Análisis y Opinión

Santiago Apóstol, patrón de España: volver a nuestras raíces para no perder nuestra alma

25 DE JULIO, PATRÓN DE ESPAÑA

· Cada 25 de julio, España celebra la festividad de Santiago Apóstol, patrono de nuestra nación

Javier García Isac | Sábado 25 de julio de 2026

Sin embargo, tengo la impresión de que, año tras año, esta fecha va perdiendo el lugar que le corresponde en nuestra conciencia colectiva. Mientras se multiplican las celebraciones importadas, las modas pasajeras y las festividades desprovistas de cualquier arraigo histórico, olvidamos a quien, durante siglos, simbolizó la unidad espiritual de España y la defensa de nuestra civilización.

Creo que es un grave error.



Porque un pueblo que olvida sus raíces termina olvidando quién es. Y cuando una nación pierde su identidad, otros terminan escribiendo su historia.

La tradición cristiana sostiene que Santiago, uno de los doce apóstoles de Cristo, predicó el Evangelio en Hispania antes de regresar a Jerusalén, donde sufrió el martirio. Siglos después, el hallazgo de su sepulcro en Compostela convirtió a aquella tierra gallega en uno de los tres grandes centros de peregrinación de la Cristiandad, junto con Roma y Jerusalén.

Aquel descubrimiento cambió para siempre la historia de Europa.

El Camino de Santiago no fue únicamente una ruta religiosa. Fue un inmenso corredor cultural, espiritual y humano por el que circularon el conocimiento, el arte, la arquitectura, la filosofía y la propia idea de Europa. Miles de personas atravesaban el continente guiadas por una misma fe y una misma esperanza.

España se convirtió entonces en el gran baluarte occidental de la Cristiandad.

Y junto a esa realidad histórica nació también la figura de Santiago Matamoros, ligada a la tradición de la batalla de Clavijo y convertida durante siglos en un símbolo de la Reconquista. Más allá del debate historiográfico sobre determinados episodios, lo verdaderamente importante es el significado que adquirió para generaciones enteras de españoles: la convicción de que una nación merece ser defendida cuando está en juego su libertad, su fe y su identidad.

Durante casi ocho siglos, nuestros antepasados lucharon por recuperar una tierra que consideraban propia. Aquella empresa fue mucho más que una sucesión de campañas militares. Fue la construcción de una civilización.

Hoy algunos pretenden ridiculizar esa historia, borrar sus símbolos o presentarla como algo vergonzante. Se intenta que los españoles renieguen de su pasado, que pidan perdón por existir y que contemplen su propia historia únicamente desde la culpa.

Yo me niego.

No creo que España deba avergonzarse de sus raíces cristianas. Al contrario. Constituyen uno de los pilares fundamentales sobre los que se edificó nuestra nación.

La unidad política comenzaría a consolidarse siglos después, pero la unidad espiritual ya había empezado mucho antes. Desde el III Concilio de Toledo, con la conversión de los visigodos al catolicismo, fue tomando forma una comunidad histórica que acabaría siendo España. Esa continuidad religiosa y cultural explica buena parte de lo que somos.

No entender el cristianismo es no entender España.

No entender nuestras catedrales.

No entender nuestro arte.

No entender nuestra literatura.

No entender nuestras universidades.

No entender nuestras fiestas.

No entender nuestra forma de comprender la dignidad de la persona.

Sin el cristianismo, desaparece el hilo conductor de nuestra historia.

Y, sin embargo, asistimos con preocupación a una creciente cristianofobia en buena parte de Europa. Resulta llamativo comprobar cómo se ridiculizan con absoluta normalidad las tradiciones cristianas mientras otras confesiones religiosas reciben un respeto que, por supuesto, también merecen, pero que rara vez se extiende con la misma intensidad a nuestras propias raíces.

Las cruces son retiradas.

Los belenes son cuestionados.

Las procesiones son objeto de burla.

Las fiestas religiosas son presentadas como vestigios de un pasado incómodo.

Todo ello sucede precisamente en el continente que nació al calor del cristianismo.

Paradójicamente, mientras Europa parece avergonzarse de su propia identidad, miles de cristianos continúan siendo perseguidos en distintos lugares del mundo simplemente por profesar su fe. Es una realidad demasiado silenciada y que debería hacernos reflexionar.

No se trata de imponer una religión a nadie.

Se trata de respetar la historia de un pueblo.

De comprender que una nación sin memoria termina siendo extraordinariamente vulnerable.

De entender que la libertad religiosa también consiste en poder expresar con orgullo las propias creencias sin ser señalado por ello. Y sobre todo, tener claro que algunas religiones o interpretaciones de las mismas, son incompatibles con occidente.

Por eso la festividad de Santiago Apóstol debería vivirse mucho más allá de Galicia. Es una fiesta nacional en el sentido más profundo de la palabra. Nos recuerda aquello que nos unió durante siglos y aquello que permitió construir una de las naciones más antiguas de Europa.

Santiago no pertenece únicamente a los gallegos.

Pertenece a todos los españoles.

Su figura forma parte de nuestro patrimonio espiritual, histórico y cultural.

Quizá hoy más que nunca necesitamos recuperar esos referentes que nos recuerdan de dónde venimos. Porque solo quien conoce sus raíces puede afrontar con firmeza los desafíos del futuro.

Frente al relativismo que todo lo diluye.

Frente a quienes pretenden borrar nuestra historia.

Frente a quienes consideran que Europa debe renunciar a sí misma.

Conviene recordar que hubo generaciones enteras que levantaron iglesias, monasterios, hospitales, universidades y ciudades inspiradas por una misma fe. Gracias a ellas heredamos una civilización extraordinariamente rica.

Cada 25 de julio no celebramos únicamente a un Santo.

Celebramos una parte esencial de nuestra historia.

Celebramos una herencia que merece ser conservada.

Celebramos el alma de España.

Y mientras haya españoles que sigan mirando hacia Compostela con respeto, que recorran el Camino con fe o con admiración por su legado, y que recuerden la figura de Santiago Apóstol como uno de los grandes símbolos de nuestra nación, seguirá habiendo esperanza de que España no olvide nunca quién fue, quién es y quién quiere seguir siendo.

¡Viva Santiago!

¡Viva Galicia!

Y, sobre todo, ¡viva España!