Economía

Nicole Junkermann cuestiona el relato del declive europeo y sitúa el problema en la falta de confianza

· Europa conserva activos decisivos, pero sigue actuando por debajo de su potencial

Redacción | Jueves 23 de abril de 2026

Durante más de una década, Europa ha sido descrita como un continente en retroceso. La crisis de deuda, los debates migratorios, la inseguridad energética, la presión regulatoria y el crecimiento desigual entre Estados miembros han consolidado una imagen de desgaste progresivo. Ese discurso se ha repetido tanto que, para muchos, ha terminado pareciendo una verdad asumida.



Nicole Junkermann discrepa de ese diagnóstico. La fundadora de NJF Holdings sostiene que la principal debilidad europea no está en la pérdida de capacidades, sino en la pérdida de confianza para ejercerlas. A su juicio, el continente mantiene buena parte de los atributos que lo situaron entre los grandes centros de poder global, aunque ha dejado que otros definan el relato que lo rodea.

Europa sigue siendo uno de los bloques económicos más relevantes del mundo. Reúne a más de 500 millones de habitantes, dispone de mercados financieros profundos, concentra universidades de referencia y conserva una influencia cultural sostenida. También cuenta con generaciones de emprendedores, investigadores y mujeres europeas con creciente presencia en innovación, inversión y liderazgo institucional. No son señales de decadencia estructural, sino de fortaleza persistente.

Nicole Junkermann parte de una experiencia europea vivida entre fronteras

La visión de Nicole Junkermann también se apoya en una experiencia personal marcada por la integración continental. Nacida en Alemania, criada en España y con dominio de varios idiomas, representa a una generación para la que Europa no es una teoría política, sino una realidad vivida en lo cotidiano.

Desde esa perspectiva, el continente aparece menos debilitado de lo que suele afirmarse. La cuestión no sería una pérdida de peso irreversible, sino una dificultad creciente para proyectar con claridad sus propias fortalezas. Mientras otras potencias comunican ambición, escala o velocidad, Europa acostumbra a expresarse desde la prudencia, la duda o la reacción tardía.

Ese contraste pesa todavía más en un entorno internacional fragmentado, competitivo y menos previsible que en etapas anteriores.

La complejidad europea puede convertirse en ventaja

El sistema global ya no responde a un solo eje dominante. El poder se distribuye entre varios actores con prioridades distintas, modelos diferentes y tensiones crecientes. En ese contexto, la experiencia europea en gestionar pluralidad, negociación e intereses cruzados puede convertirse en un activo estratégico.

A diferencia de potencias más jóvenes construidas sobre todo alrededor de la escala o la velocidad, Europa ha levantado sus estructuras a partir del equilibrio institucional. Sus procesos pueden resultar más lentos, pero fueron pensados para integrar diversidad y limitar la volatilidad con el paso del tiempo. Puede que no siempre ofrezcan la respuesta más rápida, aunque sí han demostrado capacidad de resistencia.

Durante la última década, esa resiliencia ha sido puesta a prueba y, en muchos casos, reforzada. Europa ha endurecido la supervisión financiera, ha mejorado la coordinación energética y ha reconstruido parte de su postura en seguridad y defensa. Son avances reales, aunque no siempre visibles con claridad en el debate público.

Influencia regulatoria, ciencia y cultura

Europa también mantiene un peso notable en ámbitos menos inmediatos, pero decisivos. Sus marcos regulatorios suelen servir de referencia internacional, especialmente en protección de datos y política de competencia. Sus instituciones de investigación continúan ocupando posiciones destacadas en el progreso científico, mientras sus ecosistemas culturales y deportivos siguen influyendo muy por encima de sus fronteras.

Para Nicole Junkermann, lo que se ha erosionado no es el sistema de fondo, sino la narrativa que lo acompaña. Europa tiende a explicar sus movimientos con un tono defensivo, como si siempre respondiera a decisiones ajenas en lugar de contribuir a dar forma al escenario global. Esa vacilación proyecta una imagen de relevancia menguante incluso cuando los fundamentos apuntan en otra dirección.

La cuestión, por tanto, no parece ser si Europa tiene capacidad para competir. La cuestión es si tiene la claridad necesaria para definir su papel.

Donde Europa debería concentrar su siguiente etapa

La propuesta no pasa por copiar a otras potencias. Pasa por reforzar ventajas propias. Nicole Junkermann ha señalado áreas vinculadas a la infraestructura humana, como la salud, la educación, el deporte y la resiliencia cibernética.

Son sectores que a menudo se consideran secundarios, pese a que sostienen estabilidad económica y competitividad a largo plazo. La demografía europea vuelve prioritaria la innovación sanitaria y los sistemas preventivos. Las universidades conservan prestigio internacional, aunque necesitan acelerar su adaptación digital. El deporte sigue funcionando como una de las fuerzas culturales más cohesionadoras del continente. Y la ciberseguridad se ha convertido en parte esencial de la soberanía.

Europa tiene potencial no solo para competir en esos campos, sino también para liderar gracias a su profundidad institucional, su visión de largo plazo y un marco regulatorio capaz de generar confianza a gran escala.

Eso no implica ignorar los problemas reales. La fragmentación política, la burocracia compleja y el crecimiento desigual siguen presentes. La toma de decisiones entre múltiples países exige pactos y puede ralentizar la ejecución. Pero la rapidez no siempre define liderazgo. En un mundo volátil, la consistencia y la coherencia pueden valer más que la prisa.

Según esta visión, Europa necesita pasar de la vacilación a una acción más deliberada: invertir con decisión en investigación, reforzar infraestructuras digitales comunes, coordinar seguridad y simplificar procesos sin debilitar las garantías que sostienen la confianza. También necesita expresar sus valores no como principios abstractos, sino como ventajas competitivas dentro de un mercado global cada vez más disputado.

La mirada de Nicole Junkermann no parte de la nostalgia ni ignora los retos del continente. Lo que cuestiona es la idea de que los mejores días de Europa ya hayan quedado atrás. A lo largo de la historia, las sociedades europeas han demostrado capacidad para adaptarse, reconstruirse y evolucionar en etapas de disrupción. El momento actual puede entenderse como una nueva expresión de ese patrón, no como una ruptura definitiva.

El riesgo real no es el declive, sino la deriva. Si Europa no define con claridad sus fortalezas y prioridades, puede terminar infravalorando su propia posición en un escenario global cada vez más disputado. Los activos siguen ahí: escala, capital, influencia regulatoria y alcance cultural. Lo que falta es la convicción necesaria para alinearlos dentro de una estrategia coherente.

Europa no está rota. Pero sí necesita recordar que nunca fue pequeña.

El enfoque de largo plazo que define el trabajo de Nicole Junkermann

Nicole Junkermann es la fundadora de NJF Holdings, un grupo internacional de inversión con actividad en venture capital, private equity, real estate, deporte y medios. En todos esos ámbitos, su trabajo se ha orientado cada vez más hacia sistemas de largo plazo, resiliencia institucional y estructuras que condicionan la forma en que se crea valor con el tiempo. Esa perspectiva más amplia también informa su visión sobre Europa, donde la confianza estratégica, la infraestructura humana y la coordinación de largo recorrido siguen siendo elementos centrales para la capacidad competitiva del continente.