Análisis y Opinión

¿No hay Justicia para los 7.000 del volcán de La Palma?

CARTA DEL PRESIDENTE

· Por Alfonso Merlos, Presidente del Grupo "El Mundo Financiero"

Alfonso Merlos | Domingo 08 de marzo de 2026

El tiempo vuela, la memoria es débil y la justicia se imparte con una parsimonia, en demasiadas ocasiones, no inadmisible sino directamente lesiva, revictimizando a quienes arrastran padecimientos por causas ajenas a las de su propia voluntad. Van para cinco los años que pasan desde la erupción del volcán Tajogaite, en la isla de La Palma, municipio de El Paso, que se detuvo tras casi tres meses de actividad luego de dejar terribles destrozos y estragos afectando a más de siete mil habitantes; y una mirada a la ‘zona cero’ puede resumirse en una sola palabra: precariedad o, en otras palabras, abandono parcial de quienes siguen necesitando ayuda.



Cientos de afectados siguen viviendo en barracones metálicos y, así, no sorprende que estos días hayan calificado su propia situación de “humillante”, con una reconstrucción real que está recayendo en gran medida en los propios damnificados: son ellos los que han levantado, por iniciativa propia, sus propias casas, más mal que bien habitables.

Aún más lacerante. Otro de los principales focos de preocupación es que hay 250 millones de euros en ayudas, sobre el papel, que no han sido repartidos aún. ¡Cinco años después! Esto, con todavía 12 kilómetros de exclusión en los que hay gente viviendo sin siquiera certificado de habitabilidad; y (lo que debería ser causa de bochorno generalizado), con las víctimas de aquel desastre, más de 200 todavía recibiendo ayuda psicológica

El tiempo pasa, pero la desidia institucional permanece como una cicatriz abierta en La Palma. Las cámaras se fueron, las promesas parcialmente se diluyeron en discursos vacíos. Sólo se pide rapidez, soluciones y respeto, dignidad.

No. Lo ocurrido no fue solo una tragedia natural: es el retrato de una casta política (¡ay España!) que llega rauda para fotografiarse entre cenizas pero que es incapaz de empujar para recomponer vidas y familias con la misma diligencia.

El abandono prolongado de quienes perdieron hasta la camisa (y no metafóricamente) no es solo una negligencia: es una vergüenza pública y democrática que debería sonrojar a cualquier responsable con conciencia. Cuando el polvo volcánico se asienta casi cinco años después y las ayudas no terminan de llegar, lo que queda al descubierto no es la lava, sino la condenable indiferencia del poder ¡Tempus fugit!