Análisis y Opinión

El ‘pana’ Zapatero: la avaricia mata al hombre lentamente

CARTA DEL PRESIDENTE

· Por Alfonso Merlos, Presidente del Grupo "El Mundo Financiero"

Alfonso Merlos | Domingo 21 de junio de 2026

Un amigo cercano, un compañero inseparable. Ése era ZP para aquellos sobre los que planea la sombra de la corrupción: el ‘pana’ Zapatero, como se estila usar en Colombia y otros países hispanohablantes. Hay pecados que envejecen mal. Otros, sin embargo, atraviesan los siglos con una vigencia casi sobrenatural. La avaricia es uno de ellos, y viene a colación de los presuntos y gravísimos delitos por los que se investiga al (sorprendentemente) multimillonario José Luis Rodríguez Zapatero, al que se le ha descubierto un afán desmedido y loco por acumular riqueza; y esa forma de proceder ha sido una de las fuerzas más corrosivas para el alma humana desde el origen de los tiempos.



No es malo el dinero en sí mismo, pero ya en las sagradas escrituras está que cuando el hombre deja de adorar principios y comienza a adorar metales, termina postrado ante su propia degradación. Y resulta inevitable contemplar determinados episodios de la política contemporánea, incluidos los que afectan al otrora Bambi (aquel inocente y anónimo diputado leonés de la sonrisa y la ceja que a tantos engañó) bajo esa luz bíblica.

Cuando aparecen indagaciones sobre patrimonios difíciles de justificar, joyas de lujo, relaciones privilegiadas con grandes intereses económicos o supuestas comisiones estratosféricas asociadas a figuras públicas como la de un presidente de gobierno de España (nada más y nada menos), el debate trasciende la mera legalidad.

La cuestión no es únicamente cuánto dinero se ha podido expoliar, de dónde procede o si encaja dentro de los márgenes del Derecho. La cuestión es qué revela todo ello sobre una forma de entender el poder, porque la avaricia -también la de los execrables corruptos- tiene una característica singular: nunca se sacia.

El Eclesiastés ya lo advertía con una claridad que sigue estremeciendo miles de años después: “quien sólo ama el dinero no se saciará de dinero”. Es una condena existencial. El avaro no disfruta de lo que posee; vive esclavizado por lo que todavía no ha conseguido. Cada millón conduce al siguiente. Cada privilegio exige otro mayor. Cada joya reclama una más exclusiva.

Judas Iscariote vendió por treinta monedas de plata aquello que decía amar. Ésa es la tragedia permanente de la avaricia: convierte todo en mercancía. Las lealtades, las convicciones, las amistades e incluso la propia dignidad pasan a tener precio. El alma entra en una subasta permanente. Y ZP, si se confirma lo que se desprende de la actual investigación, quedará ante la posteridad ante la población española -a la que inesperadamente gobernó durante años- como alguien peor que Judas.

La historia humana está repleta de ejemplos. Reyes que arruinaron reinos para llenar tesoros. Banqueros que destruyeron familias para incrementar balances… los nombres cambian; el pecado permanece.

La avaricia puede revelarse casi de un día para otro como la tumba del ser humano. No porque lleve necesariamente a la cárcel (que pudiera ser perfectamente el caso), sino porque conduce a algo peor: a la incapacidad de reconocer límites. El hombre avaro termina creyéndose dueño de todo y responsable de nada. Acumula bienes mientras pierde el sentido de la medida, de la gratitud y de la trascendencia.

Dos mil años después, las advertencias ya consignadas en los libros de la Iglesia siguen resonando. Cada vez que el poder se mezcla con la codicia, cada vez que la ambición económica desplaza al deber ético, cada vez que el brillo de las joyas eclipsa la verdad, reaparece el viejo pecado capital. La avaricia no destruye al hombre de golpe. Lo mata lentamente. Y ahí está el inocente ZP. Aquella sonrisa. Aquella ceja.