El periodismo español pierde con Raúl del Pozo a uno de sus cronistas más brillantes, a un observador privilegiado de la vida política y social del país y, sobre todo, a un maestro de periodistas. Durante más de seis décadas de oficio, del Pozo demostró que el periodismo no era únicamente un trabajo, sino una forma de mirar el mundo con curiosidad, independencia y una profunda vocación literaria. Nacido en la provincia de Cuenca, Raúl del Pozo inició su carrera periodística en 1960 en el Diario de Cuenca, donde comenzó a descubrir la potencia de la palabra escrita y el pulso de la actualidad. Aquellos primeros pasos en la prensa local fueron el germen de una trayectoria que pronto se ampliaría hacia medios de mayor proyección, siempre con la voluntad de aprender y de contar historias con una voz propia.
Su verdadera forja profesional llegó en el diario Pueblo, uno de los periódicos más influyentes de su tiempo, donde se curtieron varias generaciones de periodistas españoles. Allí, en una redacción intensa y competitiva, del Pozo desarrolló el estilo que lo caracterizaría durante toda su vida: una escritura afilada, irónica, con ecos literarios y una mirada crítica hacia el poder. En ese ambiente aprendió que el periodismo se construye tanto en la calle como en la redacción, escuchando, preguntando y, sobre todo, observando.
Durante la década de 1970 también trabajó en Mundo Obrero, ampliando su experiencia en un momento político complejo y decisivo para España. Aquellos años de cambio histórico, que desembocarían en la transición democrática, marcaron profundamente su forma de entender el periodismo: como un ejercicio de libertad y de responsabilidad pública.
En los años ochenta se incorporó a Interviú, una de las revistas más influyentes del periodismo de investigación y de reportaje en España. Allí demostró nuevamente su versatilidad, combinando el análisis político con la crónica y el comentario de actualidad. Su capacidad para transformar la información en relato, para dotar de vida literaria a los hechos cotidianos, lo convirtió en una firma reconocible y respetada.
Raúl del Pozo fue, además, un destacado cronista parlamentario. Durante años siguió de cerca la actividad política española, relatando desde dentro los debates, tensiones y episodios que marcaron la vida democrática del país. Sus crónicas no se limitaban a describir lo que ocurría en el Parlamento: lo interpretaba, lo contextualizaba y lo narraba con un estilo personal que combinaba el rigor periodístico con la sensibilidad del escritor.
Porque del Pozo nunca entendió el periodismo separado de la literatura. Fue analista de actualidad, columnista y también autor de diversos géneros literarios. Su prosa, rica en imágenes y referencias culturales, situaba sus textos en una tradición española que va del articulismo clásico a la crónica contemporánea. Leer a Raúl del Pozo era, muchas veces, asistir a una lección de estilo.
Su influencia se extendió también a varias generaciones de periodistas que encontraron en él un referente profesional. Más allá de sus textos, transmitía una forma de entender el oficio basada en la independencia intelectual, la curiosidad permanente y el respeto por el lector. Para muchos jóvenes redactores fue, literalmente, un maestro.
En 2020 se publicó una obra que recogía buena parte de su trayectoria vital y profesional: No le des más whisky a la perrita, biografía escrita por los periodistas Jesús Úbeda y Julio Valdeón. El libro, presentado en formato novelado y con prólogo del periodista Carlos Alsina, ofrecía una mirada cercana a la vida de Raúl del Pozo, a sus aventuras periodísticas y a su particular manera de entender el mundo.
Yo le conocí unos años antes, en 2014, poco después de publicar el libro Chueca, que contó con el prólogo de Pedro Zerolo y cuya coordinación estuvo a cargo de Perico Echevarría. Fue profundamente generoso conmigo, que entonces daba mis primeros pasos. Nunca tuvo afanes de grandeza ni esa distancia que a veces levantan los nombres consagrados. Al contrario: escuchaba, aconsejaba y compartía con naturalidad la experiencia de quien había vivido el periodismo desde dentro durante décadas.
A lo largo de su carrera, del Pozo supo mantenerse fiel a su voz, incluso en un tiempo en el que el periodismo ha vivido profundas transformaciones. Frente a la velocidad y la superficialidad que a veces impone la actualidad, defendió siempre la importancia del estilo, del análisis y de la mirada personal.
Su muerte deja un vacío difícil de llenar. Desaparece un periodista que entendía la crónica como un arte y la palabra como una herramienta de libertad. Pero permanece su legado: cientos de artículos, crónicas y libros que seguirán siendo leídos como testimonio de una época y como ejemplo de buen periodismo.
Raúl del Pozo no fue solamente un gran periodista. Fue, para muchos, un maestro del oficio. Y quizá esa sea la mejor forma de recordarlo: como alguien que enseñó, con su ejemplo y con su palabra, que el periodismo es ante todo una forma honesta de contar la vida.