Las elecciones en Hungría tienen una importancia limitada para las perspectivas de crecimiento a corto plazo en Europa, pero son mucho más trascendentales para la capacidad de actuación de Europa. Ahora que Viktor Orbán ha reconocido su derrota y que el partido Tisza de Péter Magyar se encamina hacia una clara mayoría de dos tercios (138 escaños de los 199 del Parlamento), la cuestión ya no es si Hungría podría dejar de ser un factor de desestabilización dentro de la UE, sino con qué rapidez este cambio político puede traducirse en un cambio de políticas.
Si bien las elecciones en Hungría son en gran medida irrelevantes para el crecimiento agregado de la UE, no son en absoluto marginales para la propia Hungría. El país entra en esta transición con perspectivas de crecimiento débiles, un margen fiscal limitado y años de mala asignación de recursos económicos. Una amplia mayoría a favor de Tisza mejora sustancialmente las perspectivas a través de tres vías: menores primas de riesgo si la política fiscal recupera la credibilidad, un entorno interno más competitivo que reduzca las rentas oligopolísticas y la asignación ineficiente de capital, y un posible desbloqueo rápido de fondos sustanciales de la UE congelados por preocupaciones sobre el Estado de derecho, con la probabilidad de que se respete el plazo de finales de agosto. En otras palabras, el impacto macroeconómico puede ser limitado a nivel europeo, pero potencialmente significativo a nivel nacional. La amplia mayoría cualificada de Tisza supone un punto de inflexión para el país.