La política española ha sufrido un efecto "espejo loco". Imaginen a la plana mayor de la derecha descubriendo su faceta más hippie-chic, mientras que el Gobierno actual despierta con unas ganas locas de privatizar hasta el aire que respiramos y defender la propiedad privada con un mazo en la mano.
Aquí va la crónica de este delirante "mundo al revés"
El drama de Galapagar: "¡Que viene el tope!"
La escena es dantesca, casi de película de Berlanga. Pablo e Irene, ahora convertidos en los adalides del libre mercado y la inversión inmobiliaria extrema, se encuentran atrapados en su propia red. La verdad es que resulta tierno ver a Pablo, con un polo de marca y la coleta más engominada que nunca, quejándose de que no puede subirle el alquiler a sus inquilinos porque el límite de precios que él mismo ideó le está asfixiando el flujo de caja.
"Es una injusticia flagrante contra los emprendedores del ladrillo como yo", clama Irene mientras intenta entender por qué no puede desahuciar a un okupa que se ha instalado en su bodega de crianza.
Y es que, amigos, la ironía es un plato que se sirve con el alquiler congelado y la hipoteca subiendo por el Euríbor.
Pedro y el calvario del autónomo
Por otro lado, tenemos a Pedro. Imagínenlo: ya no es el presidente del avión 24/7, sino un humilde autónomo societario que intenta levantar una consultoría de "Posados, Estilo y Resiliencia". El pobre Pedro está descubriendo, con una mezcla de horror y fascinación, lo que es la cuota de autónomos.
Se le ve visiblemente emocionado (casi al borde de la lágrima) cada vez que le llega una notificación de la Seguridad Social al móvil a las ocho de la mañana. "La verdad es que esto de ser el motor de la economía se parece mucho a ser el felpudo de la Agencia Tributaria", confiesa mientras rellena el modelo 303 con un temblor en el pulso que ni en sus peores debates. El primer palo ha sido épico: tras pagar IVA, IRPF y la cuota, le queda para un café y, si se estira mucho, un pincho de tortilla sin cebolla.
Yolanda, entre el SMI y la cuenta de resultados
Nuestra queridísima Yolanda, ahora una empresaria textil de las que no perdonan un céntimo de margen está al borde de un ataque de nervios. Se la ha visto en una cafetería de la Castellana, calculadora en mano, intentando cuadrar las cuentas tras la "santísima subida de impuestos".
"Cariño, es que, con estos costes laborales y esta presión fiscal, no me sale a cuenta ni fabricar calcetines", le comenta a una Isabel que, curiosamente, ahora va con rastas, viste de lino y propone nacionalizar todas las terrazas de Madrid para convertirlas en huertos urbanos comunitarios de gestión asamblearia.
El resumen de este "embolado" surrealista
Si echamos un vistazo al panorama, la situación es para echarse a reír por no llorar. Por un lado, tenemos a un Sánchez que vive como un autónomo desesperado al que la cuota le quita hasta el sueño de belleza. Por otro, a un Iglesias transformado en rentista indignado porque el tope del alquiler le va a arruinar las vacaciones en las Seychelles.
Incluso Yolanda ha mutado en una CEO agresiva que siente que los impuestos le van a obligar a vender hasta el cortafiambres de la oficina. Y no nos olvidemos de Santiago, que ahora es un sindicalista de barricada que pide la expropiación inmediata de los cotos de caza para dárselos "al pueblo".
La verdad es que ver a los que crearon el laberinto intentando salir de él sin que se les mueva el flequillo es el mejor entretenimiento para un domingo de resaca política. Al final, parece que la única ley universal que se cumple en España, sea cual sea el bando, es que si algo puede salirte caro, Hacienda se encargará de que lo sea todavía más.