Análisis y Opinión

Duda

Julio Bonmati | Domingo 21 de junio de 2026

Pese a lo que pudiera parecer, y por supuesto si lo parece o no deben decirlo los demás, no soy hombre de certezas; esto último sí lo afirmo yo y además lo hago sin tener ninguna duda al respecto. Habiendo alguna otra, una de las explicaciones más verosímiles, la difundida por las malas lenguas de la época, de la razón por la que no existe Premio Nobel de Matemáticas, tiene su base en una duda resuelta con una certeza de naturaleza sentimental, y es porque el ingeniero e industrial sueco, inventor de la dinamita, Alfred Nobel, que fue quien los instituyó como última voluntad en 1895, llevado por un impulso de venganza, finalmente no tuvo ninguna duda en dejar a las ciencias exactas fuera de su prestigioso premio; y ello lo hizo con base en la insalvable rivalidad que siempre mantuvo con el famosísimo matemático, también sueco y amigo desde la infancia, Magnus Gustaf (Gösta) Mittag-Leffler.



Resulta que, de haberlo instituido, le hubiese por justicia científica tocado recibirlo el primero, con todos los méritos, al ínclito matemático, lo que suponía, para oprobio del filántropo, otorgárselo a quien sin miramiento alguno le había en su momento levantado, pese a su sabido enamoramiento, a la que resultó ser su no tan amante novia, Sophie Hess, y de resultas de ello ambos lo habían investido del honor de ser para sus vecinos un cornúpeta de público y notorio conocimiento. Entiéndanse los términos aquí usados en el contexto de aquel tiempo y el lugar. En Suecia, con el frío que hace, no es fácil entrar en calor con cualquier cosa.

Soy de los que considera que el hombre para sobrevivir precisa de la duda; es más, un día sin dudas o, como mínimo, sin una duda, intelectualmente, por razones muy particulares, lo contemplo como un día incompleto; hay quien al acostarse repasa los acontecimientos del día; yo, dado que por suerte en mi vida abunda la rutina y la ausencia de eventos destacables es manifiesta, prefiero rememorar cuántas dudas he tenido ese día, cuántas he resuelto y, sobre todo, cuántas me han quedado pendientes sin resolver; y si encuentro que no he podido disfrutar del placer de saborear y despejar ninguna, el día considero que no ha sido del todo provechoso. El caso es encontrar un motivo de queja; considero reclamo de incidentes no deseados estar plenamente satisfecho.

Diré que cuando al finalizar la jornada a la conclusión que llego es que el día ha estado solo lleno de certezas, no sin forzarme, incluso si fuera necesario, a ello, intento antes de dormirme plantearme una duda, por inútil en principio que parezca. El caso es incorporar al día, antes de que se agote, un motivo de inquietud; prefiero hacerlo yo a que lo haga el albur.

Para ello, frecuentemente recurro, aunque no tengan un Nobel, a las matemáticas y, por ejemplo, me digo: De un conjunto sin elementos, ¿cuántos subconjuntos se pueden sacar? Y dándole vueltas a la cabeza sin encontrar solución, caigo rendido en manos de Morfeo; o no, y en consecuencia me desvelo. Pero por lo menos no me he quedado sin mi duda. A veces hace falta muy poco para tener lo que se quiere.

La superación de la duda, tanto la propia como la ajena, te libera, te permite por propia voluntad quedar fuera del canon imperante de general aceptación; pero para ello, primero, como digo, debe haber una duda. Por ejemplo, si porque tras valorarlo así lo decidiste, despejando al respecto de golpe todas las dudas, no le prestas ninguna atención a la moda, y tienes que reponer una prenda de tu armario, porque tras su mucho uso se ha quedado inservible; vas a la tienda, el vendedor, apelando a lo que hace la mayoría, te intenta convencer de que adquieras lo último que se lleva, tú insistes en que te muestre exactamente lo mismo que llevabas, y él claudica [manda la comisión] y te vende lo que tú quieres; por la particular característica de tu tradicional ropero, nadie puede adjudicarte que vistes inadecuado o desacompasado, puesto que libremente resolviste la duda de seguir o no la moda; sencillamente, tu caso en rigor, avalado por la coherencia, se circunscribe a que para vestir gustas de bailar libre fuera del paradigma.

En la duda, normalmente por parte de un inconformista, de seguir o no el arquetipo, está la base muchas veces del cambio; de ella se parte para buscar un nuevo camino que lleve a dar con un nuevo modelo, por supuesto no necesariamente con garantía de mejora.

No se me escapa que la duda incrementa la fatiga por decisiones, por eso también tiene su exacto punto de inflexión, aquel donde acontece el cambio de lo virtuoso a lo vicioso, y favorece encontrarlo; y en este sentido, volviendo a la indumentaria, Albert Einstein solía vestir siempre igual, con su sempiterno traje gris, para evitar perder tiempo y energía mental resolviendo una duda, la de elegir qué ponerse cada mañana, lo que consideraba un vano gasto de energía en una decisión trivial e innecesaria.

No obstante, considero que, sin ser en lo único, en la duda está la evolución; por ello me fijo y observo con especial interés al dubitativo, intentando descubrir a cuál de las dos especies pertenece el sujeto. Hay un espécimen que no merece atención, ese que en el restaurante, sentado a la mesa, con la carta delante sin que nadie le pregunte y sin venir a cuento, pues el objetivo de leerla está claro cuál es, en voz alta manifiesta: No sé qué pedir, y el resto de los comensales, sin abrir la boca, piensa: A mi “don lucidez”, como si te quedas sin comer. Hay otro que es digno de observación, el que duda por precaución, básicamente porque no desea aventurarse con una mala consecuencia, y silencioso espera a ver cómo aparecen los tres primeros voluntarios que encuentran el vado que permite cruzar el río sin ahogarse y luego, imitándolos, lo hace él.

Entre todos los que dudan, siempre me resultó muy curioso, uno que no es ni mucho menos infrecuente, el caso del individuo que, tras haberse pronunciado afirmativamente sobre un hecho futuro, conforme se acerca el momento, le entran las dudas, y se le empieza a inclinar el deseo al respecto cada vez más hacia la negativa; en estos casos es desaconsejable desdecirse, es mejor provocar que sea el de enfrente quien diga la última palabra que haga real la nueva pretensión, y además se pueda argumentar después, en favor de uno, con el propósito del reparto de las culpas.

Recuerdo haber sido testigo directo de la siguiente situación: Una persona que se había comprometido con su novia de toda la vida para asistir a su propia boda, que se celebraba ese domingo, y el viernes, tras comer con sus amigos, todos solteros, mientras algo ebrios compartían un sabroso postre, le entraron las dudas; cada vez le convencía menos ser el primero en abandonar la fratría.

Lo comentó, y tras oír el consabido “no hay”, escribió el siguiente WhatsApp: Cariño, ¿te puedes creer que, por la emoción, nublado el sentido, hoy dudaba de cuándo será el ansiado día? No te preocupes, lo sé de sobra, quedan solo tres domingos para que seamos un feliz matrimonio; como ves, falta ya muy poco.

Inmediatamente recibió la contestación: ¡Estás tonto, déjate de chorradas! ¿En serio no sabes que nos casamos este domingo? ¡No me seas mamón! Y él respondió: Querida, ya me conoces, no me gustan los despistes ni las precipitaciones; si te pones así, este domingo va a ser que no. Y claro, ella, tras una acalorada discusión, mandándolo a donde en justicia le correspondía, despejó la duda y lo dejó.