Análisis y Opinión

Variedad

Julio Bonmati | Domingo 28 de junio de 2026

La esencia a veces es cuestión de matices y, en consecuencia, lo bonito muestra algo que, en cuanto a su real existencia, lo feo solo sospecha: la belleza. Hay que trabajar mucho para lograr ser un hombre diferente, sin separarse un ápice de seguir a la vez viviendo como un hombre común; uno de los que con ahínco moldea sus certezas para obtener, al manufacturar su particular realidad, el acceso a una variedad de posibilidades en las que en la misma medida, en todas ellas, se encuentra el gusto; y así, si no hay otros recursos, vale para disfrutar por igual que si hoy para cenar toca sopa de patatas, mañana, si la suerte no cambia, sin mayor problema se cambia el menú y con la misma alegría se cenarán las mismas patatas, pero esta vez en sopa.



No siento respeto alguno por quien aspira a pasar a la historia, sin tener en cuenta que para los que vendrán después, la mayor parte de las veces, la herencia de esa maldita interesada historia solo será una suerte de pesadilla, origen y causa de obligaciones muy molestas y onerosas. No despiertan mi interés los neutros, pero sí lo hacen los eclécticos, que son aquellos que, por no tener problema alguno para beber de variadas fuentes, nunca son del todo de unos y, además, los otros tampoco los consideran de los suyos.

No todo está en los libros; hay un sinfín de cosas que un hombre solo puede aprender de otro hombre. Una vez a un viejo escuché decirle a un zagal: “Hay que estudiar unos cuantos años para aprender mucho y luego viajar durante largo tiempo para descubrir si de verdad lo que has aprendido es válido y cierto”. Y estoy convencido de que no hay otra, que es la única manera de salvarte, la de no hacer coincidir los años que marca tu calendario con los algunos más que, con un gran letrero, se anuncian en tu alma.

Hay que alcanzar el punto, a fuerza de insistir en la práctica diaria, de nunca dejar de percibir lo que llamo “la nota desafinada”, que es cuando, con independencia del instrumento con el que te toquen la melodía, para ti se hace inconfundible distinguir el síntoma del falso progreso, que consiste en percatarse rápidamente uno de que con lo que le ofrecen como la gran maravilla en ese momento, en lugar de dar el salto al lado de los pocos que piensan más, se baja un escalón y se pasa a formar parte de los muchos que piensan menos. Hay que trabajar la necesidad de tener permanentemente disponible un cerebro que se siente incómodo si, de alguna manera, sea mucho o poco, no participa activamente en el devenir de su entorno.

La meta está en la variedad, y debo aclarar que la [variedad] a la que me refiero, en tanto que amplio concepto, es a la legítima aspiración a manufacturar a voluntad complejos productos mentales propios que sean capaces de perturbar, cuando creen por fin estar tranquilos y cómodos, los sencillos estados mentales ajenos.

Si se pregunta a cualquiera de los que definen descansar como estar con la mirada puesta al descuido en el infinito y no alcanzar a ver lo que ocurre en el inmediato milímetro más allá de medio metro desde la punta de su nariz, el resultado de sumar ocho más cinco, se puede apostar sin riesgo a perder que el personal en su totalidad, rápido y seguro, probablemente como consecuencia de la sensación tan placentera de estar tan reposado y no habérsele exigido esfuerzo intelectual alguno, responderá trece.

Pero si tras la pregunta anterior le solicitamos que imagine un reloj analógico, que es aquel que tiene forma de circunferencia numerada con los dígitos del uno al doce, distribuidos estos guardando entre ellos la misma distancia y que tiene unas manecillas giratorias, llamadas agujas, que se utilizan para señalar las horas, los minutos y los segundos sobre una superficie circular que se conoce con el nombre de esfera o carátula. Y a continuación le pedimos que sobre ese reloj visualice que están señaladas las ocho en punto de la tarde, para luego invitarle a que nos diga qué hora será si suma a la hora marcada cinco horas más; su respuesta, si quiere que sea correcta, será la una en punto. Y es que en un subconjunto acotado, encerrado dentro de un espacio finito, sin solución de continuidad e integrado exclusivamente por los doce primeros números naturales distribuidos en los términos anteriormente reseñados, el resultado de ocho más cinco no es trece, es uno. De acuerdo, para esto al tranquilizante descanso pasivo hay que haberlo primero tirado por el sumidero.

Para, detente, relájate y prepárate para ponerte a descansar, sin confundirlo con no hacer nada; descansar es variar lo que hasta ese momento se estaba haciendo, o en su defecto cambiar la forma de hacer lo que se está haciendo; pero como paso previo se precisa modificar la opinión, lo que es más difícil cuanto más intoxicada está esa opinión de ideología.

Para disfrutar de la variedad, déjate llevar por la brisa del momento, aliña con unas gotas de caos la vida; no olvides que fundamentalmente es la mano, con su dedo pulgar prensil, la que te facilita el paso de la teoría a la práctica. Busca lo común oculto en lo aparentemente diferente, no niegues la existencia de lo que influye sobre lo existente, deja que alguna vez en tu conducta se identifique el fenómeno de la neotenia, y para que no parezca que razonas siempre igual, para despistar, alguna vez practica la inconsistencia de la lógica estulta. Recuerda al hijo, heredero pletórico de desbordante orgullo gaditano, por haber sido alumbrado en El Puerto de Santa María, que mientras veraneaban por primera vez en la costa gallega una noche, contemplándola juntos en su fase de cuarto creciente, a su padre, nacido en Sanlúcar de Barrameda, que siempre presumía de que, en todo, su tierra era lo más, le preguntó: ¿Qué está más lejos, Cádiz o la Luna? A lo que el progenitor ufano respondió: Pero vamos a ver, alma de cántaro, ¿tú ves desde aquí Cádiz?

Si no aceptan tu variedad y, sin posibilidad de escape, te quieren dentro de su poesía, para habitar entre sus versos, trabaja para que te etiqueten como el suelto; y si por ello, como castigo, te condenan a cadena perpetua, de los eslabones, incordia hasta conseguir que te identifiquen con el perdido.