Aunque su redundante, el proceso de Mejora Continua, sí. La calidad es un proceso sin fin de aprendizaje, liderado por la gerencia. Y que redunda en la Mejora Continua. Es un hecho incuestionable, que en todos los ámbitos de la vida existe una evolución constante. Los sistemas, las organizaciones y las personas se transforman de manera permanente para adaptarse a nuevas circunstancias y desafíos. Cuando esa capacidad de adaptación desaparece, irrefutablemente sobreviene el estancamiento, y en muchos casos por lógica, la obsolescencia. No en vano, un viejo dicho castellano resume esta realidad con gran acierto con la siguiente aseveración, «renovarse o morir».
Toda evolución objetivada en teoría tiene siempre como finalidad última la mejora. Pues se trata de un proceso orientado a alcanzar mayores niveles de eficiencia en todo aquello que se desarrolla. Esta lógica también resulta plenamente aplicable al mundo empresarial, donde la capacidad de adaptación y mejora, constituye una condición indispensable para competir con éxito en mercados cada vez más exigentes y dinámicos a velocidad extrema.
En este contexto es precisamente donde adquiere especial relevancia el denominado Proceso de Mejora Continua, que resulta ser una filosofía de gestión que promueve la participación activa de todos los integrantes de una organización con el objetivo de perfeccionar de manera constante todos los procesos, productos y servicios que se realizan en ella. Aunque comparte el espíritu general de la evolución, la mejora continua posee una singularidad propia, pues es un sistema estructurado e impulsado obviamente desde el interior de la empresa para generar avances permanentes en su funcionamiento para optimizarlo.
Hoy en día resulta difícil imaginar una organización que aspire a consolidarse con éxito de forma sostenible, sin incorporar mecanismos de mejora continua. La experiencia demuestra indudablemente, que las empresas más competitivas son aquellas capaces de identificar oportunidades de optimización y convertirlas en acciones concretas que incrementen realmente su productividad, rentabilidad y capacidad de innovación.
Para alcanzar este objetivo, sería conveniente potenciar la figura del Dinamizador de la Mejora Continua. Que lógicamente es el responsable en la empresa de promover, coordinar y supervisar las iniciativas orientadas de manera a la mejora organizativa y otras. Su labor no debería limitarse al control del proceso, sino que también debería incluir funciones de asesoramiento y consultoría interna, ayudando a evaluar propuestas, detectar oportunidades no contempladas en la actualidad, facilitando la implantación de soluciones eficaces de cualquier empresa. Y sobre todo obviamente efectuar la dinamización de este proceso.
Uno de los principios fundamentales de la mejora continua es reconocer que las buenas ideas pueden surgir en cualquier nivel de la organización. Y por lo tanto limitar la capacidad de innovación exclusivamente a los equipos directivos, constituye un craso error que muchas empresas aún continúan cometiendo. Los trabajadores, por su contacto directo con los procesos productivos y operativos, poseen lógicamente un conocimiento único valioso que puede traducirse en propuestas capaces de generar importantes beneficios económicos y organizativos.
De hecho, la historia empresarial ofrece numerosos ejemplos en los que una sola sugerencia de un empleado, ha provocado mejoras significativas que han redundado en la productividad, la calidad o la reducción de costes. Ignorar ese potencial supone renunciar a una fuente de innovación accesible y de enorme valor estratégico.
Además, cuando los trabajadores participan activamente en los procesos de mejora, perciben que forman parte real del proyecto empresarial. Esta sensación de pertenencia suele traducirse en una mejora del clima laboral, un mayor compromiso con los objetivos de la organización y por supuesto, un incremento de la motivación profesional.
No obstante, la implantación de una cultura de mejora continua constituye probablemente el desafío más complejo de todo el proceso; porque la elección de los dinamizadores de la mejora continua no es algo baladí ni sencillo. Pues su éxito depende, en gran medida, de la forma en que se introduzca y gestione dentro de la organización y para ello lógicamente esa figura es importantísima. Por ello es obvio que resulta imprescindible contar con trabajadores motivados y dispuestos a asumir este nuevo enfoque, como parte de la cultura corporativa, de manera propia. Ya que la implicación de las personas no puede nunca imponerse por decreto. Es condición sine quanon por lo tanto que requiere un entorno basado en el respeto, la confianza y unas condiciones laborales que permitan al trabajador sentirse valorado y justamente tratado, antes de nada. Pues obviamente difícilmente contribuirá alguien con ninguna iniciativa de mejora, que perciba que su esfuerzo no es reconocido o que las condiciones de su situación laboral es injusta. La mejora continua evidentemente exige compromiso, y el compromiso solo surge cuando existe una relación equilibrada entre la organización y quienes la integran que es llamada equilibrio tecnocrático.
Si aceptamos que la mejora continua permite utilizar mejor los recursos disponibles y aumentar la eficacia de cualquier organización, su aplicación no debería limitarse al ámbito privado. Pues lógicamente las empresas públicas y además las distintas administraciones, también podrían beneficiarse enormemente de esta filosofía de gestión.
La implantación de sistemas de mejora continua en el sector público contribuiría indiscutiblemente a optimizar la utilización de los recursos, mejorar la calidad de los servicios prestados a los ciudadanos y evitar ineficiencias que, en muchos casos, generan costes innecesarios. Una gestión más eficaz no solo supone un mejor aprovechamiento de los recursos existentes, sino que también puede liberar capacidades que favorezcan el crecimiento económico y la creación de empleo, a través de esa productividad añadida.
En un entorno caracterizado por el cambio permanente, la mejora continua ya no debe considerarse una opción, sino una imperiosa necesidad estratégica. Las organizaciones que comprendan esta realidad estarán mejor preparadas para afrontar los desafíos del futuro y aprovechar de esta manera las oportunidades que inevitablemente acompañan siempre a toda clase de evolución, de cualquier estructura de todo tipo de organización.