Salía a la palestra para entonar el ‘mea culpa’ o, acaso, reconocerlo sin ambages y con dolor, el que conlleva la pérdida de tiempo y de dinero. El CEO de Mercedes, Ola Källenius aseguraba estos días que “la demanda de coches eléctricos no es ni de lejos tan alta como creían los políticos” y les acusaba abiertamente de haber intentado imponer lo que no está cuajando. Y es una lástima, y sin duda sorprendente, que ejecutivos del sector privado de tanto peso hayan llegado hasta esta penosa situación tras dejarse llevar del ronzal por la casta parasitaria principalmente europea. Tras sucumbir con estrépito.
La mayoría de marcas automovilísticas firmaban ya la desaparición de sus motores de gasolina en favor de los coches eléctricos puros, pero todo ha sido en gran medida una farsa, porque el mercado está dictando sentencia y la realidad es tozuda, se ha impuesto sobre las ensoñaciones y la ingeniería social de baratillo: el engañabobos de toda la vida.
En la misma línea que directivos de otras grandes marcas deportivas y de lujo, legendarias como Porsche, Källenius apostillaba que "dictar lo que los consumidores deben pensar y querer en determinados momentos no generará crecimiento, sino que reducirá el mercado”. Y es así.
Por desgracia, durante años las más prestigiosas firmas alemanas se han prestado, en un ejercicio insólito y permanente de papanatismo, a vender el coche eléctrico como si fuese el nuevo santo grial de la movilidad. Se articulaban discursos grandilocuentes sobre la descarbonización total y sobre el futuro verde. Un incomprensible glamour ‘de pitiminí’ que ha traído lo que se sabía: ventas muy por debajo de lo esperado, márgenes erosionados y clientes que, sencillamente, no están dispuestos a pagar más por algo que ofrece menos autonomía, más incertidumbre y una depreciación acelerada. Un fiasco redondo.
En el fondo, para más inri, no yace una cuestión tecnológica que tenga que ver con los avances de la industria sino que hay pura ideología. Dicho en otras palabras, la electrificación atolondrada, aborregada, masiva, no nació de la demanda natural del comprador, sino de una presión regulatoria creciente, impulsada por la narrativa climática y bendecida por la Agenda 2030 como dogma incuestionable, hoy amoratada por donde se la mire.
Y así, las marcas premium, que han construido su excelencia sobre motores de combustión refinados durante décadas, han terminado en el hoyo, justamente por lanzarse a esa alocada carrera consistente en cumplir los intocables objetivos de la casta, por supuesto dejando en la cuneta a sus clientes tradicionales.
Cuesta creer cómo auténticos imperios han hecho agua ante esta estafa, pero el hecho de que hayan quedado ‘tocados’ es tan incontestable como que ahora mismo intentan malamente volver a ponerse en pie y redefinir sus planes comerciales. Como pueden, claro.
La sostenibilidad, en éste y otros campos (no en todos, ¡cuidado!) es un enano con pies de barro y ese coche eléctrico, vendido falsariamente como símbolo de progreso moral, se ha convertido en mucho más que una apuesta arriesgada: un juguete roto.
No. Todavía hay legiones de ciudadanos, de oeste a este, a lo largo y ancho de la vieja Europa, que más allá de los mantras de la decadente agenda globalista creen y defienden que comprar algo tan serio como un vehículo familiar o profesional no puede obedecer a unos cerriles postulados ‘ecolojetas’ o a consignas repetidas en modo papagayo, sino que tiene que ver, definitivamente y mucho más, con el deseo, con las prestaciones, con la calidad, con la confianza… y con la seguridad. ¡Hay esperanza!