Solo cuando se experimenta de forma intensa y repetida una misma situación, hasta llegar al hartazgo, se alcanza la serena lucidez del hombre cansado, esa que permite ver las cosas calmado, con perspectiva, desde fuera y sin una inútil desesperación.
Lo malo es que para ello se necesitan años y no precisamente pocos; es inevitable ya estar ubicado en la obligación de, si por una afortunada casualidad todavía algo peinas, que esta acción ya solo sea la de atusar con el peine canas; y a la par se precisa tener siempre a tu disposición esa voz de la conciencia que te susurra que, para un porcentaje no menor de lo que sabes, es muy probable que para beneficio de tu persona ya no se te presente ocasión de aplicación. E interiorizas que el consejo solo se entrega si te lo suplican mediante instancia redactada en papel timbrado y con la debida firma manuscrita.
Es el momento en que los otros perciben en tu apariencia una cierta elegante indiferencia, cuando tú sabes que lo que realmente se refleja y se hace visible para el que está afuera solo es el acontecer en tu fuero interno de una ausencia de toda precipitación.
Es la indiferencia del que no espera, del que se amolda porque, con independencia de la estación, con seguridad sabe que cada vez con menos frecuencia van los días a presentarse con la temperatura perfecta; se alternan los que se exceden con el frío con los defectuosos en cuanto al calor que obsequian.
Es la indiferencia que produce escuchar en boca del joven juzgar con descaro cómo era el país donde te criaste cuando él ni por asomo todavía había sido concebido.
Es la indiferencia que genera oír promesas dichas con boca gruesa, de oropeles hasta en la médula, que de sobra se sabe que, por quien las hace dada su incompetencia, no existe ninguna intención ni posibilidad de cumplir. Uno al que han bautizado con el título de un cargo obtenido sin mérito alguno, pero que tenía de sobra insigne padrino.
Esa indiferencia ante la artificial belleza que se basa en el maquillaje y ropajes manufacturados por prestigiosos diseñadores y sastres que ocultan y disimulan las personales imperfecciones que ensalzan lo auténtico de la personalidad distinguida precisamente por ser infrecuente y particular.
Indiferencia ante todo lo que no es esencia natural, ante esa falta de elocuencia que solo confunde el pensamiento; justificada con la invasión de esos “algorrinos” que manufacturan, a toda velocidad, alambicados textos y cálculos complejos, para convencer por el burdo procedimiento de etiquetarlo todo como inteligencia artificial.
Es la indiferencia que suscita oír ideas que proponen sancionar nuevas leyes para su vigencia exclusivamente dentro de las fronteras de Castilla la Vieja.
Indiferencia frente a la necesidad por imperativo legal, la ajena muchas veces, y por encima de todo casi siempre respecto a la propia. Si hasta ayer pude perfectamente vivir sin ello; de repente hoy, sin un cambio en las circunstancias, tal cosa por arte de birlibirloque no puede mutar en auténtica necesidad.
Indiferencia nacida del desapego, del desinterés en el control y, por encima de todo, sobre lo conseguido con esfuerzo y que luego, tras afianzarse, muta en servidumbres que agotan por las muchas diferentes renuncias que se exigen para su conservación.
Indiferencia ante el resultado conseguido en cualquier competición, sin dejar de haber cumplido lealmente con el rival y haberse dejado la piel durante la confrontación.
Indiferencia frente a la impostura de quien saluda diferente si hay testigos presentes y, en ausencia de estos, por su mucha cobardía, elude mirar de frente.
Indiferencia, cuando te has embarcado como mero marinero, ante el cambio de dirección en que hasta ese momento ha estado soplando el viento y al que le toca estar al timón desconoce cómo empopar [virar] la nave.
Indiferencia ante el encanto y la hermosura cuando quien la posee, con base en la ley de la oferta, exclusivamente permite que se disfrute de ella de manera cicatera y solo tras previo pago de un precio significativamente al alza distorsionado por la inflación.
Indiferencia ante el contrato, voluntariamente por ambas partes firmado, entre la esforzada prostituta y el haragán de su proxeneta; mientras no engañen al cliente ni al vecindario, ¿qué puede salir mal? Basta mirar hacia otro lado y pensar que a nadie, dentro de sus posibilidades, se le debería, con su exclusivo buscado perjuicio, poder limitar su derecho a ganarse el pan.
Indiferencia ante la incompatibilidad con el mundo, con los demás y con uno mismo; por supuesto, siempre que se tenga salud, pues es en ella donde reside la felicidad, y en tal caso basta con asumir que se está por aquí por un tiempo, que mayormente se es depositario y no propietario y que se está obligado a hacer únicamente todo lo que buenamente se pueda. Cuando no se tiene salud, para incrementar el fastidio, te tienes obligatoriamente que compatibilizar con esa maldita canalla realidad propia y particular que ha mermado tu estado de salud; lo que es materialmente imposible y por eso alcanzada la lucidez del hombre cansado es lo único que no te deja indiferente.
Estaba él observando vigilante el paisaje con la mirada del que vale más por lo que calla que por lo que cuenta y, a su vez, bastante le vale para cualquier instante la garantía de vivir un minuto más. Cuando ella se acercó y le dijo: He conocido a muchos hombres, pero nunca uno como tú; a todos había algo que los emocionaba o alteraba. Llevas dos horas quieto y sin mover un músculo; parece que ni sientes ni padeces, jamás te quejas, nada parece que te perturbe ni inquiete. ¿Nunca deseaste montar a la grupa de tu caballo a una mujer y salir al galope con ella? A lo que él con calma respondió: ¿Me estás pidiendo una demostración? Y ella, mujer resultona y a la que nunca le faltaba desparpajo, ruborizándose dijo: Creo que yo sola me estoy metiendo en un lío; mejor te dejo tranquilo.
Realmente, bien pensado, no es indiferencia pura, ni tampoco auténtico cansancio; simplemente es el pragmatismo de prescindir por completo de hacerle caso a una insignificante rutinaria realidad, casi siempre sin apenas recorrido para nuevas sorpresas, para volcar toda la atención en el ilimitado mundo de la propia reflexión e imaginación. Concretando, sencilla y mayormente es una indiferencia que, bien pensado y sin riesgo a error, se puede afirmar que la mayoría de las veces se queda en mero disimulo.
Siempre me hizo gracia el chiste en el que, en la barra de un bar, sin previo aviso a uno de los parroquianos, mientras apuraba su copa, le preguntaron. ¿Qué es peor, un ignorante o un indiferente? Y respondió: Ni lo sé ni me importa.