Su trayectoria está vinculada al emprendimiento, la innovación y al desarrollo de nuevos modelos de construcción capaces de responder a algunos de los grandes retos que afronta actualmente la sociedad. Charlamos con él en exclusiva, en una doble entrega, en ‘El Mundo Financiero’.
Cuando hablamos de construcción industrializada, normalmente pensamos en tecnología, fábricas y nuevos sistemas constructivos. Sin embargo, su discurso parece ir mucho más allá. ¿Qué significa industrializar la construcción? Para mí, industrializar la construcción es mucho más que cambiar la manera de fabricar una vivienda. Es cambiar la manera de entender cómo construimos nuestro territorio y cómo damos respuesta a las necesidades de las personas. La tecnología es una herramienta. La industrialización es el camino. Pero el verdadero objetivo tiene que ser mejorar la vida de las personas. Cuando hablamos de vivienda, hablamos de algo que afecta directamente a la dignidad, a la igualdad de oportunidades, a la capacidad de una familia para desarrollar su proyecto de vida y, en definitiva, a la cohesión de una sociedad. Por eso creo que la industrialización debe estar al servicio de un propósito.
¿Cómo explicar ese propósito? No se trata únicamente de fabricar viviendas más rápido. Se trata de conseguir que una persona pueda acceder antes a una vivienda digna, que una familia pueda destinar una parte menor de sus ingresos a pagar su hogar, que un joven pueda emanciparse, que una administración pueda responder con mayor rapidez a una emergencia habitacional y que un territorio pueda generar empleo y oportunidades. Ahí es donde, para mí, adquiere verdadero sentido la industrialización.
¿Cómo ha llegado a desarrollar esta visión? Mi trayectoria empresarial ha estado marcada siempre por la búsqueda de oportunidades y por la necesidad de encontrar soluciones diferentes a problemas que muchas veces damos por asumidos. A lo largo de estos años he tenido la oportunidad de participar en diferentes iniciativas empresariales y proyectos relacionados con la innovación, la construcción y el desarrollo de nuevos modelos productivos. Esa experiencia me ha permitido comprender que muchas veces el problema no está únicamente en el producto final, sino en el propio sistema que utilizamos para producirlo.
¿Y es posible aportar soluciones desde esa experiencia a la falta de soluciones habitacionales? En el caso de la vivienda, llevamos décadas intentando resolver problemas nuevos con herramientas que, en muchos casos, pertenecen a otra época. Mi evolución profesional me ha llevado precisamente a cuestionar ese modelo y a apostar por la industrialización, por la innovación y por la tecnología como instrumentos capaces de transformar el sector. Pero hoy mi visión es mucho más amplia. Creo que todo el conocimiento que hemos adquirido debe tener un propósito. Y ese propósito debe ser contribuir a resolver problemas reales de nuestra sociedad. Por eso hoy hablamos de vivienda, pero también hablamos de formación, empleo, igualdad, sostenibilidad y desarrollo territorial.
¿Cree que estamos ante un problema de construcción o ante un problema social? Creo que es ambas cosas. Tenemos un problema de capacidad constructiva, pero también tenemos un problema social. Durante años hemos hablado de vivienda desde una perspectiva puramente inmobiliaria. Yo creo que tenemos que empezar a hablar de vivienda desde una perspectiva humana. Una vivienda no es solamente cuatro paredes. Es estabilidad. Es seguridad. Es salud. Es educación. Es igualdad de oportunidades. Cuando una familia tiene que destinar una parte desproporcionada de sus ingresos a pagar su vivienda, pierde capacidad para consumir, para educar a sus hijos, para ahorrar y para desarrollar su propio proyecto de vida. Por eso creo que debemos analizar la vivienda también desde el punto de vista de la renta disponible de las personas.
¿Cuál o cuáles deberían ser, en última instancia, los objetivos? El objetivo no debería ser únicamente construir más viviendas. El objetivo debe ser conseguir que las personas puedan vivir dignamente y que el coste de acceder a una vivienda sea compatible con sus ingresos. La industrialización puede ayudarnos precisamente a reducir tiempos, optimizar recursos y mejorar la eficiencia del proceso para que esa ecuación sea más equilibrada.
¿Puede la construcción industrializada contribuir realmente a reducir la desigualdad? Sí, pero siempre que entendamos que la industrialización es una herramienta y no una solución aislada. La desigualdad no se resuelve únicamente construyendo casas. Se combate generando empleo, mejorando la educación, formando a las personas y creando oportunidades. Pero la vivienda es una pieza fundamental. Una persona que tiene acceso a una vivienda digna parte de una situación completamente diferente a quien vive en condiciones precarias o dedica una parte excesiva de sus ingresos a pagar un alquiler. Por eso creo que debemos trabajar en un modelo donde la industrialización permita reducir los costes improductivos, acelerar los plazos y mejorar la eficiencia. Y ese beneficio debe repercutir también en la sociedad. Si conseguimos construir mejor y más rápido, debemos preguntarnos cómo podemos utilizar esa capacidad para que más personas tengan acceso a una vivienda digna. Ahí es donde creo que existe una verdadera responsabilidad empresarial.
