Exterior

Ayatolá DEP, ¿jaque mate a Irán?

Mojtaba Jameneí, hijo del asesinado Alí Jamenei, es el nuevo heredero del ayatolá y líder supremo de Irán.

ASESINATO ESTRATÉGICO

· El asesinato estratégico de Jamenei inaugura una nueva era pero sin lograr el cierre de la anterior. La estabilidad de Irán y el equilibrio regional dependerán del resultado de una transición intricada y al mismo tiempo decisiva

Luca Pollipoli | Lunes 09 de marzo de 2026

El anuncio de la muerte de la autoridad religiosa chiita – primicia informativa de Israel que afirmó tener pruebas de su eliminación desde la mañana del 28 de febrero y luego corroborado por el mandatario estadounidense Donald Trump – marca un punto de inflexión en los equilibrios de Oriente Próximo y en la historia del régimen teocrático. La noticia llegó a últimas horas de una jornada marcada por una ofensiva aérea tan eficaz como despiadada que golpeó objetivos estratégicos del territorio persa y finalizó con el derrumbe del complejo residencial y el magnicidio de la familia del ayatolá y de sus colaboradores más estrechos.



En las horas posteriores al bombardeo las autoridades iraníes jugaron al despiste informando de que Jamenei había sido trasladado a un lugar seguro. Maniobra que facultaba adoptar una estrategia de contención de daños y postergaba lo inevitable, reconocer la desaparición del líder supremo. Washington reivindicó la necesariedad de la operación para finiquitar las ambiciones nucleares de Teherán y Tel Aviv utilizó la expresión “acción preventiva” para excusar el ataque. Un despliegue militar que abre una fase de máxima incertidumbre y que coloca al régimen entre la espada y la pared. Quedan en entredicho los equilibrios de poder interno y es impensable que Israel y EE.UU. hayan atacado sin contar con el apoyo y la colaboración de franjas organizadas que ambicionan derrocar a los clérigos y transformar el país.

Jamenei, que antes de ser nombrado rahbar (líder supremo, NdA) presidió la República Islámica desde 1981 hasta 1989, sucedió a una figura tan carismática como la de Ruhollah Jomeini habiéndole asesorado durante los momentos candentes de la revolución. Sin embargo, lo que parecía un relevo natural entre dos figuras de máximo prestigio fue, en realidad, la culminación de una lucha de poder latente dentro de la clerecía chiita y, al mismo tiempo, el inicio de una restauración nacional. Como explica el académico Abbas Amanat en su aclamado libro Iran: A Modern History, el destronamiento en 1989 de Hossein Ali Montazeri indicado como sucesor natural de Jomeini – fue purgado por criticar las medidas represivas adoptadas en los ochenta – abrió la puertas del establishment nacional a una figura que inicialmente se valoraba como débil y controlable.

La denominada Asamblea de los Expertos, bajo la presión del futuro presidente Akbar Hashemi Rafsanjani, procedió a nombrar a Jamenei máxima guía religiosa a pesar de no poseer el rango y la experiencia tradicionalmente requeridos. El manipulado ascenso fue recibido con hostilidad por parte de un sector del clero que lo reputaba incompetente y no apto para dirigir la República Islámica. Una falta de legitimidad que se hizo patente cuándo se llevó a cabo una revisión constitucional ad hoc para sanar las lagunas. Su elección siguió siendo objeto de controversia también después de que entrara en vigor una enmienda más política que religiosa y Jamenei tuvo que lidiar con las críticas soterradas de muchos chiitas. Algunos de los clérigos le ridiculizaban llamándole “el ayatolá de una noche”, en alusión a su repentino y cuestionado ascenso y la falta de ortodoxia del procedimiento.

