Hay libros que nacen de una idea y otros que nacen de una necesidad. Horas serenas pertenece a los segundos. Durante muchos años escribí sobre otras personas, investigué sus vidas, reconstruí episodios históricos, recorrí archivos, entrevisté a quienes podían conservar un recuerdo y publiqué libros con la convicción de que la palabra escrita posee una cualidad extraordinaria: puede vencer, al menos en parte, al olvido. Sin embargo, tardé mucho tiempo en comprender que debía hacer lo mismo con mi propia historia.
Horas serenas nació, sobre todo, de mi padre. De la necesidad de rescatar cuanto viví junto a él antes de que el tiempo comenzara a borrar los detalles. Porque la memoria es poderosa, pero también frágil. Conservamos acontecimientos importantes y, sin darnos cuenta, vamos perdiendo cosas aparentemente insignificantes: una frase, una manera de reír, un paseo, una sobremesa, un gesto repetido durante años, el sonido de una voz. Y llega un momento en que uno comprende que aquello que no se cuenta corre el riesgo de desaparecer.
Por eso quise escribir estas memorias. Para que mi padre permaneciera y como regalo para mi madre, que perdió a su compañero de toda una vida. Quise volver a los años en que todavía estábamos todos y recuperar las historias familiares que escuché y viví durante mi infancia.
Para realizar esta tarea tuve que reconstruir también el camino que me condujo desde aquella vida primera en Argentina hasta Madrid, la ciudad que elegí como mía. Escribir Horas serenas ha significado recorrer mi propia existencia en dirección contraria y descubrir que muchos episodios que parecían pequeños cuando ocurrieron fueron, en realidad, decisivos.
No he querido escribir una autobiografía entendida como una enumeración de éxitos, cargos, libros o acontecimientos. Me interesan mucho más las personas. Mi padre y mi madre, mis abuelas, mi familia, las casas donde viví, los viajes, las conversaciones y aquellos seres que fueron apareciendo en diferentes momentos de mi vida y dejaron algo en mí. También los lugares. Porque nuestra memoria está llena de geografías. Hay calles que pueden contener una infancia entera y ciudades que terminan explicándonos quiénes somos.
Pero Horas serenas cuenta también otra historia: la de cómo comencé a ser escritor y, después, editor.
Mirar hacia atrás me permitió comprender que ninguna vocación aparece de repente. Antes del primer libro publicado hubo lecturas, curiosidades, personajes que despertaron mi interés, historias que necesitaba contar y una fascinación creciente por la palabra escrita. Mucho antes de imaginar que acabaría dedicando una parte esencial de mi vida a los libros, ya estaba construyéndose, casi sin saberlo, el escritor que sería después.
Y de aquel escritor terminó naciendo también el editor.
Artelibro forma parte inevitablemente de estas memorias porque no puedo separar mi vida de los libros que he escrito ni de aquellos que he ayudado a publicar. Ser editor me permitió descubrir algo que considero fundamental: cada persona guarda una historia que merece ser escuchada. Algunas pertenecen a grandes personajes; otras, a personas aparentemente anónimas. Pero la Historia, con mayúsculas, está formada precisamente por miles de pequeñas historias individuales.
Quizá por eso las memorias ocupan un lugar cada vez más importante dentro del proyecto editorial de Artelibro. Las primeras que publicamos fueron las de Valentín González Gálvez, alcalde de Vicálvaro, y no serán las últimas. Hay varios proyectos en marcha. Queremos continuar abriendo un espacio a quienes tienen una vida que contar y desean dejarla escrita para sus hijos, sus nietos o simplemente para aquellos lectores interesados en conocer un tiempo a través de quien lo vivió.
Existe además una hermosa coincidencia. La Feria del Libro de Madrid ha anunciado que las memorias serán el tema central de su 86.ª edición, que se celebrará en 2027. La propia Feria plantea este género como una manera de explorar la relación entre literatura, recuerdo e imaginación y como una forma de construir y conservar la memoria individual y colectiva. Será, además, una edición especialmente simbólica: se cumplirán sesenta años de la instalación de la Feria en el parque de El Retiro.
Que precisamente las memorias sean protagonistas de la Feria de 2027 demuestra hasta qué punto necesitamos volver a contar nuestras vidas.
Vivimos rodeados de imágenes. Fotografiamos continuamente lo que hacemos y almacenamos miles de instantes en teléfonos y ordenadores. Paradójicamente, quizá nunca hayamos acumulado tantos recuerdos y nunca haya existido tanto riesgo de perder su significado. Una fotografía conserva un rostro, pero no necesariamente explica quién era aquella persona, qué sentíamos por ella o qué sucedió antes y después de que alguien apretara el disparador. Para eso seguimos necesitando las palabras.
Eso es lo que intento hacer en Horas serenas.
No convertir mi pasado en algo extraordinario, sino impedir que desaparezca. Recuperar una infancia, una familia, una Argentina que forma parte inseparable de mí y el largo recorrido que terminó llevándome hasta Madrid. Contar cómo aquel niño comenzó algún día a interesarse por las historias, cómo ese interés se convirtió en escritura y cómo la escritura acabó desembocando en una editorial.
Y, por encima de todo, regresar a mi padre.
Mientras escribía comprendí que recordar también es una forma de conversar con quienes ya no están. Uno encuentra frases que creía olvidadas, escenas que permanecían escondidas en algún lugar de la memoria y pequeños acontecimientos cuya importancia solamente se descubre muchos años después. La escritura tiene esa capacidad: detener por unos instantes el tiempo y devolvernos aquello que creíamos perdido.
Horas serenas es probablemente el libro más personal que he escrito porque detrás de cada página existe algo que verdaderamente ocurrió y alguien que verdaderamente formó parte de mi vida. No podía delegar esa memoria ni esperar indefinidamente para contarla. Había llegado el momento de sentarme frente a una página en blanco y comenzar desde el principio.
También quisiera que el libro provocara algo en quien lo lea: el deseo de recordar su propia historia. Que alguien, después de cerrar estas páginas, pregunte a su madre aquello que nunca le preguntó, se siente con su padre a escuchar nuevamente una historia conocida, escriba el nombre de sus abuelos detrás de una fotografía antigua o decida contar a sus hijos de dónde vienen.
Porque nuestras vidas desaparecen dos veces: cuando terminan y cuando ya nadie las recuerda.
Contra esa segunda desaparición todavía podemos hacer algo.
Podemos escribir.
Y eso es, finalmente, Horas serenas: mi intento de dejar por escrito lo que fui, de dónde vengo y cómo llegué hasta los libros. Pero es, ante todo, una manera de conseguir que todo lo vivido junto a mi padre no se lo lleve el viento. Que permanezca en estas páginas y que, mientras alguien vuelva a abrirlas, permanezca para siempre.