Mujer.- ¡Vaya! ¡Tú por aquí! ¡Cuánto tiempo! Aunque no me resulta extraño. En mi fuero interno siempre supe que volveríamos a vernos… Por lo menos una vez más.
Hombre.- Yo también me alegro. Y aunque estarás cansada de oírlo, sigues siendo como el buen vino. ¿Por qué me miras así?
Mujer.- Porque me temo que no has cambiado nada en diez años.
Hombre.- Y se puede saber: ¿Por qué tendría que haberlo hecho?
Mujer.- Porque lo esperable es que, después de sobrevivir y cumplir una década más, se aprendan algunas cosas de esas que, tras doler un montón, dejan una marca indeleble, que además es imposible de disimular.
Hombre.- ¿Y tú? ¿A ese respecto, qué hay de ti? Hace diez años te conocí en un tugurio y ahora te encuentro en otro, ciertamente con más glamour, pero me parece que en el fondo no mucho mejor que aquel; si lo miro así, tampoco yo puedo ver mucho cambio en ti.
Mujer.- Sí, no dejas de tener razón, salvo que ahora, después de sumar esos diez años, y ya desde hace cinco, no solo soy la dueña de este, sino que también me pertenecen un par de garitos más del mismo estilo en la ciudad.
Hombre.- Has prosperado. ¿Y por fin eres más libre? ¿O es la posesión de algo más que los antros y el peso de las servidumbres asumidas las que te han aligerado los párpados y por eso ahora tus magnéticos ojos, sin haber perdido su fiereza, observan y están alerta todo el rato sin ningún recato?
Mujer.- Tu presencia en mi local. ¿Es casualidad? ¿Sabías a dónde venías? No creas que me engañan tus manos en los bolsillos y el cuello de tu chaqueta subido, con ese aire del que acaba de entrar, pero transmite que más te vale no olvidar que permanentemente está a punto de salir y nada ni nadie se lo va a impedir. Y, por cierto, que te quede bien claro que ni mucho menos me avergüenzo de la forma en que lo conseguí, si es que vas por ahí; lo importante es que ahora lo tengo, es solo mío, conseguido con mi esfuerzo, y en justa recompensa sus frutos son todos para mí. Aunque muchos otros y otras no lo reconozcan y tú no lo creas, casi todo el mundo piensa así. No me mires de esa manera; ya sé que tú no. Ya te he dicho nada más verte que no has cambiado.
Hombre.- No creas, igual en cierto modo, bien pensado, a mi manera no me importa reconocer que también lo soy.
Mujer.- ¿Tú? ¡Eso sí que es una sorpresa! ¿De verdad, por fin hay algo de lo que quieres todos los frutos para ti? ¿Y de lo que no te vas a despegar?
Hombre.- No, poco me siguen importando los frutos. Me refiero a que en mi caso continuamente tengo la sensación, alcanzando una total satisfacción para mí, de que para nada me avergüenzo de la forma en que no lo conseguí.
Mujer.- Muy propio de ti. Lo dicho. Sigues igual, haciendo hincapié en el medio por encima del fin; observo que no has conseguido desprenderte de tu afición por distinguir tu conducta con la intención de hacer que el de enfrente se sienta escrutado. Una burda e inútil defensa muy propia por parte de los hombres comunes con las mujeres especiales. Que sepas que esta vez has pinchado en hueso; ya no duele. Así no me vas a provocar el recuerdo perfecto y tampoco el olvido con defectos.
Hombre.- ¿Tienes hueco libre en alguna mesa que esté caliente? A ser posible, blackjack, el único juego de casino donde el resultado de una ronda afecta a la siguiente; lo digo básicamente para dejar constancia de mi sincero deseo de celebrar este reencuentro, que me late que está un poco condicionado por la última despedida. Y me barrunto contento de que la cosa admite un cierto arreglo.
Mujer.- Primero, valiente despreocupado, a cualquier cosa llamas tú despedida; segundo, fiel a tu costumbre, sigues con tu habilidad para no ripostar las críticas, no sea que te obsequien con un vapuleo; y tercero, olvídate de que te ofrezca una mesa caliente para tener una ventaja estadística sobre mi crupier; además, tú acabas de aterrizar y aquí vamos ya de vuelta; todos saben que utilizamos dos mazos de naipes para hacer prácticamente imposible el conteo de cartas.
Hombre.- Tenía que intentarlo, dado que lo que ahora mismo más me apetece no me atrevo a mencionarlo. Considero que, si no hay duda de la causa de la separación, queda de sobra claro el porqué de la despedida; a buen entendedor… Y en las dos baldosas que ocupamos, acepto en voz alta que hay dama distinguida solo si tú haces lo mismo sobre que en este espacio no vislumbras varón corriente; y no siéndolo, sin que sirva de precedente, haré una excepción y, como si fuese un caballero, te cedo la palabra para que te pronuncies tú primero.
Mujer.- Brilla la confianza, por su ausencia. Me da que en tus verdaderas e íntimas apetencias, te vas a quedar con las ganas. Para tu información, te diré que estamos a mitad de semana y los jueves por la noche es costumbre de la casa que no haya partida de Texas Hold’em, y mis reglas, a fuer de mujer escaldada, ya no estoy por la labor de cambiarlas. Que ni siquiera en esto nos parecemos; yo, con el correr de estos años, he aprendido a no manufacturar excepción por nadie.
Hombre.- Mejor, voy a sentarme y probar a burlar al destino, que sigue siendo lo mío. Que acabo de constatar que traigo conmigo la suerte y mejor no dejarla pasar; lo digo por aquello de desafortunado en amores… Te dejo; el tapete verde sí que me quiere y siempre me llama.
Mujer.- Anda, vete, que a ese nunca le fallas. Mucha suerte. Y no te largues sin buscarme; diez años merecen una copa; y si te parece, mientras la tomamos, nos jugamos a quién le toca saborearla por este breve reencuentro y a quién le toca beberla por la inmediata nueva despedida. Esta vez para siempre.
Hombre.- Abre la mano. Toma esto, aquí lo deposito en garantía de esa última copa y un adiós en condiciones. ¿Podrías guardármela? No se te ocurra extraviarla.
Mujer.- ¡No fastidies! ¿Es lo que creo? ¡Tu moneda de la suerte! ¿Todavía la tienes? ¡Nunca lo hubiera imaginado! ¡Reconozco mi alegría!
Hombre.- Claro, ¿por quién me tomas? Regalándomela quien me la regaló y lo que para mí representa, no me hubiera jamás perdonado perderla, al cometer la traición de haberla apostado a la ligera en un tugurio cualquiera.
Mujer.- No me seas zalamero, que no te pega. Esta noche no estás precisamente en un casino cualquiera. Ve, estate atento y, si puedes, gana. Que sepas que la fortuna de tu moneda hoy me favorece a mí.