Jamenei entendió que la legitimación y consolidación de su poder dependían de su habilidad para edificar un complejo sistema de alianzas que Riccardo Redaelli, docente de la Universidad Católica del Sagrado Corazón de Milan, define como “el Estado profundo iraní”. A cambio de su reconocimiento como máxima autoridad religiosa, el ayatolá otorgó influencia a otros actores facultando el acceso a los recursos iraníes. De tal manera vieron la luz nuevos centros de poder que llegaron ejercer un monopolio sobre la vida política y económica. Sin lugar a duda entre los grandes privilegiados cabe mencionar al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), que detiene una enorme ascendencia a nivel gubernamental e institucional.

A lo largo de sus treinta y seis años como líder, Jamenei logró moldear progresivamente el sistema de poder de Irán a su imagen y semejanza. Intervino favoreciendo o marginando corrientes políticas basándose en su agenda y necesidades personales. La parte más siniestra de la tiranía religiosa han sido las constantes represiones de las disidencias y de aquellos sectores progresistas que reclamaban avances y una repartición de los bienes más ecuánime. Jamenei estaba obsesionado con frenar cualquier apertura hacia occidente, temeroso de que acelerarían el declive de la República Islámica como aconteció en la Unión Soviética tras la perestroika de Gorbachov. Además, maniobró para debilitar la figura institucional del presidente, el único que podría haber de alguna manera ejercido de contrapeso.

De tal manera puso en entredicho el sistema de check and balance que el mismo Jomeini validó con el derrocamiento del sah en 1979 garantizando una coexistencia entre soberanía popular y autoridad religiosa. El historiador Arash Azizi en la revista Foreign Policy (véase contenido al enlace https://shorturl.at/q6gPt) hacía hincapié en la ambivalencia y capacidad de adaptación de Jamenei, “un revolucionario devoto y poeta bohemio en la década de los setenta” que “nunca supo adaptarse a los tiempos y utilizó todo un país con el objetivo de mantenerse en el poder”. Facetas similares a otros gobernantes europeos y del continente americano.

Incurriríamos en una simplificación al relacionar la muerte del ayatolá con un cambio draconiano del régimen iraní. La situación es bastante más compleja y resulta aventurado pensar que su fallecimiento posibilitará el gobierno de alguien ajeno a los mecanismos establecidos. El nombramiento de Ali Rerza Arafi como líder interino es un claro aviso a navegantes. El clérigo y jurista de 66 años se formó bajo el ala protectora de Jamenei y su ascenso representa una apuesta por la continuidad. Si bien una transición democrática no puede descartarse a priori, resulta inverosímil que el pueblo tenga la capacidad y los medios para derrocar al sistema. El simplismo y la ignorancia de Donald Trump, que responsabilizará a los iraníes de todo fracaso, no pueden sentar catedra. Como bien argumentaba Ilya Tupper en El Confidencial, “pensar que con la muerte de Jamenei se resuelve el problema y la población no corre el riesgo de ser masacrada por policía y pasdarán es ignorar la propia ignorancia” (véase artículo al enlace https://shorturl.at/G5er3).

Es más probable que cualquier transición sea monitorizada por el poder actual, con la CGRI en primera línea. Las opciones para el futuro de la República Islámica son múltiples, pero casi todas presuponen una transformación del sistema más que una disrupción radical de la estructura del gobierno.

Irán es un país con un potencial enorme limitado por una dictadura religiosa que ha durado 47 años. Su ambición de convertirse en una potencia alternativa capaz de rivalizar con Occidente y de controlar Yemen, Siria, Líbano y Gaza ha fracasado. El ataque norteamericano e israelí ha mermado considerablemente su arsenal bélico, aunque siga disponiendo de un importante abanico de misiles y cohetes que pueden alcanzar territorios ubicados a dos mil kilómetros de distancia como la isla de Chipre o países del centro de Europa. Sin embargo, pensar que cederá el paso a un sistema democrático es mera ilusión. Tampoco cabe descartarse que el lugar de Jamenei sea ocupado por un general que sobrevivió al ataque del 27 de febrero. Trump sólo persigue un objetivo, su beneficio personal. Que se lo pregunten a una tal María Corina Machado, humillada y totalmente abandonada.