Inmobiliaria

El año en que la Golden Visa murió en vano

· Hace aproximadamente un año, el Gobierno compareció ante los medios con el tono solemne de quien ha encontrado, por fin, la panacea para curar el mercado inmobiliario español

Angel Manuel Gómez | Miércoles 17 de junio de 2026

El mensaje fue directo y cargado de épica social: eliminar la Golden Visa, aquel visado de residencia exprés para extranjeros que compraban inmuebles de más de 500.000 euros, era la llave maestra para frenar la escalada de los precios y garantizar el derecho constitucional a la vivienda. Se nos vendió un relato de equidad, una batalla contra el gran capital foráneo.



Un año después, la realidad ha entrado en el debate público con la delicadeza de un elefante en una cacharrería.

El Instituto Nacional de Estadística (INE) acaba de publicar los datos más recientes, y el veredicto es devastador para el relato oficial: el precio de la vivienda libre en España ha registrado una subida histórica del 12,9%. La verdad es que no veíamos un mordisco semejante a los bolsillos de los ciudadanos desde hace dos décadas, concretamente desde el primer trimestre de 2007, en pleno apogeo de la burbuja inmobiliaria. Y es que, lejos de amedrentarse o batirse en retirada, los compradores extranjeros siguen batiendo récords y el apetito inversor internacional ha crecido cerca de un 30% en los últimos meses.

La Golden Visa jamás fue la raíz del problema.

Anatomía de un error de cálculo: cifras y damnificados

Para entender la magnitud del fracaso, conviene bajar a la arena de los números. En la década en que este visado estuvo vigente, apenas se concedieron entre 14.000 y 15.000 residencias por inversión inmobiliaria en toda España; una media que oscilaba entre las 1.000 y 4.500 operaciones anuales. Si tenemos en cuenta que en España se cierran más de 600.000 compraventas al año, las transacciones vinculadas a la Golden Visa representaban un testimonial 0,5% o 1% del total nacional. Pensar que extirpar este porcentaje marginal iba a desinflar el precio del metro de segunda mano en los barrios obreros era, en el mejor de los casos, una ingenuidad matemática. En el peor, un engaño deliberado.

Pero el verdadero estrago no ha sido el freno a la inversión, que se ha reorganizado sola, sino el caos burocrático y legal que la amputación legislativa ha dejado a su paso. Las consecuencias actuales dibujan un panorama desalentador:

- El limbo de los inocentes:Al derogar la ley a prisa y corriendo, no se distinguieron los canales. Cayeron en el mismo saco las solicitudes ligadas al inmobiliario y aquellas asociadas a inversiones financieras o proyectos de interés general (fondos de inversión, startups tecnológicas o deuda pública) que jamás habían tocado un solo ladrillo. ¿El resultado? Cientos de familias y empresarios de alto perfil con trámites paralizados o en un absoluto limbo jurídico.

- La distorsión del sistema migratorio:Los inversores con capital real no han dejado de venir; simplemente han mutado de estrategia. Los expertos denuncian que, ante el vacío normativo, estos perfiles están recurriendo en masa a visados que no fueron diseñados para ellos, como el de Nómada Digital o la residencia no lucrativa, tensionando y saturando los consulados españoles.

Los intereses ocultos: por qué apuntar al blanco equivocado

Si los datos de los registradores y notarios ya advertían entonces que el impacto de este visado en el mercado residencial era puramente marginal, la pregunta del millón es obligada: ¿Por qué realizó el Gobierno este movimiento de forma tan atropellada?

En política, cuando un problema estructural sobrepasa la capacidad de gestión de una administración, la estrategia más vieja del mundo consiste en fabricar un enemigo a medida. El acceso a la vivienda en España sufre de dolencias crónicas que ningún Gobierno reciente ha querido o sabido sanar: una alarmante falta de oferta de obra nueva, la escasez estructural de vivienda pública, la inseguridad jurídica que ahuyenta a los arrendadores tradicionales y una inflación galopante en los costes de construcción.

Ante la incapacidad de poner grúas en marcha o de generar marcos estables, el Ejecutivo necesitaba un golpe de efecto. La Golden Visa era el chivo expiatorio perfecto. Permitía hilvanar un discurso ideológico potente, culpar al "inversor rico de fuera" del drama del joven que no puede emanciparse y, de paso, desviar la atención de la flagrante ineficacia de las políticas públicas de suelo y vivienda. Fue, en toda regla, una maniobra de distracción. Un placebo estético para calmar el malestar social a corto plazo.

Un futuro hipotecado por la incertidumbre

Las consecuencias futuras de este gatillazo legislativo empiezan a asomar la cabeza y amenazan con pasar una factura muy cara a la credibilidad del país:

La seguridad jurídica de un país no se rompe cuando se cambian las leyes, sino cuando se eliminan herramientas estratégicas sin un plan b, por mera conveniencia demoscópica.

España sigue teniendo un magnetismo innegable por clima, seguridad y estilo de vida, pero los mercados internacionales detestan la imprevisibilidad. La eliminación de este marco regulatorio claro ha introducido una dosis innecesaria de desconfianza. Los grandes patrimonios y los fondos que financian proyectos de envergadura miran ahora de reojo el boletín oficial del Estado, temiendo que sus inversiones puedan ser objeto del próximo giro de guion político.

Mientras tanto, los españoles siguen enfrentándose a la cruda realidad del día a día: los pisos de alquiler vuelan en horas, los precios rozan nubes nunca vistas y el INE sigue arrojando porcentajes que hielan la sangre. El visado de oro ya no existe, pero el drama de la vivienda, lejos de solucionarse, es hoy un 12,9% más amargo.