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Borges y la degradación moral actual

· Por J. Nicolás Ferrando, director de Artelibro Editorial

Domingo 03 de mayo de 2026

Cuando nos acercamos a los cuarenta años de la muerte de Jorge Luis Borges, el escritor argentino más universal, conviene regresar a sus páginas no solo por su perfección literaria, sino también por la dimensión ética que atraviesa buena parte de su obra, incluso allí donde él pareció ocultarla bajo la ironía, el juego intelectual o el laberinto metafísico.



Borges no fue un moralista en el sentido convencional del término. Desconfiaba de las proclamas, de los dogmas y de las verdades absolutas. Sin embargo, en sus cuentos, poemas y ensayos late una preocupación constante por la memoria, la barbarie, la violencia y la facilidad con la que los hombres justifican el horror cuando este se reviste de orden, patria o destino histórico.

Sus metáforas audaces fueron una constante desde sus poemas ultraístas, concebidos también al calor de las calles de Madrid, hasta su obra más madura, donde la fina ironía denuncia injusticias y deja entrever el fantasma omnipresente de la guerra, que nunca ha dejado de azotar a la humanidad. Borges escribió sobre cuchilleros, traidores, soldados, tiranos y vencidos, pero rara vez lo hizo de manera simple. En su literatura, el mal no aparece siempre con rostro evidente; muchas veces se esconde bajo la cortesía, el prestigio, la obediencia o el olvido.

En el cuento Utopía de un hombre que está cansado, Borges se atrevió a imaginar un futuro inquietante, aparentemente sereno, en el que la humanidad ha simplificado su existencia hasta extremos desoladores. Allí aparece la abolición de la memoria como una forma extrema de degradación. No se trata solo de olvidar nombres o fechas, sino de renunciar a la responsabilidad moral que implica recordar. Una sociedad sin memoria puede parecer pacífica, pero también puede convertirse en una sociedad incapaz de distinguir entre víctimas y verdugos.

Ese aviso borgiano resulta hoy especialmente perturbador. En nuestro tiempo, una parte minoritaria pero ruidosa de la población parece dispuesta a rehabilitar viejos autoritarismos, a blanquear dictaduras y a relativizar crímenes que deberían permanecer como advertencias imborrables. El regreso de ciertas simpatías fascistas, el desprecio por los derechos humanos o la banalización de la violencia política muestran que la memoria democrática no está garantizada. Hay que defenderla una y otra vez.

Borges, como ser humano, tampoco fue ajeno a la contradicción. Su relación con la política fue compleja, y en ocasiones incómoda. Criticó el peronismo con dureza y con bastante razón, celebró inicialmente el golpe militar argentino de 1976 y tardó en comprender la magnitud del horror que se estaba desplegando ante sus ojos. Pero esa contradicción no lo invalida; al contrario, lo vuelve más humano y permite apreciar con mayor intensidad su evolución final.

Uno de los episodios más significativos ocurrió durante el Juicio a las Juntas, en 1985, cuando Borges, ya anciano y ciego, asistió a una de las sesiones y escuchó testimonios sobre las torturas cometidas en la Escuela de Mecánica de la Armada. Aquella experiencia lo conmovió profundamente. El escritor, que tantas veces había imaginado infiernos literarios, se encontró entonces con un infierno real, argentino, histórico, construido no por demonios mitológicos, sino por hombres concretos.

Ese Borges final, estremecido ante el horror de la dictadura, nos interpela hoy con más fuerza que nunca. Porque la degradación moral actual no consiste solo en la existencia del mal, sino en la facilidad con que se lo disculpa, se lo minimiza o se lo convierte en una opinión más dentro del ruido público. Borges entendió, quizá tarde, que ninguna inteligencia, ninguna estética y ninguna tradición cultural bastan para salvarnos si perdemos la capacidad de compasión.

Por eso conviene leerlo de nuevo. No para convertirlo en santo laico ni en juez infalible, sino para entrar en sus contradicciones y en sus advertencias. Borges nos enseñó que el tiempo es circular, que los hombres repiten sus errores y que los laberintos no siempre están hechos de piedra: a veces están hechos de miedo, soberbia, olvido y cobardía.

A las puertas de los cuarenta años de su muerte, Borges sigue hablándonos. Y lo hace con una lucidez incómoda: una civilización que olvida sus crímenes queda siempre preparada para repetirlos.