Cultura: el Jardín de Atenea

La historia como elemento de debate

· Por J. Nicolás Ferrando, director de Artelibro Editorial

Viernes 20 de marzo de 2026

Las palabras del rey Felipe VI ensayando un perdón forzado hacia México por las circunstancias diplomáticas han devuelto a la máxima actualidad un debate que ha generado ríos de tinta: la actuación de España durante la conquista de América. En primer lugar, llama poderosamente la atención que este debate sea tan enfervorizado con el imperio español únicamente y no se realice con el mismo rigor y pasión sobre el colonialismo francés, portugués o inglés. Conviene apuntar que en Reino Unido, la fraternidad que se ha vendido con la Commonwealth parece olvidar —o al menos suavizar— los desmanes cometidos en otros lugares del mundo. La historia, cuando se convierte en instrumento político o identitario, corre el riesgo de ser selectiva, interesada y profundamente injusta.



En segundo lugar, fueron los propios ingleses quienes impulsaron la denominada Leyenda Negra española, sustentada en muchos casos en exageraciones, bulos y conjeturas interesadas. No se trata de negar los abusos, que los hubo, sino de contextualizarlos y compararlos con otros procesos históricos similares. Resulta llamativo que se haya consolidado una imagen internacional tan negativa de la presencia española en América mientras otras potencias han logrado construir relatos mucho más amables de sus propias empresas coloniales, en ocasiones mucho más violentas y excluyentes.

En tercer término, a mí, como historiador, me interesa este debate. Creo firmemente que la historia debe servir para crecer como sociedad y para no repetir los mismos errores. El pasado no puede ser un simple campo de batalla ideológico, sino un espacio de análisis crítico, de comprensión y de aprendizaje. Mucho me temo, no obstante, que este debate viene sustentado en buena medida por la necesidad de que la próxima Cumbre Iberoamericana de Madrid no sea el sonoro fracaso de ediciones anteriores, y no tanto por un interés real en comprender lo ocurrido.

Entrando en el fondo del asunto, considero que las leyes emanadas por la Corona española fueron, en muchos aspectos, adelantadas a su tiempo. Ahí están las Leyes de Burgos o las Leyes Nuevas para quien quiera consultarlas. En ellas se intentaba, al menos sobre el papel, regular el trato a los indígenas y limitar los abusos. Sin embargo, esas normas carecieron de instrumentos eficaces para su cumplimiento en territorios tan vastos y alejados. La distancia, la corrupción y la falta de control hicieron que muchas de estas disposiciones quedaran en papel mojado.

A ello hay que añadir que a América no solo fueron administradores y religiosos, sino también aventureros, oportunistas y, en no pocos casos, individuos con escasos escrúpulos. El resultado fue, en muchas ocasiones, caótico y profundamente desigual. Pero reducir toda la presencia española en América a una empresa exclusivamente depredadora es una simplificación que no resiste un análisis riguroso. Hubo violencia, sí, pero también mestizaje, intercambio cultural, creación de instituciones y construcción de una realidad compleja que hoy define a buena parte del mundo hispano.

Considero, por tanto, que debemos tener un debate alejado de la política inmediata. La historia no puede estar al servicio de los intereses coyunturales ni de las tensiones diplomáticas del momento. Cuando se instrumentaliza el pasado, se corre el riesgo de deformarlo y de utilizarlo como arma arrojadiza. Y eso no solo empobrece el debate, sino que impide una comprensión real de los procesos históricos.

En este sentido, resulta preocupante observar cómo, en los últimos años, se ha impuesto una tendencia a juzgar el pasado con los valores del presente, sin tener en cuenta el contexto en el que ocurrieron los hechos. Este anacronismo moral conduce a conclusiones simplistas y, en ocasiones, injustas. No se trata de justificar lo injustificable, sino de entender que las sociedades del pasado operaban bajo parámetros muy distintos a los actuales.

La historia debe incomodar, debe hacernos reflexionar y, en ocasiones, enfrentarnos a realidades que no nos gustan. Pero también debe servir para construir puentes y no para levantar muros. España y América comparten una historia común que no puede reducirse a una relación de opresores y oprimidos. Es una historia de encuentros y desencuentros, de conflictos y de integración, de imposiciones y de adaptaciones mutuas.

Además, conviene recordar que muchas de las actuales naciones latinoamericanas se construyeron sobre esa herencia compartida. Las lenguas, las instituciones, el derecho y buena parte de la cultura son fruto de ese proceso histórico. Negarlo o simplificarlo no contribuye a una mejor comprensión del presente, sino todo lo contrario.

Por ello, más que pedir perdón o exigirlo, quizá deberíamos apostar por un diálogo sereno, fundamentado en el conocimiento histórico y no en consignas políticas. Un diálogo que reconozca los errores, pero también los matices, las complejidades y las aportaciones de aquel periodo. La historia no es blanca ni negra; es, en esencia, una gama infinita de grises.

En definitiva, el debate sobre la conquista de América es legítimo y necesario, pero debe abordarse desde el rigor, la honestidad intelectual y el respeto mutuo. Solo así podremos convertir la historia en una herramienta útil para el presente y el futuro, y no en un arma arrojadiza que nos enfrente aún más.

Porque, al fin y al cabo, la historia no debería servir para dividirnos, sino para comprendernos mejor.