(Miguel Gilaranz, Zorritos, Perú) Perú tiene más de doscientos kilómetros de playas bañadas por “aguas calientes”, conformando un desierto de costa que, desde la frontera con Ecuador, desciende hacia el sur hasta la ciudad de Piura, ciudad donde el Nobel de Literatura peruano-español Mario Vargas Llosa estrenara, a la edad de dieciséis años, su primera obra de teatro. No se puede hablar de Perú sin hablar de don Mario, y sería imperdonable hablar de la costa norte peruana sin hablar de dos personajes que me apasionan. Uno ya murió, fue periodista y también Premio Nobel de Literatura, quien antes de expirar nos dejó una joya, una novela escrita en ochenta días y ambientada en el Caribe; “El viejo y el mar”. Sí, Hemingway también pescó en Perú y aquí, en el Fishing Club de Cabo Blanco, unas aguas bendecidas en pesca gracias a la corriente de Humboldt , fue donde, badijo eso de “…las novelas solo se pueden escribir cuando se han vivido”.
Dejo a Hemingway y me dirijo unos kilómetros más al norte, no muchos, hasta Zorritos, donde se encuentra mi otro personaje, “el último hippie”. ¿Qué sabes hacer?, es lo primero que me pregunta José Millán, un barcelonés que paró su reloj allá por 1977 y que viajó a Venezuela porque un amigo francés le dijo que… “Caracas es como Nueva York pero se habla español”, desde entonces ha peregrinado por América del Sur de arriba abajo, -permaneciendo en cada país el tiempo que le permitía la visa de turista- hasta que después de recorrer Sudamérica tres veces decide, en el año 92, echar sus raíces en una tierra que afirma está bendecida, “si haces un agujero… te crece una planta, o encuentras un mineral”.
Aquí en Perú, los que le conocen le llaman… León. Será por su voz ronca y una larga melena cana (después me confesó que le creció de mayor, de joven era lampiño) que luce y presume como todo varón de cierta edad que tiene mucho pelo. No te laves la cabeza –me dice- pero yo no le hago caso.
Hace más de veinte años encontró Zorritos, un lugar lejos de todo -porque había que huir de la gente y “bañarme en pelotas” o “calato” como dicen por aquí- en una época donde Sendero Luminoso pegaba fuerte y el turismo era inexistente. Adquirió tres hectáreas al borde mismo del mar, que no valían nada, que nadie quería, pero con un gran potencial turístico. Tres hectáreas que ahora son cuatro porque “la corriente del Niño o de la Niña” le regala todos los años un poquito de tierra. Antes las habitaciones estaban justo al borde del mar, ahora la línea de costa está a más de cincuenta metros –me dice con una sonrisa. Desde que llegó, el mar está en retirada.
En este Paraíso ha cumplido su sueño, reproducir un nuevo concepto de veraneo y descanso que ya conoció en Lloret de Mar muchos años atrás: ECOTURISMO. En su Eco Hostel, de tan solo once habitaciones llamado Grillo Tres Puntas –www.casagrillo.net – se practican técnicas de auto construcción llevada a cabo por voluntarios que, año tras año, visitan este lugar y ofrecen su trabajo a cambio de comida. Se usan materiales reciclados de madera que el mar se ha encargado de endurecer y pulir, o se curten cañas de bambú sumergiéndolas tres o cuatro días en el océano para “matar los bichos”, y todo usando muy pocos barnices y ofreciendo al visitante una imagen arquitectónica única, sin tabúes en las formas, al más estilo gaudiano y daliniano a la vez.
Este escenario surrealista se completa con la presencia de veintidós, si veintidós “perros calvos peruanos”, un animal que acariciar su desnuda piel produce repelús -debido a la ausencia de pelo, su temperatura corporal es tres grados superior a la del ser humano- quizás por este motivo o por ser obediente y extrovertido, está considerado patrimonio cultural del Perú.
En este mágico lugar se siente y se practica una verdadera conciencia medioambiental. El visitante -sea turista o voluntario canadiense, belga, español o austriaco- participa activamente en la conservación del medio ambiente reutilizando casi el 100% del agua ¿Cómo?, muy sencillo; en todas las habitaciones el agua de manos descarga en un cubo que se vacía en el inodoro, este llega por una tubería a un pozo de sedimentación y posteriormente se bombea para riego. El agua de las duchas va directamente a las plantas que adornan el entorno. En la cocina –que es de leña- las basuras son clasificadas, los vegetales se compostizan y los plásticos y papeles son almacenados y entregados a los recicladores.
León también cumple en lo social, porque el Eco-Hostel funciona como una pequeña escuela donde enseña cocina y hostelería a los jóvenes del pueblo que tienen interés en aprender, y cuando lo hacen, se marchan o no, llegan cuando quieren y se van cuando lo desean. Otros, como “los chicos de la selva” vienen por temporadas a trabajar y aunque son nómadas algunos llevan más de diez años atendiendo la cocina. ¡No me grite, prefiero que me golpee! me cuenta León le dicen cuando se enfada con algún perezoso.
Ya no pasan los delfines ni se ven las ballenas, me cuenta triste y resignado mientras esperamos sentados en una gran plataforma de ramas y troncos otra preciosa puesta de sol. Luce una tarde espléndida, con un cielo azul de bandera y una brisa limpia y fresca que huele a mar, un océano con olas que parecen celebrar algo. Desde la altura autoconstruida los dos, en silencio, observamos el trajinar de Benjamín -un alemán de Dusseldorf que está recorriendo Sudamérica en bicicleta y auto-stop- apilando troncos y ramas traídos por la última marea para, cuando caiga la anochecida, sentarnos todos, voluntarios, turistas, aventureros y despistados como yo, para hablar de cualquier cosa frente a la fogata, mientras disfrutamos de uno de los veintiocho climas que tiene Perú, veintiocho de los treinta y dos que dicen los expertos que hay en el planeta.
Ya lo sabes, si eres uno de esos españoles que viaja por la Panamericana Norte en dirección de Ecuador para renovar tu visado por otros tres meses, no pases de largo, recuerda que en Zorritos un paisano, José Millán “León”, el último hippie, te espera con los brazos abiertos y una agradable sonrisa.
- Miguel Gilaranz, Zorritos, Perú.