Análisis y Opinión

Acertar

Julio Bonmati | Domingo 10 de mayo de 2026

“No copies del que tienes a tu lado si te tocó un examen disímil”.

En todo para acertar, para reducir el número y el tamaño de las sombras que a fuerza de vivir vamos dejando a nuestra espalda, solo antes de decidir y de actuar hay que saber mirar, y para no errar hay que tener los ojos muy entrenados.



La capacidad del acierto a veces solo depende de las circunstancias y de la oportunidad del momento. Así, en las culturas donde se impone el patriarcado sobre el matriarcado, para incrementar la probabilidad de acertar en la ejecución de sus planes, una mujer debe saber en qué negocios aprovecharse de su sexualidad es una ventaja y en cuáles, en cambio, es una torpeza. Alguien me dirá: ¿Y no dices nada al respecto del hombre? No, porque en el hombre, sobre todo en ciertas materias con independencia de la cultura imperante, ciertos desaciertos desde hace mucho tiempo, quizás demasiado, alcanzaron la categoría de inveterada costumbre. Y he aquí la verdadera desigualdad, cuando para el beneficio final de algunos, de forma totalmente inmerecida, se casa de por vida desacierto y hábito, porque al inevitablemente desaparecer por completo la sorpresa, el rechazo se vuelve mucho más laxo.

No todos los aciertos son iguales; por ello también hay desaciertos que son distintos, hasta el punto de que alguno de estos últimos, curiosa y mayormente, genera alegría; sobre todo en sociedades donde impera la envidia, me refiero a los cometidos por aquellos que, presumiendo de poder, se les trunca su suerte y les toca caer vencidos por una vida que los doblegó cuando ya creían para siempre tenerla ganada.

Distingo el desacierto del acierto fallido y del fallo acertado; el primero es sobrevenido por falta de práctica, el segundo también sorprende, pero casi nadie puede, con legitimidad, atreverse a acusarte de no haber hecho lo posible, y el tercero está anunciado de antemano y no cabe otra. Un ejemplo del primero sería fallar el penalti, al tirarlo fuera por no haber entrenado lo suficiente y chutar como un alocado; una muestra del segundo es que, habiendo entrenado mucho, el disparo bien colocado te lo termina parando el magnífico portero del equipo contrario que te tocó en suerte; y el paradigma de la tercera modalidad lo encontramos en los que se lanzan a criar avestruces cuando ni siquiera son capaces de proporcionar suficiente pienso a las gallinas. De estos últimos se ven puntualmente muchos, deambulando por las calles, en los tiempos de las burbujas inmobiliarias; y de continuo, sin necesidad de hacer ningún gasto, los puedes encontrar tan tranquilos ocupando escaños en los Parlamentos.

Las novedades se caracterizan porque tienen como hábito perder su frescura con el paso del tiempo; por eso hay que tener cuidado con lo que, por no haberse tenido nunca, se desea con demasiado entusiasmo; no sea que se consiga y al final se acabe viendo lo que antes pasaba desapercibido a los ojos. A veces el acierto consiste en marcharte con tranquilidad a tiempo, dejando la victoria para disfrute de otros, sin que tengas la necesidad de llevarte la razón bajo el brazo. Y otras veces el acierto se encuentra en no calentarte los sesos con algo que ya se ha terminado y además ya no tiene remedio.

Acertar no es contarlo todo, es contar únicamente lo que se quiere, pero siempre contar la verdad. Acertar es descartar nuestra atención de aquellos hechos que, aunque sean ciertos, nos proporcionan una información prácticamente inútil; y focalizar nuestra observación en el acontecer de hechos que creíamos imposibles, pero que curiosamente nos proporcionan una información muy útil.

Gran desacierto comete, aunque sepa dónde queda y cómo encontrarlo, quien acude a un “tribunal de favor” sin un caso verídico que defender con la verdad, lo que solo se puede sin excepción hacer si se presentan suficientes y contundentes pruebas. A veces solo se tiene una oportunidad para probar quién de verdad uno es; a mayores, por aquello de emparejar lo de la primera vez con lo de la primera impresión.

Sentado observando el mundo y partiendo de la duda sobre lo que es más acertado: ¿Considerar que es un mundo de respuestas y hay que buscar las preguntas? O, por el contrario, ¿mejor deberíamos considerar que, a modo de examen, se nos hace entrega de las preguntas para que encontremos las respuestas? A estas alturas, me vale al respecto la siguiente conclusión: a veces el acierto está en no apuntar y que te traiga sin cuidado no atinar en el centro de la diana, y para esto el camino del esfuerzo baldío tiene doble dirección: se debe encontrar la respuesta para lo que no hay pregunta y se debe dar con la pregunta para lo que no hay respuesta.

Cuando las circunstancias te desbordan y te generan agobio, es corriente hacerse preguntas para encontrar respuestas que nos tranquilicen, y es un acierto saber, a los efectos de ponerlo en práctica, que las que te hagas deben tener sabor a respuesta porque son las únicas que de momento podrán calmarte la incertidumbre. Una que para mí cumple con ello es: ¿Mis malditas inciertas contingencias son mayormente fruto de mi desconocimiento o, para mi descargo, son un derecho soberano de la naturaleza?

Cuando pienso en las posibles preguntas y respuestas correctas, qué importante es identificar de manera acertada el lugar donde unas con otras se juntan, y siempre me acuerdo de la dulce niña que, sentada en el regazo de su progenitora, en el esplendor de su inocencia, creyendo anticipar el acierto en la esperada respuesta, amorosa, con cantarina voz, le pregunta: Mamá, ¿qué se siente al tener una hija tan guapa? A lo que la madre responde: No sé, hija, pregúntale a tu abuela.

Dado que es imposible no preocuparse por nada, el acierto que ocupa el segundo puesto es elegir cuidadosamente por qué cosas preocuparse y dejar de dar importancia a todo lo demás; y el acierto que consigue el podio, el más meritorio, está en la adaptabilidad, en no precisar tener en tu beneficio plena disponibilidad de medios ni saberlo todo para hacer con eficiencia, sea lo que sea, lo que a uno le toca hacer en cada momento. Nada impide a un hombre, salvo las propias limitaciones de sus estructuras y modelos mentales, haber estado en dos lugares distintos y, para asegurar el acierto en ambos, haber sido en cada uno de ellos un hombre diferente.