En la magistral obra del Premio Nobel Gabriel García Márquez, que en vida dio cierta cobertura intelectual al régimen cubano, Santiago Nasar muere de manera inevitable, aunque a lo largo del relato el lector se aferra, casi con ingenuidad, a la posibilidad de que el desenlace sea distinto. Esa tensión entre lo anunciado y lo evitable constituye el eje de la novela. Y, salvando las distancias literarias, algo similar ocurre hoy con la realidad cubana: un proceso cuyo final parece escrito, pero cuya prolongación en el tiempo resulta cada vez más dolorosa.
La llamada “revolución cubana”, nacida en 1959 bajo el liderazgo de Fidel Castro, se presentó ante el mundo como un proyecto emancipador, una alternativa al dominio económico y político de Estados Unidos en el Caribe. Durante décadas, y en especial en ciertos sectores intelectuales de Occidente, ese relato gozó de una notable legitimidad. Sin embargo, con el paso del tiempo, la distancia entre la retórica y la realidad se ha hecho insostenible.
Más de sesenta años después, la administración cubana sobrevive a base de resistir crisis sucesivas —la caída de la Unión Soviética, el endurecimiento del embargo estadounidense, la reciente pandemia, el ocaso de Nicolás Maduro—, pero lo hace a costa de una población exhausta. La vida cotidiana en la isla está marcada por la escasez: falta combustible, los apagones son frecuentes, las infraestructuras están deterioradas y el tejido productivo es prácticamente inexistente. No se trata ya de una coyuntura adversa, sino de un modelo incapaz de garantizar condiciones de vida dignas. Se han dado cuenta —bastante tarde, por cierto— de que el comunismo no es viable.
He tenido la oportunidad de conocer a numerosos cubanos residentes en España, muchos de ellos instalados en Madrid, que arrastran consigo historias de espera, frustración y desarraigo. Espera de un cambio que nunca llega; frustración por un país que sienten cada vez más lejano; desarraigo al verse obligados a reconstruir sus vidas lejos de su tierra. Sus testimonios coinciden en un punto esencial: la imposibilidad de prosperar dentro del sistema actual.
Durante años, el embargo impuesto por Estados Unidos ha servido como argumento recurrente para justificar los fracasos internos. Sin duda, se trata de una medida cuestionable que ha contribuido a agravar la situación económica. Pero reducir toda la responsabilidad a ese factor externo supone ignorar una realidad más compleja: la existencia de un modelo político que restringe libertades fundamentales y limita cualquier iniciativa individual o colectiva que escape al control estatal.
Las denuncias sobre violaciones de derechos humanos, falta de libertad de expresión y represión de la disidencia han sido constantes. Organizaciones internacionales y testimonios independientes coinciden en señalar un patrón que no puede explicarse únicamente por las circunstancias externas. La ausencia de pluralismo político y la falta de mecanismos democráticos reales han convertido al sistema en una estructura rígida, incapaz de reformarse desde dentro.
Lo más preocupante, quizá, es que parte de la izquierda internacional continúa defendiendo este modelo o, al menos, relativizando sus consecuencias. Amparados en una visión romántica de la “·revolución”, algunos sectores han preferido ignorar el sufrimiento cotidiano de millones de cubanos. Esta actitud no solo resulta incoherente con los principios de justicia social que dicen defender, sino que contribuye a perpetuar una situación que exige una mirada crítica y honesta.
Hoy, el llamado “paraíso” cubano se enfrenta a sus propias contradicciones. Sin un sector productivo sólido, sin inversión suficiente y con una población envejecida y en descenso, el sistema muestra signos evidentes de agotamiento. La emigración masiva de jóvenes cualificados agrava aún más el problema, privando al país de una generación clave para cualquier proceso de transformación.
En estos últimos tiempos, algunos cambios en el contexto internacional han abierto importantes expectativas. La estrambótica política exterior de Donald Trump hacia Cuba hace pensar que esta vez sí, Cuba abrirá un nuevo capítulo, sobre todo porque Marco Rubio —descendiente de cubanos exiliados en Miami— está decidido a hacerlo. Y soy de la idea de que el factor humano, en este caso, influye de manera esencial.
Como en la novela de García Márquez, todos parecen conocer el desenlace. Habrá que ver si ello trae consigo libertad o las trampas del sistema capitalista, que dista mucho de ser perfecto. Lo que sí está claro es que algunos tendrán que abandonar los relatos complacientes, asumir responsabilidades y, sobre todo, escuchar a quienes llevan décadas pagando el precio de una utopía que nunca llegó a cumplirse.