Exterior

Caral, la ciudad más antigua de América

PERÚ, PAÍS DE RÉCORDS SIN FALTAR A LA VERDAD

Por Miguel Gilaranz (Corresponsal de El Mundo Financiero en Perú)

Miguel Gilaranz | Martes 21 de octubre de 2014
Esto que os cuento, ocurrió hace varias semanas, y aún tengo la espalda dolorida de conducir demasiadas horas por las sinuosas, estrechas, espectaculares y peligrosas carreteras de los Andes peruanos. De Lima a Huánuco, de Huánuco a Huancayo y por fin nuevamente la capital. Ha sido un viaje de records –personales y de libro- porque en los libros de los records está que por la Carretera Central se llega al puerto de Ticlio, nada más y nada menos que a 4.818 metros sobre el nivel del mar, casi 5.000 metros, un lugar donde no es fácil llegar en buenas condiciones físicas y para confirmarlo, un cartel te indica que allí mismo se encuentra el cruce ferroviario más alto del mundo.



También está en los libros que hace diecinueve años, la infatigable y luchadora arqueóloga peruana Ruth Shady Solís, dio a conocer al mundo el resultado de muchos años de investigación confirmando, gracias a varias pruebas de carbono 14 efectuadas por los más prestigiosos centros de investigación que, en la localidad de Supe, a menos de doscientos kilómetros de Lima, se desarrolló la “Civilización Caral”. La doctora Ruth escavó aquello que durante miles de años habían sido pequeños montículos y colinas, que resultó ser una ciudad con pirámides truncadas de más de cinco mil años de antigüedad. Había encontrado la Ciudad Sagrada de Caral, ubicada a medio camino entre la cálida costa del Pacífico y los Andes. El reconocimiento internacional a este descubrimiento le llegó en Sevilla, donde en el año 2009 la Unesco declaró el área de Caral patrimonio de la Humanidad.

Ya que menciono los Andes, y que sirva de consejo, en estas latitudes extremas, siempre hay que obedecer a los mayores. Por eso mismo, siguiendo las indicaciones de la abuela Juanita, simpática anciana de cierta belleza gitana, pelo negro y ojos almendrados, viajo provisto de hoja de coca, pero hoja de la buena, la que vende el señor Feliciano en el mercado de Breña, un hombre de edad incalculable, pelo canoso, tez morena y simpáticos ojos achinados… “Mira que hoja –me enseña como si yo, un “gringo gallego”, supiera de calidades y cualidades- esta coca es de la sierra, es bacán, la hoja de la selva es más grande pero es peor –insiste ofreciéndome con sus manos para que la huela. Sí, sí, es muy buena, póngame dos soles que mañana viajo a Huánuco y ya sabe usted, señor Feliciano que el soroche no perdona”. Satisfecho con la compra, después de haber pagado cincuenta céntimos de euro por una bolsa de hoja de coca “bacán” del tamaño de una pelota de balón mano, considero que dispongo de suficiente material para poder soportar el “mal de altura” sin peligro de provocar un accidente. “Cuando lleguemos a Ticlio –me dice Carlos Zevallos que parece entrenado para soportar estos trances- no bajes del carro y si lo haces, que sea muy despacio, con movimientos lentos y pausados porque en estas alturas, el soroche no perdona por mucha coca que hayas chacchado”. Pero al llegar a puerto de Ticlio, otras necesidades, quizás provocadas por la expansión en mi cuerpo de gases y fluidos, me obliga a detenerme olvidando, por la necesidad, todos los consejos recibidos. Me apresuro raudo hacia la inaplazable evacuación y siento como el soroche me domina y me quedo un poco como… atontado.

Pero ¿Qué tiene de excepcional este descubrimiento de Caral? Esa misma pregunta me hacía yo en el camino hacia Supe, acompañado por otros corresponsales extranjeros como mi amigo portugués Luis Novais y el italiano Mario Magaro, que no nos perdemos un “sarao” y menos de estas características. La relevancia de este descubrimiento nos fue desvelado por la amable doctora Ruth quien nos confirmó que la civilización Caral añade el eslabón perdido a la cadena de la historia de la humanidad, confirmando con este hallazgo, que también en América de desarrolló una civilización contemporánea a la China, India, Mesopotámica y Egipcia, con construcciones faraónicas como la Pirámide Mayor de Caral, ubicada en el Sector Alto que consta de un volumen piramidal escalonado y una plaza circular adosada a su fachada con una larga escalera de nueve metros de ancho que asciende hasta alcanzar los veintiocho metros de altura. Esta pirámide es de construcción anterior a las egipcias de Keops, Kefren y Micerinos, y no solo eso, en Caral destacan siete grandes pirámides rodeadas de otras varias pequeñas, que suman treinta y dos montículos. Levantar estas construcciones implica el uso de técnicas de experimentación y el conocimiento de ciencias exactas como aritmética, geometría y astronomía que ordenaron y organizaron la vida cotidiana de más de tres mil habitantes en una ciudad que, para sorpresa de los investigadores, carecía de cualquier tipo de muralla defensiva. “Esta diversidad de construcciones, afirma la doctora hechizándonos con sus palabras, evidencia la existencia de una sociedad estratificada en clases: una élite gobernante y una población soporte, que usaron la religión como medio de cohesión social”. Todas estas evidencias corroboran que Caral fue la cultura más importante de su época en América del Sur mucho antes a la de los mayas en Centro América. Me imagino que, a estas alturas, algún erudito habrá encontrado una explicación veraz que explique cómo es posible que en cuatro continentes diferentes, pudieran desarrollarse simultáneamente civilizaciones tan completas y complejas, sin existir contacto entre ellas.

De regreso a los Andes, la abuela Juanita me hubiera dicho que además de chacchar, debería haberme tomado un “matecito de coca”. El señor Feliciano me hubiera aconsejado haber comprado una bolsa más grande. Mi amigo Carlos me dijo cuando regresé al carro… ya te lo advertí. El señor Roca me susurró por la nariz al entrar, a esto no se le puede llamar Roca. Mi madre me hubiera dicho, no tomes drogas hijo mío y vuelve a casa YA. Hice lo único que se puede hacer en estos casos; nada, aguantarme las ganas, regresar al coche contando los latidos de mi corazón caminando muy despacio, como si de un paseo lunar se tratase, chacchar un poco más de coca reseca por la calefacción del coche y continuar el viaje hasta el nuevo record, la ciudad de más de 50.000 habitantes más alta del Planeta; Cerro de Pasco, a comer Pachamanca con el deseo que pronto la arqueóloga doña Ruth Shady Solís descubra su tan ansiada necrópolis donde “encontrar los objetos y descifrar los rituales que den respuesta a las incógnitas que aún están sin resolver ”.