Análisis y Opinión

Impertinencia

Julio Bonmati | Domingo 12 de julio de 2026

Probablemente sería bastante más acertado llamarla pertinencia.

Vengo aquí a reivindicar como pauta de conducta la impertinencia, en el sentido de la causa de la contrariedad e incluso el enfado del que se cree con derecho a ser siempre escuchado en silencio y obedecido, cuando resulta que el desobediente, en un momento dado, ya harto, prefiere atender a su conciencia y no a su supuesto deber, impuesto contra su voluntad, de malentendida obediencia.



La impertinencia es un buen recurso y ayuda en algunos momentos para alejar el fastidio de la vida. Aligera la mochila que con los años todo el mundo carga. Me gustaría conocer, si es que existe, al paciente fulano que en alguna ocasión no ha querido decirle a quien se mete donde no le llaman, aquello de: “Si por fin he conseguido ser como yo quiero, y a ti no te gusta cómo soy, me temo que, de haberlo, el problema no lo tengo yo. Mejor circula, que te queda mucha carretera.”

Hay dos formas de practicar la desobediencia: la primera, pasando directamente a la no acción o a la ejecución de la acción contraria; la segunda, regalando con la voz, previamente, si así se decide, a llevar a término el comportamiento anterior, una impertinencia. Abogo por ofrecer el obsequio aunque luego no se lleve a término ninguna acción.

En el convento, el padre superior a los novicios, el día de su llegada, en el discurso de bienvenida les dijo: Observen siempre la regla. Hagan exclusivamente lo que aquí se les indique, no lo que vean hacer a otros ni siquiera, según el caso, a alguno de los que les preceden. A lo que al unísono todos respondieron: Así se hará, amadísimo prior; nos limitaremos a seguir lo que se nos predique con el ejemplo.

Al final de una cena de amigos, donde había generosamente corrido el vino y otras bebidas espirituosas, y le habían dado toda la noche no poca tabarra al camarero (yo poco hecho con patatas, yo al punto con lechuga y tomate, yo pasado solo con tomate, que si traiga esto, que si traiga lo otro, etc.), llegado el momento de pedir los postres con la lengua algo trabada por los efluvios etílicos, al llegar su turno, uno de los comensales, queriendo quedar como miembro destacado de la cofradía de los de la vida sana, elevando la voz, preguntó: ¿Tiene flan de la casa? A lo que el camarero, con voz no menos alta, respondió: De la casa Dhul.

Las consecuencias de una inspección de Hacienda, la regularización, los intereses y la sanción, a la empresa la han dejado con las cuentas tiritando. Con facturas irregulares había deducido el empresario, entre otros gastos personales, la construcción de la piscina de su chalé. Al finalizar la arenga ofrecida a los trabajadores, donde ha tildado de carroñera a la administración, para que se comprometan a hacer un esfuerzo extraordinario para conseguir la recuperación financiera de la organización, uno de los operarios que, levantando cajas, sin aire acondicionado en verano, trabaja en el almacén, pregunta: ¿Quién va a ser el afortunado que se va a bañar este verano en la piscina?

El director del instituto, que maldiciendo la suerte que ha tenido su doctorado en química en el mercado libre de trabajo, básicamente considera que su tarea consiste sola y desaprovechadamente en desasnar a los estudiantes; tras repetir tres veces, exactamente sin variación alguna y de la misma manera, la explicación de una compleja fórmula escrita en la pizarra, con superioridad a los alumnos interpela: Con esta ya lo habréis entendido. ¿No? Y fue respondido por uno de los muchos que él pensaba que era el más torpe de la clase: Sí, hemos aprendido lo inútil de las recetas y las fórmulas mágicas para, en la vida profesional, con éxito gestionar la frustración.

En la intimidad de la habitación, la adúltera condesa de honda apostura y alta prestancia, antes de dar comienzo a los prolegómenos de la faena que la librará de su uterino furor, todavía vestida al completo, a su amante bailarín con fama de indómito e imbatible, provocándolo, le dijo: Cuentan que presumes de ser tú, cuando suena el son, quien sin tregua y hasta la extenuación dirige siempre a la hembra en la pista. A lo que él respondió: Con las de los mil encantos que se satisfacen con una dulce danza, casi siempre gano; con las mujeres como tú, casi nunca.

Muchos son los que temen la verdad, cuando la verdad te hace libre; pero más vale no caer en la trampa, pues alcanzar la libertad no te hace verdadero. En la práctica de la impertinencia constante en mis soliloquios, distingo la alegría de mis circunstancias de la alegría de mis sentimientos; para mi suerte, actualmente disfruto en grandes cantidades de la primera y un poco menos de la segunda; y a la que hago responsable del descuadre, y así no se lo dejo impertinentemente de decir, es a una rutina de la que, por otra parte, por si acaso, es decir, por la cobardía del que solo quiere constantemente disfrutar de un estado confortable, a estas alturas, no me quiero ni me atrevo a desprender.

Hay una impertinencia que en alguna ocasión gusto de practicar con los pedantes engolados que gustan de escucharse y es, al contestarles, la de expresarme con una aparente falta de enlace en mis ideas, en las que al decirlas de esa manera, con todo propósito, no existe siempre una sucesión lógica inmediata; existiendo frecuentemente, lo que dejo al interlocutor para su descubrimiento, entre ellas apenas una relación oculta y remota. Y me río abiertamente cuando veo su cara, al tener que explicarle, al pagado de sí mismo, tal relación. Huir raudo, mental y, si es posible, físicamente, de los discursos tediosos y huecos es como el chocolate negro con alta concentración de cacao; crea adicción.

Defiendo la impertinencia, manifestada dentro de los límites de la educación, como forma de rebelión frente al individuo que se cree en posesión de una especial razón, que a menudo habla con obviedades, e incluso con estupideces, dichas de manera solemne y que, tras expresarlas, muestra su satisfacción con una mueca fatua en su cretina cara.

Eso sí, si alguna vez, lo que también ocurre, mientras comparto un buen rato con quien ocupa un lugar en mi corazón, me viene a la cabeza, porque sin invocarla y sin poder evitarlo aparece ella sola, una impertinencia; en ese caso, aprieto los dientes, reconozco que algo me cambia el gesto y la mirada, para limitarme a “pensársela a la cara”, y por nada del mundo dejo que se haga audible; tamaña muestra de inadmisible impertinencia, ante uno mismo, debe ser siempre, sin excepción, considerada un acto imperdonable; y si se diera de ineludible voluntaria reparación.