Nuestro y su forma femenina, nuestra, es un determinante o pronombre posesivo, que indica que algo pertenece a varias personas o que se comparte en común. Se refiere específicamente a la primera persona del plural (nosotros/as).
Pero, con base en esa posesión compartida, y donde no pocas veces realmente en cierto modo lo que debería subyacer sencillamente es la forma de un proindiviso; como de manera interesada se ha hecho con otras muchas palabras, igualmente con esta se ha manipulado su estricto sentido para torticeramente dar a entender que en ese nuestro o nuestra también se incorporan unas características particulares que pueden legitimar la modificación de alguna de las especificaciones propias del sustantivo al que acompaña.
Pondré un ejemplo. En un restaurante del interior de la península ibérica, en el que en una ocasión hicimos una parada durante un viaje por carretera, a la disponibilidad de la carta se accedía tras entregártela el camarero después de haberla solicitado primero. Y así, como era la costumbre, también ocurrió en la ocasión en que allí nos detuvimos a comer. En dicha carta, por supuesto impresa en cartón, de manera destacada aparecía la siguiente recomendación y sugerencia del día: No deje de degustar nuestra maravillosa paella.
Uno de nosotros, de nacionalidad gabonesa pero nieto de pura cepa de españoles exiliados para más señas, tras comentar: Será el hambre que traigo, pero me da a mí que esto debe tener buena pinta y mejor sabor; voy a pedirla, y fue lo que encargó. Cuando se la trajeron, al dejársela delante con un: Aquí tiene “nuestra maravillosa paella”, señor. Al posar la mirada sobre ella, en el plato no había un solo grano de arroz; lo que allí había mezclado era inidentificable. Mi compañero, tras superar el duro impacto que asesinó de golpe todas sus expectativas y que, cual puñetazo psicológico, en forma de tomadura de pelo, lo dejó consternado, llamó al camarero y le dijo: He pedido paella, que según ustedes en este lugar se supone que es maravillosa. Y el camarero respondió: Es lo que le he servido: Un plato colmado y rebosante de nuestra maravillosa paella. Y puedo asegurarle, sin género alguno de duda, que esta es la nuestra, la genuinamente nuestra, la auténtica que hacemos aquí, la marca de la casa que no tiene parangón y que le puedo asegurar que, hecha de esta manera, no la va a encontrar en ningún otro lugar, señor.
Aprovechando la ocasión, para meter el dedo en el ojo de otro de los compañeros de viaje, uno que por entonces andaba metido en política, a mi amigo africano le dije: Espabila rápido, aprende nuestra idiosincrasia y, si te sirve de consuelo, lo que has experimentado es lo mismo que por aquí todos los días alguno, no menos decepcionado que tú, considera que es lo que ocurre con el sistema democrático que nos hemos dado para regir nuestra convivencia; para ese grupo del que te hablo, con toda seguridad, lo que tenemos no es realmente lo que para ellos se entendería por una auténtica democracia, pero sin duda alguna para todos los de estas latitudes, ya se ha asumido que la que tenemos es nuestra democracia, exactamente la de verdad nuestra en su auténtico estado puro; los políticos la justifican diciendo que es la que nos hemos dado y, cada cual con su trozo de responsabilidad, es la que contribuye a mantener.
Es curioso, pero a la mayoría, por no decir a todos, de los que no se les cae de la boca la palabra “nuestros”, les caracteriza la fe, sin argumento racional que lo sustente, en que la suerte más segura es la que te proporcionan los otros, esos que integran el grupo de los nuestros, con independencia de lo que en su seno se cueza.
También, siguiendo con su manipulación, otras veces tal pronombre posesivo (nuestro/nuestra) implica que, por una extraña, la llamaremos interesada lealtad mal entendida, el sustantivo al que acompaña debe ser tratado, por ser usado con base en un pragmatismo cargado hasta los topes de cinismo, con una especial consideración que no tendría en otra situación. Y como ejemplo ilustrativo del sentido al que ahora me refiero, en este caso diré que siempre me llamó mucho la atención la cita apócrifa atribuida, entre otros, al presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt en la referencia que hizo del dictador nicaragüense Anastasio Somoza cuando literalmente dijo: "Es un perfecto hijo de la gran puta, pero es nuestro hijo de la gran puta". Este sentido tan canalla de lo nuestro en origen era en su inicial localización muy estadounidense, pero con esa inevitable tendencia que tienen a la expansión, no pudieron sustraerse a la tentación de terminar exportándolo.
Ahora, tras imitarlos en usar la visera de la gorra para proporcionarle sombra a la nuca (alguno al andar inclina hacia atrás la cabeza para ver si consigue de paso proporcionársela al culo), ese uso del nuestro lo hemos importado en su peor versión, y llama mucho la atención cómo también, por estos lares, son ya legión los que, sin límite ni excepción, suscriben aquello de: No tengo duda ninguna; prefiero que las decisiones sobre mi vida las tome uno pésimo de los nuestros a uno óptimo de los vuestros. Los más impúdicos lo rematan con un: Si tenemos que fastidiarnos todos, mejor que la idea venga del que piensa como yo. El muy cretino, dado que es incapaz de otra cosa, debe pensar que de alguna manera con ello ha contribuido también a hacer posible tal desgracia, de lo que se siente satisfecho, que para eso lo ha hecho, como diría él, uno de los nuestros. Y no caen en la cuenta de que en la versión original, en la de los yankis, el maldito impresentable dictador, al que tildaban de nuestro, donde desparramaba sin anestesia toda su maldad, era en país ajeno y ni siquiera limítrofe.
En fin, que cada vez que escucho apelar a lo de los nuestros, se disparan las alertas y recuerdo a un fulano que cuando le preguntaban: ¿Quién ha ganado la contienda? Por sistema, con independencia de quien lo hubiera hecho, respondía: En el fondo, lo han hecho los mismos de siempre, los nuestros, los que nunca lo merecemos.
Y como imagino que querrán saber cómo acabó. La historia de la paella terminó de la siguiente manera: lo primero que no se puede dejar de decir es que, en honor a la verdad, el camarero amablemente propuso llevársela y sustituirla por otro plato; pero se declinó la propuesta en los términos que fue hecha y en su lugar se indicó que, por supuesto, sin más demora, se la llevara; obviamente sin dejar de incluirla en nuestra cuenta que abonábamos con gusto, y se le sugirió que a cambio la depositara, conservando su calor, a la espera en la cocina para ponérsela, sin cobrársela, al siguiente primer comensal que ese día pidiera ese peculiar plato estrella, y que, para compensar nuestra legítima decepción, al servírsela al afortunado, daba igual que fuera gabonés o no, para que el veredicto final no se emitiera por uno de los nuestros ni por uno de los vuestros [los del restaurante], se le dijera: Aquí tiene, como ha pedido, nuestra maravillosa paella, que se caracteriza por estar hecha sin arroz, pero en justa correspondencia, en esta ocasión, para usted, no va a tener precio alguno y todo a cambio, por favor, de que emita un sincero pronunciamiento sobre cuál debería ser el valor que se debe indicar en la carta, ya que solo de usted, tras comerla, depende establecer el verdadero nivel alcanzado de su sabor a paella.