Cultura: el Jardín de Atenea

Manuel de Falla eterno

· Por J. Nicolás Ferrando, director de Artelibro Editorial

Domingo 01 de marzo de 2026

Hace apenas dos semanas evocaba, desde la serenidad de la Casa Museo de Alta Gracia, los últimos días de Manuel de Falla en Argentina: su exilio, su enfermedad, la negativa firme a poner su talento al servicio del franquismo y la sombra imborrable del asesinato de Federico García Lorca. Aquella visita me permitió comprender al hombre vulnerable, frágil en su salud pero inquebrantable en sus convicciones, del que seguramente escribiré con mayor detenimiento en el futuro. Hoy, sin embargo, deseo regresar al músico eterno, al creador cuya obra desborda cualquier circunstancia histórica.



Antes del silencio de Alta Gracia, antes de la tuberculosis y de las presiones políticas, hubo un Falla luminoso, creativo, profundamente moderno y, al mismo tiempo, enraizado en la tradición española. Hubo un compositor que, tras su estancia en París, regresó a España con una madurez artística que cambiaría para siempre nuestra música. No fue un regreso físico únicamente; fue una vuelta intelectual y espiritual, cargada de síntesis y de conciencia estética.

En la capital francesa entró en contacto con las corrientes impresionistas y con figuras como Claude Debussy y Maurice Ravel, que supieron reconocer en él una voz singular. París no lo desarraigó: lo afinó. Allí comprendió que la modernidad no consistía en romper con lo propio, sino en elevarlo. Aprendió a depurar el sonido, a sugerir más que a declarar, a trabajar el color orquestal con una delicadeza que no traicionaba la raíz española, sino que la proyectaba con mayor fuerza.

Ese regreso a España marcaría un antes y un después. Fue entonces cuando, en colaboración con María Lejárraga y Gregorio Martínez Sierra, dio forma a una de las obras más universales de nuestro repertorio: El amor brujo. En ella, el cante jondo, el misterio y la pasión andaluza se fundieron con una arquitectura musical rigurosa y moderna. No era folclore; era arte mayor. Falla no copiaba el pueblo: lo transfiguraba. Convertía el lamento en estructura, el ritmo en pensamiento, la emoción en equilibrio.

Aquella etapa lo encumbró definitivamente. Obras como Noches en los jardines de España, con su atmósfera evocadora y su refinado tratamiento pianístico, o más tarde El sombrero de tres picos, que conquistó los escenarios europeos, confirmaron que España tenía, por fin, un compositor capaz de dialogar de tú a tú con Europa sin perder su acento. Falla logró algo excepcional: universalizar lo local sin diluirlo.

Pero su grandeza no radica solo en la excelencia técnica o en el reconocimiento internacional. El Falla eterno es también el artista que entendió la música como una forma de espiritualidad. Su progresivo recogimiento en Granada, su búsqueda de pureza, su obsesión por la perfección formal hablan de un creador que aspiraba a lo esencial. Cada compás debía justificarse; cada silencio tenía un sentido.

Esa dimensión espiritual la volví a percibir en Córdoba, ante el monumento erigido en su honor en el Parque Sarmiento. El conjunto escultórico, inaugurado el 28 de mayo de 1955, fue el primer homenaje de este tipo que se le dedicó en el mundo. Allí, el músico aparece despojado de ornamentos superfluos, elevado por su obra más allá de cualquier circunstancia política o geográfica.

Escribe con acierto el historiador Carlos A. Page que “Falla se encuentra sin la ropa usual, pues el escultor lo eleva ante su destacada labor por encima de toda circunstancia de lugar y tiempo. Sólo un manto cubre su cuerpo desnudo cuyos pliegues acentúan la expresión de serenidad y paz que siempre anheló. Apoya débilmente la cabeza sobre una mano, mientras la otra la abandona sobre su muslo en una actitud de ensimismamiento como si atendiera a los infinitos sonidos que le rodean, como la brisa, el agua, los pájaros, el murmullo de la gente”.

Esa imagen resume, quizá mejor que cualquier biografía, la esencia del compositor. Un hombre atento al rumor del mundo, pero filtrándolo siempre a través de una conciencia artística exigente y pura. Un creador que sufrió el desarraigo, que perdió amigos, que resistió presiones, pero que jamás traicionó su idea de la música.

Quizá por eso, cuando uno abandona Córdoba o Alta Gracia, no siente que se aleja de él. Al contrario: comprende que Manuel de Falla no pertenece a un lugar concreto ni a un tiempo cerrado. Pertenece a la memoria viva de España y a la conciencia musical del mundo. Su obra sigue sonando —limpia, austera, intensa— como si aún estuviera escuchando, en silencio, los infinitos sonidos que lo rodean.