Ha hablado de dignificar la vivienda. ¿Qué significa para usted una vivienda digna? Una vivienda digna no es simplemente una vivienda que cumple unos metros cuadrados mínimos. Una vivienda digna debe ser segura, saludable, eficiente, confortable y adecuada para las personas que viven en ella. Pero también debe ser económicamente sostenible. No podemos hablar de dignidad si una familia tiene una vivienda físicamente adecuada, pero no puede pagarla sin renunciar a otras necesidades básicas. Por eso, para mí, la vivienda digna tiene tres dimensiones: la calidad del espacio, la eficiencia del edificio y la capacidad económica de las personas para acceder y permanecer en él. La vivienda debe ser un derecho y una herramienta de estabilidad social. Y creo que tenemos que trabajar para que la tecnología permita que ese derecho sea cada vez más accesible.
Uno de los grandes problemas actuales es el tiempo. Hay personas que necesitan una vivienda hoy, pero las soluciones llegan dentro de años. ¿Puede la industrialización cambiar esta realidad? Creo que esta es una de las grandes aportaciones que puede hacer la industrialización. El tiempo también tiene un coste social. Cuando una administración tarda años en desarrollar una solución habitacional, hay familias que durante ese tiempo siguen viviendo en situaciones de vulnerabilidad. Cuando una persona joven no puede emanciparse porque no existe oferta suficiente, cada año de retraso tiene consecuencias.
¿Qué consecuencias, no siempre percibidas, tiene la escasez de vivienda? Cuando un territorio necesita población y no dispone de vivienda, pierde oportunidades económicas. Por eso acelerar los tiempos no es únicamente una cuestión empresarial. Es una cuestión social. Si somos capaces de reducir los plazos de planificación, fabricación, ejecución y puesta en servicio, podemos conseguir que las respuestas lleguen antes. Y cuando hablamos de vivienda, llegar antes significa mejorar la vida de las personas antes.
¿Qué papel juega la creación de empleo en este nuevo modelo? Un papel fundamental. A veces se plantea la industrialización como una amenaza para el empleo porque se piensa que sustituirá trabajadores por máquinas. Yo creo que la realidad es diferente. La industrialización transforma el empleo. Necesitamos técnicos, ingenieros, especialistas en fabricación, logística, montaje, control de calidad, digitalización y eficiencia energética. La industrialización puede generar empleos de mayor cualificación y, además, empleos más estables y profesionalizados. Tenemos una oportunidad enorme para crear una nueva industria vinculada a la construcción. Y esa industria puede generar empleo local, especialmente en territorios donde necesitamos nuevas oportunidades económicas.
¿Y qué importancia tiene la formación dentro de ese proceso? Para mí es una de las claves de todo el modelo. No podemos hablar de industrialización sin hablar de formación. Si queremos transformar el sector, tenemos que formar a las personas que van a construir esa transformación. Necesitamos desarrollar programas de formación profesional, capacitación técnica y reciclaje de profesionales que permitan que trabajadores de la construcción tradicional puedan incorporarse progresivamente a nuevos sistemas industrializados. La formación no debe ser un elemento secundario. Tiene que estar en el centro.
¿Cuál ha de ser aquí el papel y el lugar de los jóvenes? Creo que debemos mirar especialmente hacia los jóvenes. Tenemos que conseguir que un joven vea la construcción como una industria tecnológica, innovadora y con futuro. Que entienda que puede trabajar en este sector utilizando herramientas digitales, sistemas avanzados de fabricación y nuevas tecnologías. Si somos capaces de cambiar esa percepción, estaremos consiguiendo algo mucho más importante que construir viviendas: estaremos construyendo una nueva generación de profesionales.
¿Puede este modelo convertirse también en una herramienta para fijar población en territorios con problemas de despoblación? Sin ninguna duda. La vivienda y el empleo son dos de los grandes factores que determinan si una persona decide quedarse en un territorio o marcharse. No podemos pedir a los jóvenes que se queden en un municipio si no tienen vivienda, empleo o posibilidades de desarrollo profesional. Por eso creo que la industrialización puede ser una herramienta muy potente para revitalizar territorios. Podemos construir vivienda más rápidamente, crear pequeñas industrias vinculadas a la fabricación y generar empleo cualificado. De esta manera, la construcción industrializada puede convertirse en una herramienta contra la despoblación. No se trata únicamente de construir casas en pueblos vacíos. Se trata de crear las condiciones para que las personas quieran vivir allí.