más, con dedo admonitorio le advertía: “Recuerda chaval, que hay exigencias que no admiten segunda oportunidad.” Y luego, dándose la vuelta, añadía: “Hasta aquí la introducción, para mañana la sinfonía.”
Se le notaba que era hombre de corazón endurecido por la escasa presencia de la suerte, una más bien esquiva que en su vida no debió ser tan constante como el dolor. No parecía andar sobrado de amigos, aunque para aquel que marcara como tal seguro que no economizaba a la hora de compartir tragos amargos.
Y en aquellas largas tardes de principios de verano, cuando empezaba a ponerse el sol, sentados a la fresca a su alrededor, con todavía algún resto de nieve contemplándonos desde los picos más altos de las montañas pirenaicas, tras la satisfacción del deber diario cumplido mientras despedíamos la jornada finalizada, aquel grupo de hombres cansados dejaba que “Don Segundo”, con su habitual copa de vino peleón en la mano, amenizara la espera de la cena. Y con su entretenida plática nos transmitía:
Hay ciegos con ojos funcionales que sencillamente no ven lo evidente y entre ellos se encuentran los patéticos, y es entre estos donde puedes encontrar el paradigma de algunos de los peores invidentes, que es aquel que no quiere ver su propia ceguera.
Las continuas necesidades con su inevitable permanencia impiden al hombre que jamás pueda dejar de moverse, y hay más de uno que cuando con su propia acción por insuficiente no consigue satisfacerlas, no se le ocurre otra cosa que levantar la vista al cielo en solicitud y reclamo de obtener para sí mismo toda la atención del más allá de las estrellas. ¿Cabe, tras no haberlo conseguido, mayor manifestación de ego? Claro que él, en su descargo por comodidad, alegará que es cosa propia de las creencias.
Solo el cincuenta por ciento de los depredadores que persiguen a su presa consiguen alcanzarla; en cambio, el cien por cien de los que la alcanzan primero la han perseguido. Toma con responsabilidad todo desde su principio si quieres que tus fabulaciones consigan un real objetivo.
Porque para que algunas cosas salgan bien, la mayoría de las veces es preciso que con anterioridad muchas otras se vayan al diablo. Es día de placer aquel donde ha concluido tu penar. En su lenta fuga, la carencia al menos con ella siempre se lleva y un poco nos libera del tufillo a difunto.
Cuando la suerte se te dio la vuelta, no pienses enseguida que debiste nacer bajo algún signo fatal; repasa mentalmente el plan y verás que probablemente será porque te adelantaste a comprar sin que nadie te vendiera.
Estate siempre en el presente; recuerda que para la mayoría la pregunta: ¿Qué tienes pensado hacer? Solo tiene una válida respuesta: ahora tengo que vivir, después veremos.
Para aquellos a los que la necesidad les pone cara de hereje las desgracias nunca vienen solas, básicamente por no traicionar la obligada relación que guarda todo perro flaco con las pulgas. Lo bueno del dolor es que llegado un punto, gota más o gota menos, el efecto del veneno viene a ser el mismo y, lo que es mejor, lo amargo ya no aumenta.
Si te da miedo, no bebas ni te metas otras sustancias para hacerlo, y así mañana nadie podrá acusarte de haberlo hecho ebrio porque te faltaron entrañas para hacerlo fresco. Te fastidias, aguantas y tú solo lo vences.
Si causaste el perjuicio, sufre el daño; en tal ocasión tu lamento es vano, llegado el caso toca arrimar el hombro y hacer espalda ancha.
Con ironía nos decía de aquel que con recelo le miraba, que el desconfiado sin causa mostraba la expresión de la estulticia que caracteriza el semblante de un microcéfalo.
No te preocupes en demasía, haz caso omiso al parecer de los demás, pues hay situaciones en esta vida que no está legitimado para enjuiciar el que no ha pasado por ellas; y por encima de todo, conservar las ganas de seguir sonriendo es la mejor prueba entre las posibles de que todavía conservas energía de sobra para que merezca la pena respirar.
Y aunque parezca mentira, lo mejor de seguir inhalando y exhalando día tras día es que se irán inevitablemente acumulando dolores y heridas que finalmente solo eliminará una muerte que no ofrece segunda oportunidad; para Don Segundo, según decía, la única verdad de la vida.
Una tarde, la última vez que supe de él, con un hasta entonces ocultado recto andar, lo vimos pasar sin pararse; en silencio nos regaló una sonrisa sardónica y se limitó a saludar levantando la mano que habitualmente guardaba en el bolsillo, la de los cinco dedos completos; iba bien escoltado por otros dos, uno a cada lado, buen conjunto hacía semejante trío para un lienzo al lucir pinta de no conocer el remedio que les permitiera dejar de ser unos auténticos patibularios.