Deportes

48 años del Chateau Carreras, memoria viva del deporte argentino

· Por J. Nicolás Ferrando, director de Artelibro Editorial

Redacción | Viernes 08 de mayo de 2026

Hay lugares que conservan algo más que cemento, graderíos y focos. Lugares donde el tiempo parece haberse detenido entre cánticos, emociones y cicatrices históricas. Eso sentí el pasado febrero, cuando tuve la oportunidad de recorrer el mítico Chateau Carreras, rebautizado en 2010 como Estadio Mario Alberto Kempes, uno de los grandes símbolos deportivos de Argentina y, al mismo tiempo, un espacio profundamente ligado a la memoria colectiva de la nación.



A apenas diez kilómetros del centro de Córdoba, la segunda ciudad del país austral, el estadio emerge entre avenidas y zonas verdes como un gigante silencioso que todavía parece escuchar el eco de los goles del Mundial de 1978. Fue inaugurado precisamente un 16 de mayo de aquel año, en plena dictadura militar, cuando los desaparecidos se contaban por miles y la propaganda oficial intentaba ocultar, bajo la euforia futbolística, el horror que se desarrollaba en los centros clandestinos de detención repartidos por toda Argentina.

Hoy, el Museo Provincial del Deporte, situado en el propio recinto, no esquiva esa compleja herencia histórica, sino que intenta narrarla con honestidad y sin artificios. El relato no se limita a ensalzar la dimensión deportiva del estadio, sino que también recuerda las sombras que acompañaron su construcción. Porque, además de levantarse en uno de los periodos más oscuros del país, el proyecto terminó convirtiéndose en una desmesurada operación urbanística y económica que benefició a determinadas élites militares y empresariales de la época. La obra fue gestionada por el Ente Autárquico Mundial 78 (EAM 78), organismo encargado de supervisar la remodelación y construcción de los estadios del campeonato, cuyos costes alcanzaron cifras escandalosamente superiores a los que años después tendría el Mundial de España 82.

Sin embargo, el Museo Provincial del Deporte visibiliza también muchas otras historias que merecen ser contadas, algo que tuve la oportunidad de descubrir de la mano de la periodista deportiva Gabriela Parola, una de las pioneras de su profesión en Argentina. Creo sinceramente que buena parte de esos relatos deberían difundirse mucho más, porque muestran el incalculable valor humano, social y cultural que puede llegar a tener el deporte.

Me llamó especialmente la atención el espacio dedicado al olimpismo cordobés, donde se explica la evolución del deporte amateur de la provincia hasta alcanzar las más altas competiciones internacionales, acompañado de medallas y objetos originales cedidos por sus propios protagonistas. Allí se encuentran expuestas, entre otras piezas de enorme valor simbólico, las medallas olímpicas de Soledad García y Georgina Bardach, dos mujeres que brillaron con luz propia en la historia del deporte cordobés.

Otros objetos de enorme valor histórico y competitivo pertenecen a figuras como David Nalbandian, Rubén Magnano o Paulo Dybala, además de pilotos, atletas y deportistas que ayudaron a convertir a Córdoba en una auténtica cantera del deporte argentino. Cada vitrina parece esconder una pequeña evocación de esfuerzo, superación y orgullo colectivo.

Entre las piezas que más me impresionaron se encontraban varias entradas originales del Mundial de 1978 cuidadosamente enmarcadas, auténticos fragmentos de historia que parecen conservar todavía la tensión y la euforia de aquellos días. También resulta imposible no detenerse ante las camisetas de Diego Maradona o Lionel Messi, junto a una réplica de la Copa del Mundo conquistada por Argentina, especialmente ahora que el país se prepara para afrontar un nuevo desafío internacional defendiendo el título obtenido en Catar y con la mirada puesta en el Mundial de 2026.

El fútbol en Argentina no es únicamente un deporte: es una forma de entender la vida, una pasión transmitida de generación en generación y también un refugio emocional para millones de personas. Resulta imposible permanecer indiferente ante un escenario donde jugaron figuras legendarias y donde se escribieron páginas imborrables de la historia deportiva del mundo.

Cuarenta y ocho años después de su inauguración, el estadio Chateau Carreras continúa vivo y latente. No solo porque siga acogiendo partidos y grandes acontecimientos culturales, sino porque todavía invita a reflexionar sobre todo lo que Argentina fue, sufrió y celebró durante aquellas décadas convulsas. Y eso, quizá, es lo que convierte a este recinto en algo mucho más importante que un simple campo de fútbol.